Liderar en un sector tradicionalmente masculino implica algo más que entregar resultados. Implica, también, construir legitimidad todos los días.
Aunque no lo veo como un problema de “mujeres”, sino de calidad del liderazgo, las cifras son claras: en sectores como la construcción, la participación femenina sigue siendo baja —no supera el 10 %—, tanto en espacios de operación como en escenarios de toma de decisiones.
Esta realidad no solo habla de representación, sino también de cómo se han construido históricamente los liderazgos en la industria. Durante décadas, el sector de la construcción ha operado bajo modelos de dirección altamente técnicos y relacionales, donde la confianza se construye con el tiempo y la experiencia compartida. El reto ahora es adaptarse a entornos más dinámicos, con mayor diversidad de talento y con exigencias crecientes en materia de gobernanza, sostenibilidad y gestión del riesgo.
Desde que asumí la gerencia general de una compañía chilena en Colombia, he vivido de cerca lo que significa ganarse ese espacio, el respeto y la credibilidad. Ha sido un proceso de validación constante: en cada decisión, en cada conversación y en la capacidad de sostener resultados, incluso cuando las expectativas son más altas o el margen de error parece más estrecho. Con el tiempo, he aprendido que la autoridad y la confianza no se definen por el cargo ni por el género, sino por la constancia y la calidad humana del líder.
Existe, además, un desafío silencioso en los niveles más altos de liderazgo: la dificultad de acceder a espacios donde las decisiones se dan dentro de círculos muy consolidados. No se trata necesariamente de exclusión explícita, sino de relaciones de confianza construidas durante años, donde el acceso depende de la cercanía, la trayectoria o vínculos de largo plazo.
En estos entornos, ganarse un espacio implica, una vez más, construir credibilidad frente a egos fuertes y estructuras que, por naturaleza, acompañan a quienes han construido empresas y carreras exitosas. No es una situación exclusiva de género, pero sí es un escenario donde el liderazgo se pone a prueba. Y no se trata de eliminar esas dinámicas, sino de canalizarlas hacia decisiones más equilibradas y estratégicas. La verdadera fortaleza de una organización se evidencia cuando sus líderes son capaces de poner el interés colectivo por encima de las posiciones individuales y de construir confianza más allá de las jerarquías.
Creo, entonces, que el liderazgo del futuro no necesita etiquetas: necesita ser más inclusivo, más diverso y, sobre todo, más consciente de los sesgos que aún existen. Implica dejar de centrarse en la posición individual y en el género para enfocarse en el propósito colectivo, en el valor que se construye para la organización desde una mirada más amplia.
Por eso, más allá del género, la conversación de fondo es otra. No se trata de quién ocupa el espacio, sino de cómo lo lidera y qué valor construye desde ahí.
Ana Maria Delgadillo Velásquez, gerente general de Stretto Colombia.