OPINIÓN

María Carolina Hoyos Turbay

Las siete puertas

A partir de las enseñanzas de su padre y de las pérdidas que han marcado su vida, la columnista reflexiona sobre la resiliencia, la capacidad de recomenzar y la importancia de encontrar nuevas oportunidades cuando la vida cierra caminos que parecían definitivos.
12 de junio de 2026 a las 2:24 p. m.

Mi papá me enseñó una frase cuando era niña que, en ese momento, me pareció demasiado simple para tener importancia. La repetía con frecuencia, como quien entrega una herramienta sin saber exactamente cuándo será necesaria. Me decía: “Cuando una puerta se cierra, se abren siete más”. Yo la escuchaba, asentía y seguía con mi vida.

A esa edad uno cree que las puertas importantes siempre permanecerán abiertas. Cree que las personas que amas estarán ahí para siempre. Cree que los planes tienen vocación de eternidad. Cree que el futuro es una línea ascendente y que las pérdidas les ocurren a otros.

Con los años descubrí que la vida funciona de otra manera.

Se cerró la puerta de mi infancia. Se cerró la puerta de una familia que parecía indestructible. Se cerró la puerta de mi mamá cuando fue secuestrada y asesinada. Se cerraron puertas profesionales que en su momento creí definitivas. Se cerraron relaciones, proyectos y sueños. Hace poco se cerró una de las puertas más dolorosas de todas: la partida de mi hermano Miguel.

La vida que no se arregla

Cada una de esas pérdidas tuvo algo en común. En algún momento sentí que no había camino posible después de ellas. En algún momento pensé que aquello que se había roto era irreparable. En algún momento me quedé parada frente a un final sin entender cómo seguir adelante.

Con el tiempo comprendí que mi papá no me estaba enseñando una frase optimista. Me estaba enseñando una estrategia para sobrevivir.

Vivimos en una sociedad que nos prepara para alcanzar metas, pero pocas veces nos enseña qué hacer cuando las perdemos. Nos enseñan a ganar, pero no a perder. Nos enseñan a levantarnos temprano para perseguir sueños, pero no a reconstruirnos cuando esos sueños cambian de forma. Nos enseñan a celebrar los éxitos, pero no a gestionar las derrotas. Nos enseñan a perseguir oportunidades, pero no a reconocerlas cuando llegan disfrazadas de crisis. Quizás por eso tantas personas pasan años enteros atrapadas frente a una puerta que ya se cerró. Siguen mirando hacia atrás. Siguen preguntándose qué habría pasado si las cosas hubieran sido distintas. Siguen negociando con una realidad que ya ocurrió, viviendo del pasado como quien persigue un espejismo que nunca podrá alcanzar.

He aprendido que muchas veces el sufrimiento no proviene únicamente de la pérdida. Proviene de la resistencia a aceptar que la pérdida existe.

La neurociencia ha demostrado que nuestro cerebro presta más atención a aquello que pierde que a aquello que conserva. Es un mecanismo de supervivencia. Estamos diseñados para detectar amenazas y ausencias. El problema es que esa misma característica puede convertirse en una prisión emocional, en una llave hacia la frustración permanente y hacia un vacío interior que muchas veces ni siquiera sabemos nombrar. Nos volvemos expertos en contabilizar lo que desapareció y profundamente torpes para reconocer lo que todavía permanece. Vemos lo que perdimos con absoluta claridad, mientras las nuevas posibilidades pasan inadvertidas.

Tal vez por eso admiro tanto la sabiduría práctica de mi padre. Nunca ha sido un hombre que niegue el dolor o la frustración, pero tampoco los alimenta ni se instala en ellos. No es uno de esos optimistas ingenuos que creen que todo ocurre por una razón fácil de comprender. Lo que me enseñó fue algo mucho más valioso. Me enseñó que, después de llorar lo que hay que llorar, llega el momento de secarse las lágrimas y moverse. Me enseñó que la acción es una forma de esperanza. Me enseñó que quedarse inmóvil frente a una pérdida prolonga el sufrimiento, mientras que avanzar, aunque sea con miedo, permite descubrir posibilidades que antes no existían.

