Después de cada sacudida, los colombianos recordamos algo que olvidamos a menudo: nunca empezamos de nuevo solos.

Hace algunos meses escribí sobre esa extraña facilidad que tenemos los colombianos para olvidar al otro en los pequeños actos cotidianos: colarnos en una fila, incumplir una norma cuando creemos que nadie nos esta mirando o defender nuestro propio interés, aunque hacerlo perjudique a los demás. Porque aprendimos a vivir juntos, pero nadie nos enseñó a pensar colectivamente.

Hasta que la tierra crujió durante 90 segundos.

Debajo de una mesa, en el piso 12 de un edificio en Cali, la vida me estaba preparando para mi siguiente aprendizaje: Los colombianos podemos ser indiferentes ante el desconocido con quien nos cruzamos todos los días y, sin embargo, extraordinariamente empáticos cuando ese desconocido se convierte en un reflejo de cualquiera de nosotros. El padre desaparecido se convierte en el padre de todos. La familia que perdió su casa podría ser la nuestra. De repente, dejamos de ser desconocidos.

El miedo había hecho en segundos lo que muchas veces no conseguimos hacer durante años: recordarnos nuestra vulnerabilidad. Porque cuando aquello que le ocurrió a otro pudo habernos ocurrido a nosotros, ayudar dejó de ser un acto de generosidad para convertirse en una forma de reconocernos.

Quizá hay algo profundamente contradictorio en nuestra manera de ser porque en un momento de peligro, muchas de esas diferencias que normalmente parecen separarnos perdieron importancia. Aparecieron personas ofreciendo comida, alojamiento, transporte, medicinas y ayuda. Las empresas movilizaron recursos, las organizaciones recogieron donaciones y los voluntarios comenzaron a preguntar en dónde hacían falta manos. Personas que probablemente nunca se habían visto comenzaron a preocuparse unas por otras. Ahora todos trabajábamos con el mismo objetivo de reconstruir a Colombia.

Entonces me hice dos preguntas. Una incómoda: ¿necesitamos que ocurra algo terrible para pensar colectivamente? Y otra mucho más esperanzadora: si esa solidaridad aparece precisamente cuando más la necesitamos, ¿no significa que siempre estuvo ahí?

Las catástrofes destruyen edificios, escuelas y vidas. No deberían romantizarse. Nada compensa una vida perdida, la familia que perdió su casa, un negocio construido durante años o la tranquilidad de sentirse seguro en el lugar que llamamos hogar.

Pero incluso de una tragedia pueden surgir decisiones capaces de transformar aquello que ya estaba mal desde mucho antes. Pienso especialmente en el Chocó. Porque quizá la mayor oportunidad de una reconstrucción no esté en recuperar lo perdido, sino en atrevernos a construir aquello que nunca estuvo. Durante décadas hemos hablado de él como una de esas regiones que parecen existir lejos de la conciencia cotidiana del país. Hospitales insuficientes, colegios precarios, vías inexistentes y comunidades acostumbradas a resolver con muy poco aquello que en otras ciudades consideramos indispensable.

Ahora todos los ojos del mundo están mirando a esta región con esperanza, no para reconstruir porque no se trata de dejar las cosas como estaban. Los recursos que hoy llegan deberían permitir algo mucho más ambicioso: que los niños chocoanos regresen a colegios mejores que los que perdieron; que los hospitales no sean simplemente reparados, sino adecuadamente equipados; que las comunidades tengan acceso digno a agua, energía y servicios básicos. Que la reconstrucción no restaure las carencias del pasado, sino que construya el camino del futuro.

Durante 90 segundos sentí que todo aquello que consideraba permanente podía desaparecer, pero en los siguientes días descubrí que hay cosas que permanecen incluso cuando todo lo demás se derrumba. Que los colombianos si sabemos pensar colectivamente cuando se elimina temporalmente todo aquello que normalmente nos hace olvidar al otro.

Quizá la solidaridad que vimos estos días no nació de la tragedia. Quizá siempre estuvo ahí, esperando que recordáramos que el destino del otro también puede ser el nuestro. Y si algo bueno puede quedar después de tanta pérdida, espero que sea precisamente eso: que cuando la tierra deje de temblar, no olvidemos nuevamente que nunca empezamos de nuevo solos.

Juliana del Sol Bastidas Rodríguez, CEO de COLCDA S.A.S