Durante muchos años se creyó que el desarrollo económico y la conservación pertenecían a mundos distintos. Por un lado, las decisiones de negocio se tomaban pensando en la rentabilidad y por otro, las ambientales, en la protección de los ecosistemas. Hoy esa separación dejó de tener sentido. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la creciente presión sobre recursos como el agua han demostrado que la competitividad empresarial depende, más que nunca, de la salud de la naturaleza.

En ese proceso, las mujeres hemos comenzado a ocupar un lugar cada vez más determinante. Participamos cada vez más en las decisiones que definen dónde se invierte, cómo se producen los bienes y servicios, cómo se gestionan los riesgos y cuál será el legado que dejarán las empresas en los territorios donde operan.

He tenido el privilegio de vivir esa transformación desde distintos escenarios. A lo largo de estos años, ese trabajo ha sido reconocido en diferentes espacios. En 2025, Forbes Colombia me incluyó entre los 137 liderazgos que están cambiando el país, un reconocimiento que recibí como reflejo del compromiso de un equipo que trabaja para demostrar que la conservación también impulsa el desarrollo. Ese mismo año, una investigación impulsada por The Nature Conservancy (TNC), con una importante participación de TNC Colombia, fue distinguida con el Frontiers Planet Prize 2025, uno de los reconocimientos científicos más importantes del mundo, por demostrar que es posible producir alimentos mientras se conserva la biodiversidad.

Más allá de estas distinciones, hay una certeza que he fortalecido con cada proyecto, alianza y resultado alcanzado: sin las mujeres este cambio no sería posible. Aquellas que lideran organizaciones, áreas financieras, operaciones, sostenibilidad o juntas directivas impulsan conversaciones que antes no estaban sobre la mesa. Preguntas sobre el impacto de las decisiones, la gestión de riesgos climáticos, la relación con las comunidades o la protección del capital natural empiezan a formar parte de la estrategia empresarial como una condición para la competitividad futura.

Esa visión sigue guiando mi trabajo. Cada vez que conversamos con empresas, gremios o inversionistas confirmamos una realidad evidente: la naturaleza dejó de ser un tema reputacional para convertirse en un asunto estratégico. No existe empresa que pueda operar sin agua, sin cadenas de suministro resilientes, sin territorios estables o sin comunidades capaces de adaptarse a un clima cada vez más extremo. Y es allí donde el liderazgo femenino puede marcar una diferencia.

La presencia de más mujeres en los espacios de decisión amplía las perspectivas desde las que se analizan los riesgos y las oportunidades. En un contexto en el que la sostenibilidad exige decisiones cada vez más complejas, esa diversidad fortalece la capacidad de las organizaciones para anticiparse y adaptarse.

Quizá por eso no resulta casual que algunas de las organizaciones ambientales más influyentes del mundo sean dirigidas hoy por mujeres. En América Latina, por ejemplo, vemos liderazgos femeninos impulsando procesos de conservación, financiamiento climático, restauración de ecosistemas y desarrollo sostenible desde organizaciones que trabajan en algunos de los territorios más biodiversos del planeta. Colombia tiene una oportunidad extraordinaria para demostrar que crecimiento económico y conservación pueden avanzar de la mano. Pero esa transformación dependerá, en buena medida, de quienes hoy ocupan posiciones de liderazgo dentro de las empresas. Las decisiones que se tomen en las salas de juntas tendrán tanto impacto sobre el futuro del país como muchas de las políticas públicas que se discuten en los gobiernos.

Las mujeres que hoy lideran organizaciones no están llamadas únicamente a ocupar espacios que históricamente les fueron negados. Están llamadas a redefinir la manera en que entendemos el liderazgo empresarial, creando valor para la sociedad, fortalecer la resiliencia de los territorios y reconocer que el éxito de cualquier empresa depende, inevitablemente, de la salud de los ecosistemas que la sostienen.