Recuerdo que después de la muerte de mi mamá hubo un momento en que yo estaba completamente paralizada. Mi vida se había partido en dos. Nada tenía sentido. Fue entonces cuando mi papá hizo algo que durante años no comprendí del todo. No me permitió instalarme en el papel de víctima. No porque le faltara sensibilidad, sino porque entendía que la compasión también puede convertirse en una trampa cuando nos impide seguir viviendo. Me obligó a moverme, a cambiar de escenario, a construir nuevas rutinas y a mirar hacia adelante. En aquel momento me pareció duro. Hoy le agradezco profundamente haberlo hecho.

Los años me han demostrado una verdad incómoda: la vida siempre seguirá cerrando puertas. Ninguna cantidad de éxito, dinero, reconocimiento o preparación nos protege de eso. Habrá despedidas. Habrá enfermedades. Habrá pérdidas. Habrá proyectos que fracasen. Habrá personas que se irán antes de tiempo. Habrá sueños que no ocurrirán como los imaginamos. La verdadera pregunta no es si enfrentaremos finales. La verdadera pregunta es qué haremos cuando eso ocurra.

Hace poco entendí que la resiliencia no consiste en evitar que las puertas se cierren. Consiste en desarrollar la capacidad de encontrar nuevas entradas cuando eso sucede. Consiste en comprender que la vida rara vez nos deja sin opciones, aunque a veces nos deje sin las opciones que habíamos planeado. Consiste en aceptar que los finales también son puntos de partida.

Este mes celebramos a los padres. Pensé mucho en qué podía agradecerle al mío. Podría hablar de su amor, de su compañía o de tantos momentos compartidos. Sin embargo, hay un regalo que sobresale sobre todos los demás. Mi papá me enseñó a recomenzar. Me enseñó a no quedarme atrapada en la nostalgia de lo que ya no es. Me enseñó a buscar posibilidades incluso cuando todo parecía perdido. Me enseñó a confiar en que después de cada final existe una nueva oportunidad esperando ser descubierta. También me enseñó a mirar primero aquello que me une a los demás antes que aquello que me separa, a no vivir desde el juicio, a no alimentar rencores inútiles y a seguir adelante con el corazón ligero.

Hoy, después de tantas tormentas, sigo encontrando verdad en aquella frase que escuché de niña. No porque la vida sea fácil. No porque las pérdidas duelan menos. No porque las heridas desaparezcan. La encuentro verdadera porque he comprobado una y otra vez que las puertas sí se cierran, pero la vida tiene una extraña y hermosa costumbre: siempre deja otras abiertas para quienes se atreven a buscarlas.

Quizás ese sea el legado más valioso que un padre puede dejarle a un hijo. No la certeza de que nunca sufrirá. No la promesa imposible de una vida perfecta. Sino la confianza de que, cuando llegue la oscuridad, tendrá la fuerza suficiente para levantarse, caminar y encontrar una nueva puerta por donde volver a empezar.

Este año, mientras celebramos el Día del Padre, entiendo que el mayor regalo que he recibido no ha sido una herencia material ni una fórmula para evitar el dolor. Ha sido una forma de mirar la vida. Una manera de enfrentar las pérdidas sin dejar que definan quién soy. Una convicción profunda de que siempre existe un camino más, una posibilidad más, una puerta más.

Y por eso, papá, gracias. Gracias por enseñarme que la esperanza no es esperar sentada a que las cosas mejoren. La esperanza es levantarse, incluso cuando todo duele, y salir a buscar las oportunidades que aún esperan.

Gracias, papá, por ser el héroe de Tomás, Mateo y mío. Gracias por darnos más de lo que necesitamos. Gracias porque lo mejor de ti lo llevaremos siempre en la sangre. Te amamos y agradecemos tu amor. Que Dios te mantenga con nosotros muchísimos años más.

María Carolina Hoyos Turbay, presidenta de la Fundación Solidaridad por Colombia.