Durante años hemos intentado contarle al mundo una versión más completa de Colombia porque tenemos muchísimo para presumir.

Tenemos el café, la palma, las flores que llegan a mesas y celebraciones alrededor del mundo. Música que hizo que otros aprendieran palabras sin saber exactamente qué significaban. Tenemos Caribe y Pacífico, montañas, selvas, ríos, una biodiversidad que parece exagerada y una mezcla de culturas, acentos, sabores y colores que hace imposible hablar de una sola Colombia.

No somos un país fácil de poner en un renglón.

Estos días, cuando nuestra tierra literalmente tembló, lo sentimos muy profundo.

Porque detrás de todo lo que Colombia le muestra al mundo hay algo que ninguna campaña puede fabricar: la relación totalmente pasional que tenemos con nuestro país.

Somos orgullosos y emocionales: Nos hace llorar nuestra bandera, nos da una felicidad casi infantil escuchar a alguien hablar bien de Colombia, celebramos los triunfos de un colombiano que nunca hemos conocido y cuando algo le duele al país, nos duele a todos.

Por eso el terremoto nos rompió, de nuevo. Rompió mucho más que edificios, colegios u hospitales.

Pero también nos recordó quiénes somos.

Hay una palabra muy nuestra que cobra sentido: berraquera.

Es difícil traducirla porque no significa solamente valentía. Berraquera es sentir miedo y aun así moverse. Es echar pa’lante. Es mirar alrededor, incluso cuando uno también está pasando por un momento difícil, y preguntar: “¿Qué necesita? ¿Cómo le ayudo?”

Y eso hemos visto.

Colombianos ayudando a colombianos. Personas que dejaron lo suyo para buscar, cargar, cocinar, donar, acompañar y hacer silencio para salvar una vida. Gente abriendo puertas. Desconocidos cuidándose como si se conocieran de siempre.

No porque el dolor no exista. Existe y es enorme. Sino porque hay algo profundamente nuestro en no quedarnos en el piso. Y de eso también podemos sentir orgullo.

Quizás durante demasiado tiempo hemos contado nuestra resiliencia desde las heridas. Desde todo lo que nos ha tocado vivir, superar y reconstruir. Pero hoy, mirémosla desde otro lugar.

La resiliencia no nos convierte en víctimas de nuestra historia. También habla de la capacidad que tenemos para decidir qué hacemos después de ella. No significa olvidar lo que pasó, ni minimizar las pérdidas, ni encontrarle un lado bonito a una tragedia que no lo tiene: Significa reconocer de qué estamos hechos.

Porque detrás de los paisajes que mostramos con orgullo hay casas. Detrás de nuestra diversidad hay comunidades. Detrás de los destinos hay familias. Detrás de esa Colombia hermosa que enseñamos al mundo hay millones de personas que la llaman hogar.

Hoy estamos heridos y sin embargo, aquí seguimos. Ayudando. Reconstruyendo. Abrazando. Llorando también. Pero mirando hacia adelante.

Pero quizá lo más valioso de Colombia no sea solamente todo lo que tenemos. Es lo que somos cuando todo eso tiembla.

Somos un país que siente profundamente. Que quiere profundamente. Que se cae, se abraza y vuelve a ponerse de pie. No desde la lástima. No desde la resignación. Desde el amor a esta patria.

Porque Colombia deja muchas cosas en quien la conoce: el sabor de un café, una canción que después no puede sacarse de la cabeza, el recuerdo de un paisaje, el color de sus calles, la energía de su gente.

Pero quisiera pensar que deja algo más: Las ganas de creer que, incluso después de los días más difíciles, siempre se puede volver a empezar.

Eso es resiliencia. Es berraquera. Y también es Colombia.

Paula Amado, autoridad y experta en mercadeo humano