Hay conversaciones que duran cinco minutos, pero terminan cambiando una vida entera.
Hoy me desperté soñando con mi colegio, el colegio distrital Luis López de Mesa, hoy José Martí. Recordé que junto a mi hermano Gustavo, con quien compartimos el mismo salón desde sexto hasta once, había días de reflexión, momentos trascendentes y, aunque hoy miro hacia atrás con gratitud, la realidad de ese momento era dura.
Éramos el salón problema. El más cansón, el más desordenado, el que hacía desesperar a los profesores. Muchos de nuestros compañeros encontraban en el aula un escape de lo que vivían afuera: violencia, abandono, ausencia de oportunidades. Algunos llegaban con una aguapanela en el estómago. Otros, muchas veces, sin nada.
Y aun así, en medio de ese caos, aparecieron personas que decidieron hablarnos distinto.
Recuerdo que cuando ya no podían más con nosotros, los profesores dejaban el tablero a punto de llorar, pero en lugar de gritarnos nos hablaban como seres humanos. Como amigos. Como familia. Nos contaban historias de exalumnos que habían logrado salir adelante honestamente: personas que trabajaban en multinacionales, que tenían sus empresas, que sostenían a sus familias con dignidad. Para muchos adultos quizás eran solo ejemplos. Pero para 40 adolescentes confundidos, llenos de rabia, hormonas y miedo al futuro, esas historias eran ventanas.
Ahí empezó a cambiar mi vida. Por primera vez entendí que sí era posible salir de ahí sin hacerle daño a nadie, sin quitarle nada a nadie y sin pasar por encima de nadie. Yo sabía que vivía ahí, pero no era de ahí. Y esa idea nació gracias a conversaciones aparentemente simples.
Años después, ya en la universidad, otro profesor sembró algo más. Recuerdo perfectamente sus palabras: “Si usted quiere cambiar su vida, si quiere hacer algo por el país y trascender, haga empresa y genere empleo”, me dijo. Ese día tampoco tenía ni idea de cómo lo iba a lograr. No tenía dinero, ni contactos, ni un camino claro. Pero la seguridad con la que ese hombre hablaba, la esperanza en sus ojos y la convicción de sus palabras me hicieron creer que sí se podía.
Y a veces eso es exactamente lo que una persona necesita: alguien que le preste un poco de fe mientras aprende a construir la propia.
Todo depende de una decisión. Y las decisiones más importantes de nuestra vida muchas veces nacen de una conversación.
Hoy quiero hacerles una pregunta directa: ¿cuáles fueron las conversaciones que cambiaron su vida?
Piénsenlo. Hay una. O varias. Quizás fue un profesor, un familiar, un desconocido. Alguien que en el momento preciso dijo algo que entró a su alma y, sin saberlo, encendió una chispa que aún brilla en usted. La vida nos habla a través de las personas. El problema es que no siempre las escuchamos.
Colombia vive hoy un momento de análisis profundo. Con opiniones divididas. Recordemos que el empresario no es solo el dueño de una compañía grande: es también la señora que vende arepas en la esquina para sacar adelante a su familia, el taxista que trabaja jornadas eternas con dignidad, el pequeño comerciante que todos los días sostiene un sueño. Todos hacemos país.
Y en medio de esa Colombia diversa, los maestros de la vida están en todas partes y no solo en los salones de clase. A veces aparecen en la fila de un banco, en una conversación en un aeropuerto, en una reunión cualquiera. Uno nunca sabe cuándo una frase puede cambiar el rumbo de alguien.
Por eso, quiero invitarlos a hacer algo más: conviértanse también en ese maestro. Hablen con esperanza. Cuéntenle a alguien que sí es posible. Compartan su historia, la real, la que les costó, la que los formó. Escuchen. Inspiren.
Esos profesores del colegio Luis López de Mesa probablemente nunca supieron el impacto que tuvieron en dos niños de la loma que hoy dirigen empresas. La deuda que siento con ellos la pago siendo esa profe que alguien necesita.
Porque tal vez, sin darnos cuenta, podríamos estar formando al próximo empresario, médico, científico o líder que este país necesita. Si todos nos volvemos maestros de la vida, Colombia y porque no, el mundo, serían mucho mejores.
Nataly García, fundadora y CEO de Accesspark