Una mujer que recomienda a otra, conecta una oportunidad, abre una conversación, comparte conocimiento o impulsa una idea, no está perdiendo espacio. Está expandiendo posibilidades.
Durante muchos años el éxito se midió desde una lógica individual: quién llegaba primero, quién destacaba más, quién lograba sostenerse en determinados espacios. Pero las nuevas generaciones están empezando a admirar algo distinto: quién logra crecer mientras también ayuda a otros a crecer.
Eso cambia completamente la conversación alrededor del liderazgo.
Y no hablo solamente desde la emoción o desde una narrativa inspiracional. Hablo desde la productividad, desde la cultura organizacional y desde los resultados.
McKinsey & Company ha demostrado a través de un estudio que las organizaciones con diversidad de género en posiciones de liderazgo tienen 25 por ciento más de probabilidades de superar financieramente a sus competidores. Harvard Business Review también ha evidenciado que los equipos colaborativos e inclusivos generan mayores niveles de innovación, compromiso y sostenibilidad. Porque cuando las personas sienten que pertenecen, aportan más valor. Cuando sienten que pueden crecer sin miedo, crean mejor. Y cuando entienden que el éxito de otro no disminuye el propio, aparece algo extremadamente poderoso dentro de las organizaciones: la construcción colectiva.
Así entendí que la sororidad no es solamente una conversación social. También es una estrategia de crecimiento.
Lo he vivido personalmente en mi vida profesional y empresarial. He tenido la oportunidad de construir en industrias altamente exigentes, orientadas a resultados y con grandes desafíos. Y aunque siempre he defendido la disciplina, la ejecución y la determinación, también entendí algo que transformó mi manera de ver el liderazgo: nadie construye algo verdaderamente grande solo.
Gran parte de nuestro crecimiento también depende de las personas que encontramos en el camino. De quienes nos recomiendan. De quienes creen en nosotros cuando todavía estamos construyendo. De quienes abren espacios, comparten conversaciones y nos acercan a nuevas posibilidades.
Y uno de los lugares donde más he visto esto materializarse ha sido en el Círculo de Mujeres Semana - Dinero.
Más allá de ser un espacio de networking, se ha convertido en un lugar donde muchas mujeres hemos podido encontrarnos desde la admiración genuina, el propósito y las ganas de construir juntas. Un lugar donde las conversaciones se convierten en oportunidades y donde muchas hemos logrado impulsarnos mutuamente desde nuestros diferentes sectores, industrias y experiencias.
Ahí he conocido mujeres extraordinarias. Mujeres disciplinadas, estratégicas y profundamente trabajadoras. Mujeres que entienden que el liderazgo no consiste solamente en ocupar espacios, sino en la capacidad de generar impacto a través de otros.
Desde mi libro Placer Laboral, he reflexionado mucho sobre este asunto. Porque el trabajo cambia completamente cuando deja de sentirse como una competencia permanente y empieza a convertirse en un espacio de expansión humana.
Gran parte de nuestra experiencia profesional no depende únicamente del cargo que ocupamos o del salario que recibimos. También depende profundamente de las relaciones que construimos mientras avanzamos, de las conversaciones que tenemos, de los entornos que elegimos y de la energía con la que decidimos crecer.
Una mujer que impulsa a otra mujer no solamente está ayudando a una persona. Está transformando culturas, enseñando nuevas maneras de liderar y demostrando que el éxito compartido puede generar un impacto mucho más grande que cualquier logro individual.
Hoy más que nunca las organizaciones necesitan culturas donde las personas quieran crecer juntas, aportar juntas y construir propósito juntas.
Porque el éxito individual puede inspirar. Pero el crecimiento colectivo transforma industrias completas.
Y cuando muchas mujeres deciden compartir visión, abrir caminos y construir desde la colaboración, el impacto deja de ser individual y se convierte en algo mucho más poderoso: una transformación generacional.
Angélica de la Peña Serna, autora de Placer Laboral