Hace algunos años me invitaron a dar una clase sobre Common law. Durante la sesión, uno de los estudiantes me hizo una pregunta sobre un aspecto específico del sistema legal colombiano. Era un tema que yo desconocía.
Sin pensarlo demasiado respondí:
—No lo sé.
Y continué con la clase, pues no lo consideré relevante para el tema que estábamos tratando. Además, durante mis años de universidad en el extranjero había visto a profesores hacerlo constantemente. Cuando desconocían una respuesta, simplemente lo admitían. Nadie se escandalizaba o lo interpretaba como una derrota intelectual. Si el asunto era importante, el profesor lo consultaba para la siguiente clase.
Semanas después me encontré con aquel estudiante en la calle. Me reconoció de inmediato y se acercó a saludarme.
—¿Se acuerda de mí? Yo fui el estudiante que le hizo la pregunta que usted no supo responder.
Lo dijo con un tono de triunfo. Como quien recuerda una victoria.
La escena me sorprendió porque me hizo comprender algo sobre nuestra cultura: para muchas personas, no saber algo no es una reacción normal frente a los límites inevitables del conocimiento humano. Es una derrota. Lo que sorprendió al estudiante no era que yo no supiera la respuesta, sino que lo hubiera admitido con naturalidad.
Y entonces me surgió una pregunta: ¿cómo podemos aprender en una cultura en la que no está permitido equivocarse o, peor aún, admitir que no sabemos?
Recuerdo la primera vez que cometí un error llenando un formulario. Instintivamente pensé que tendría que pedir uno nuevo. En mi colegio, en Colombia, el uso de corrector estaba prohibido. Si una hoja tenía un error, la solución era copiarla nuevamente desde el principio hasta que quedara impecable.
Pero nadie le dio importancia. Simplemente trazaron una línea sobre la palabra equivocada y me indicaron que escribiera la respuesta correcta al lado. Lo mismo ocurría en los exámenes: bastaba con marcar el error y continuar escribiendo. La calificación no se veía afectada.
Con el tiempo entendí que detrás de ese pequeño detalle existían dos formas muy distintas de entender el error. En una, equivocarse es una señal de incompetencia. En la otra, equivocarse es parte del proceso.
Quizás por eso nos cuesta tanto decir: “No lo sé”.
Si desde pequeños aprendemos que el error debe ocultarse y que la respuesta incorrecta genera vergüenza, terminamos eliminando una parte esencial del aprendizaje. Porque aprender exige reconocer una carencia previa. Nadie aprende algo que cree que ya sabe. Nadie busca una respuesta si está convencido de tenerla. Dejamos de ver el conocimiento como una construcción permanente y comenzamos a verlo como una actuación en la que siempre debemos parecer preparados, seguros y correctos.
Y esa mentalidad no desaparece con los años. La llevamos a la universidad, al trabajo y a la política. Preferimos inventar una respuesta antes que admitir una duda. Justificamos decisiones equivocadas en lugar de corregirlas. Nos aferramos a tener razón incluso cuando la evidencia demuestra lo contrario. Quizás por eso terminamos con funcionarios que improvisan, políticos que prometen imposibles y expertos que parecen tener una opinión sobre todo.
Sin embargo, las personas más brillantes que he conocido no tienen ningún problema en admitir lo que no saben. No porque sepan menos, sino porque entienden mejor los límites de lo que saben.
Por eso, la primera instrucción que reciben mis colaboradores es que está permitido equivocarse porque es una consecuencia inevitable del aprendizaje. De hecho, prefiero mil veces escuchar a una persona decir: “No sé”, que verla inventar una explicación o tomar una decisión sobre algo que desconoce.
La razón es sencilla. El desconocimiento tiene solución. Se puede enseñar y aprender. Pero cuando una persona aparenta saber lo que no sabe, el problema deja de ser de conocimiento y se convierte en un problema de riesgo.
Quizás deberíamos enseñar algo diferente: que equivocarse no es una falla moral, sino una consecuencia inevitable de intentar comprender el mundo. Porque nadie aprende aquello que ya cree saber.
Y porque una de las frases más honestas, profesionales e inteligentes que una persona puede pronunciar sigue siendo también una de las más simples:
—No lo sé.
Lo consulto y te digo.
Juliana del Sol Bastidas Rodríguez, CEO de COLCDA S.A.S