“Los caminos de la vida”, de Omar Geles, vuelve a resonar en un momento de profundo dolor para el vallenato. Lo ocurrido con la agrupación de Kbeto Zuleta nos recuerda la fragilidad de la vida y nos invita a acompañar, con respeto y solidaridad, a quienes hoy atraviesan este difícil momento. La solidaridad de Ariguaní, Magdalena, también nos mostró la capacidad de un pueblo para abrazar y acompañar a quienes más lo necesitan.

Más allá de este hecho doloroso, quiero compartir una reflexión sobre una realidad que merece nuestra atención: las condiciones en las que trabajan quienes dedican su vida a la música.

¡Qué fácil es decir: “Dejen de correr, la vida es una sola”! Qué fácil cuestionar los buses viejos, las madrugadas, la falta de conductores de relevo o las jornadas interminables. Lo difícil es preguntarnos qué condiciones laborales y económicas enfrenta nuestra industria y qué podemos hacer para que el trabajo de los músicos se desarrolle con mayores garantías.

Hay tres realidades que debemos enfrentar.

Primera: la juventud no es sinónimo de invencibilidad.

Conozco ese afán de trabajar, crecer y aceptar todas las oportunidades. Pero ningún escenario merece que apostemos la vida por cumplir una agenda. Aprender a descansar también es una responsabilidad personal.

Segunda: estamos devaluando el talento.

He hablado con músicos que deben reducir sus tarifas para conseguir una presentación. Entonces empiezan los recortes: menos integrantes, menos noches de hotel, menos descanso. Y surge una pregunta todavía más incómoda: ¿cómo es posible dedicar una vida entera a llevar alegría a los demás y llegar a la vejez sin una pensión que garantice tranquilidad?

Innovar también es una forma de proteger la tradición

Tercera: el negocio está olvidando a sus protagonistas.

A empresarios, contratantes y directores de agrupaciones les digo: negociar bien no puede significar reducir los costos a expensas de las condiciones laborales y la dignidad del músico.

Sin su talento no hay espectáculo, no hay público y no hay industria rentable. El músico no es el gasto que sobra: es la razón por la que existe el negocio. Su seguridad, su descanso, su protección social y su bienestar deben estar contemplados desde el primer presupuesto.

Juancho Rois, Patricia Teherán, Kaleth Morales, Martín Elías y tantos otros nos dejaron canciones y familias marcadas por ausencias irreparables. Cada una de sus historias merece ser recordada con respeto. No pretendo establecer comparaciones entre sus circunstancias ni atribuir sus pérdidas a una misma causa. Sus legados nos recuerdan, sobre todo, el valor de la vida y de quienes hacen de la música su proyecto de vida.

Hablo como empresaria musical, comercial de la agrupación de Poncho Zuleta y Cocha Molina, gestora cultural, madre, esposa, hija y amiga.

No podemos seguir aplaudiendo al músico en el escenario mientras aceptamos que su bienestar sea lo primero que se negocia a la baja.

Y si después de tantos años de trabajo ni siquiera puede aspirar a una vejez digna, tenemos que preguntarnos qué clase de industria estamos construyendo.

Sin artistas no hay arte. Y sin arte, no hay negocio.

Julieth Peraza, gestora cultural y directora ejecutiva de la Fundación Cocha Molina