Hace apenas unos días terminó el Mundial de fútbol, en el que España se coronó campeona. Más allá del resultado deportivo, el torneo dejó una lección de identidad a escala planetaria: cada selección fue también un embajador cultural. Y Colombia, sin proponérselo del todo, terminó siendo protagonista de esa conversación mucho más allá de la cancha.
Desde la inauguración en el Estadio Azteca, J Balvin y Ryan Castro hicieron bailar a miles de espectadores con Mi Gente y otros éxitos urbanos. Días después, Shakira cerró la ceremonia de clausura junto al nigeriano Burna Boy en New Jersey interpretando “Dai Dai”. No fue un gesto protocolario. Fue la confirmación, ante el planeta, de que la música colombiana es hoy uno de los lenguajes más reconocibles de nuestra identidad. Esa misma identidad volvió a hacerse visible en cada partido, con miles de colombianos que convirtieron las tribunas en una extensión del país, llenando estadios en Ciudad de México, Miami, Kansas City y Vancouver. Entre el equipo, los artistas y la hinchada, Colombia no solo disputó un Mundial: lo cantó, lo bailó y lo contó a su manera.
Sin embargo, hubo un momento mucho más poderoso que cualquier espectáculo, ajeno a cualquier producción o reflector. Se repitió una y otra vez antes de cada partido, cuando miles de compatriotas cantábamos el himno nacional con la mano en el corazón a todo pulmón. Durante esos pocos minutos todos éramos, literalmente, una sola voz.
Pocas cosas logran unir a un país tan dividido como el nuestro, marcado por diferencias regionales, sociales e ideológicas, de una manera tan sencilla y genuina como cantar juntos el himno. No hace falta pensar igual ni compartir las mismas posturas para reconocernos en una misma melodía. Ahí está la verdadera fuerza de la cultura: no borra las diferencias, pero construye un terreno común desde el cual esas diferencias dejan de verse como una amenaza y pasan a formar parte de una identidad compartida.
Trabajo en producción audiovisual y creo profundamente en el poder del cine y la televisión para narrar quiénes somos. Pero sería un error reducir la cultura a un solo lenguaje. Shakira y J Balvin son tan cultura como el vallenato que suena en un bus intermunicipal, la artesanía que preserva un taller familiar, el teatro comunitario de un barrio, la gastronomía que pasa de abuela a nieta o la literatura que documenta historias que muchas veces la memoria oficial deja de lado.
Colombia es uno de los países con mayor riqueza cultural del continente precisamente porque esa riqueza nace de la diversidad. El cine del Pacífico convive con las series producidas en Bogotá; el Carnaval de Barranquilla con la tradición oral de los pueblos indígenas; la champeta con el reguetón. Ninguna de esas expresiones vive de manera aislada. Todas dialogan entre sí, se alimentan mutuamente y construyen un relato colectivo sobre quiénes somos. La cultura funciona como un ecosistema en el que cada manifestación fortalece a las demás. Por eso, cualquier política pública que privilegie una sola expresión cultural terminará debilitando el conjunto.
Dentro de pocos días Colombia iniciará un nuevo periodo presidencial. Este 7 de agosto, Abelardo de la Espriella recibirá la banda presidencial y con ella la responsabilidad de trazar el rumbo del país para 2026-2030. La agenda pública estará concentrada en asuntos fundamentales como el crecimiento económico, la seguridad o las reformas estructurales. Son discusiones necesarias.
Sin embargo, la cultura es un tema fundamental. Con demasiada frecuencia seguimos viéndola como entretenimiento o como un gasto prescindible, cuando en realidad es una de las herramientas más poderosas para fortalecer la cohesión social. Cuando un territorio históricamente excluido logra contar su historia a través de una película, una serie, una canción o un documental, deja de ser visto únicamente desde la violencia o la pobreza y empieza a reconocerse como protagonista de su propio relato.
Por eso necesitamos políticas públicas que trasciendan los periodos de gobierno y garanticen continuidad para el sector audiovisual, mayores estímulos para la creación en las regiones, protección del patrimonio cultural inmaterial y oportunidades de formación para nuevas generaciones de creadores, sin concentrarlas únicamente en las grandes ciudades.
Los países que hoy proyectan su identidad a través del cine, la música, la moda o el deporte entendieron hace tiempo que la cultura no es un lujo. Es una inversión estratégica que fortalece su presencia en el mundo y, al mismo tiempo, fortalece el sentido de pertenencia de sus ciudadanos.
El Mundial terminó con una copa levantada, pero también dejó una lección que no deberíamos pasar por alto. En medio de un país que tantas veces parece dividido, la cultura sigue siendo uno de los pocos lenguajes capaces de recordarnos que, antes que nuestras diferencias, compartimos una misma historia. Ojalá el próximo gobierno comprenda que apostar por ella no es un gesto simbólico ni una concesión al sector cultural. Es una decisión estratégica para construir el país que soñamos.
Ana Barreto, CEO de CMO Studios