Hay una pregunta que me hacen con frecuencia y que, cada vez que la escucho, me resulta más reveladora de los prejuicios que todavía cargamos: “¿Y no tienes hijos?”.
La pregunta asume que la maternidad biológica es el único camino válido para que una mujer se sienta completa, y que su ausencia deja un vacío. Lo que no ve quien pregunta es que ese espacio nunca ha estado vacío.
Lo he llenado de trabajo, de equipos, de historias, de gente a la que cuido como se cuida aquello que uno construye con las manos, con el tiempo y con la convicción de que vale la pena sostenerlo. Decidí no ser madre de la manera convencional. Y recuerdo que una vez una amiga —ella sí mamá— me dijo algo que no he olvidado: “Menos mal existen las mujeres que deciden no tener hijos, para que las que sí queremos hacerlo, podamos.” Lo dijo sin drama, como quien enuncia una verdad de sentido común. Y tenía razón.
Cuando algunas elegimos dedicar nuestra energía entera a construir industrias, a sostener equipos, a abrir caminos y a asumir liderazgos que durante mucho tiempo nos fueron negados, también estamos cuidando el espacio para que otras puedan elegir distinto.
Eso también es sororidad.
Eso también es maternidad, aunque no quepa en la definición tradicional. Lo digo desde la posición que tengo, no desde la disculpa. Porque creo profundamente que el camino se hace andando. Trabajando.
Desde el ejemplo, sin pedir permiso y sin justificar constantemente decisiones que deberían entenderse como legítimas.
La industria audiovisual global está siendo redefinida por mujeres, en todos los niveles, que tampoco pidieron permiso para estar donde están. Menciono apenas algunas, porque son miles las que todos los días construyen este universo con imaginación, trabajo y disciplina. Bela Bajaria, Chief Content Officer de Netflix, administra un presupuesto de contenido de 17 mil millones de dólares anuales y supervisa producciones en 50 idiomas y 27 países; Donna Langley sigue siendo la única mujer al frente de un gran estudio clásico de Hollywood, rompiendo récords permanentemente. En nuestra región, la colombiana Carolina Leconte es vicepresidenta de Contenido para México y Adquisiciones para Latinoamérica en Netflix, después de haber pasado por Caracol, Sony y Gato Grande antes de llegar a la cima del streaming más influyente del mundo. La chilena Javiera Balmaceda, Head of International Originals de Amazon MGM Studios para América Latina, Canadá y Australia, tiene en su haber producciones como Argentina, 1985 —Globo de Oro y nominada al Oscar—, la franquicia Culpables y la recientemente estrenada La casa de los espíritus. Y en Colombia, Clara María Ochoa fundó CMO con la convicción de que las historias del país merecían contarse desde adentro y con la mirada femenina: lo que comenzó como una apuesta propia se convirtió en una de las productoras más relevantes de la región, con producciones que hoy circulan en las plataformas más importantes del mundo y donde los equipos se conforman con el mejor talento, donde por lo general al menos el 50% somos mujeres.
Todas ellas —y las miles que no caben en esta columna— comparten algo más allá del cargo: llegaron construyendo, no esperando.
Los números globales todavía incomodan. En 2025, el 75 % de las 250 películas más taquilleras del mundo emplearon diez o más hombres en roles clave detrás de cámara, pero solo el 7 % emplearon diez o más mujeres. Sin embargo, hay otra cifra que importa más: en producciones con al menos una directora, las mujeres representaron el 71 % de las escritoras y el 22 % de las directoras de fotografía. Cuando una mujer llega a una posición de decisión, abre la puerta para las demás. No por cuota, sino por criterio.
Tengo claro de dónde vengo: de una industria que durante mucho tiempo me miró como la excepción. Y también sé lo que significa cargar con los abusos sistemáticos que una sociedad machista normalizó durante décadas, ignorando los gritos de dolor de mujeres que pedían ser vistas, respetadas, escuchadas. Desde esta columna, desde este cargo, desde cada decisión que tomo en un set, quiero decirles a todas ellas: sí las vemos. Sí trabajamos por ustedes, por nosotras. Y cada vez que alguna ocupa un lugar de decisión y lo usa para abrir puertas, para proteger, para construir con criterio y con justicia, ese mundo que tanto necesitamos se vuelve un poco más posible. En la medida en que seamos replicadoras de eso —en la industria, en las familias, en los equipos, en la vida— el camino se hace más ancho para todas.
El camino no se negocia desde la fragilidad. Se recorre con límites claros, con criterio propio y con la convicción de que el ejemplo es el argumento más sólido que existe. Las cámaras no se encienden solas. Detrás siempre hay alguien que tomó una decisión. Cada vez más, esa alguien somos nosotras.
Ana Barreto, CEO de CMO Studios