Para mí, el problema más grave del machismo son los sesgos inconscientes. Lo digo con frecuencia porque los veo actuar todos los días. Muchas personas afirman que no son machistas e incluso lo creen sinceramente. Me lo dicen a diario. Sin embargo, la realidad suele ser más compleja: no reconocen hasta qué punto ciertos prejuicios siguen influyendo en la manera como interpretan el liderazgo, la autoridad y el poder. Vale la pena recordar las palabras de Jorge Eliécer Gaitán: “El pueblo ignorante es víctima de la incomprensión y la desidia”.

La frase “No me quiten su voto por ser mujer”, pronunciada por Paloma Valencia en plena recta final presidencial, puso sobre la mesa una realidad que muchos prefieren ignorar: el género sigue influyendo en las posibilidades de llegar a la Presidencia de Colombia. Más reveladora aún es otra frase que ella misma ha dicho haber escuchado repetidamente y que, debo admitir, también he oído en conversaciones cotidianas sobre las elecciones: “El momento del país necesita un hombre”.

No estamos hablando de una diferencia legítima de ideas ni de una discusión sobre programas de gobierno. Tampoco de un debate sobre capacidades o propuestas. Lo que aparece detrás de esa afirmación es algo mucho más profundo: la persistencia de una idea según la cual el poder sigue teniendo rostro masculino. Cuando el liderazgo está en disputa, todavía hay quienes lo imaginan con voz grave, traje masculino y autorización patriarcal.

Lo más inquietante es que quienes actúan bajo esos sesgos rara vez los expresan de forma abierta. Difícilmente alguien dirá: “No voto por ella porque es mujer”. En cambio, el argumento se disfraza de prudencia, experiencia o sentido común. Se camufla en frases como: “Es inteligente, preparada y capaz, pero el país está muy difícil”; “me gusta, pero le falta firmeza”; o la más explícita de todas: “para este momento se necesita un hombre”.

Esa es precisamente la fuerza de los sesgos inconscientes: permiten discriminar sin sentirse discriminador. Lo mismo ocurre cuando un hombre levanta la voz y es considerado firme o decidido, mientras que una mujer que actúa de la misma manera es descrita como mandona, regañona o conflictiva. El comportamiento es idéntico. El juicio, no.

La prensa ha mostrado que muchas feministas discrepan profundamente de las posiciones de Paloma Valencia y cuestionan la idea de que el simple hecho de ser mujer representa automáticamente los intereses de las mujeres. Ese desacuerdo es legítimo y necesario. Pero una democracia madura debería ser capaz de sostener dos ideas al mismo tiempo: una candidata puede ser cuestionada con toda severidad por sus propuestas o posturas políticas y, aun así, ser víctima de un patrón de juzgamiento marcado por prejuicios de género.

Criticar propuestas no es sexista. Presuponer que el mando, la dureza o la capacidad para enfrentar una crisis son atributos naturalmente masculinos, sí lo es.

El episodio del café con Sergio Fajardo ilustra bien esa tensión. Lo que inicialmente se presentó como una invitación pública para “sumar entre diferentes”, terminó derivando en una discusión sobre las intenciones de quien formuló la propuesta. Más allá de las interpretaciones que cada quien quiera hacer del episodio, vale la pena observar un patrón recurrente.

Cuando una mujer toma la iniciativa en política, con frecuencia la conversación deja de centrarse en la propuesta y se traslada a cuestionar sus motivaciones, su estilo o su carácter. La atención se desplaza del contenido hacia la forma. De la idea hacia la persona.

A las mujeres en política no solo se les exige convencer. También se les exige no incomodar demasiado, no liderar demasiado, no ser demasiado ambiciosas, no hablar demasiado fuerte y, en muchos casos, no parecer demasiado seguras de sí mismas.

En el fondo, el machismo electoral contemporáneo ya no funciona necesariamente impidiendo que las mujeres lleguen al poder. Funciona sembrando una duda permanente sobre cómo llegan, cómo ejercen la autoridad, cómo toman decisiones y cómo lideran.

Y esa duda no siempre proviene de los hombres. Ahí está la parte más incómoda de esta conversación. El prejuicio no habita únicamente en el comentario ofensivo o en el insulto evidente. También vive en esa voz interior, social, heredada y muchas veces inconsciente, que sigue sugiriendo que para gobernar de verdad, al final, hace falta un hombre.

Mientras esa voz siga influyendo en la forma cómo evaluamos a quienes aspiran a dirigir el país, no estaremos discutiendo únicamente sobre política. Estaremos discutiendo sobre una barrera cultural que todavía limita la posibilidad de reconocer el liderazgo femenino en igualdad de condiciones.

Y esa barrera, más que cualquier candidatura, es la que sigue atrasando a Colombia.

María Claudia Martínez Beltrán, socia de Martínez Quintero Mendoza González Laguado & De La Rosa