Colombia no cambió de un día para otro. Cambió en silencio, en las rutinas, en las decisiones pequeñas que sostienen lo cotidiano. Y en ese cambio hay una constante difícil de ignorar: son las mujeres quienes, cada vez más, están manteniendo en pie buena parte de la estructura social y económica del país.

No fue una revolución anunciada. Fue una adaptación. Mientras la equidad se discutía en escenarios formales, la vida avanzaba con urgencia. Y allí, lejos del titular, muchas mujeres empezaron a ocupar espacios que antes les eran ajenos o restringidos. No como concesión, sino como necesidad.

Hoy lideran, emprenden, estudian, cuidan, gestionan. Hacen que las cosas pasen. No porque el camino haya sido despejado, sino porque aprendieron a caminarlo incluso con obstáculos. Esa capacidad de respuesta ha sido, en buena medida, uno de los motores más potentes del país reciente.

Pero hay una pregunta que rara vez se formula con la misma fuerza: ¿a qué costo?

La suerte que salva vidas: cuando jugar también es cuidar

El relato del avance femenino suele construirse desde la admiración, y con razón. Sin embargo, detrás de ese progreso hay una carga que no siempre se distribuye de manera justa. A medida que las mujeres asumieron más responsabilidades, no siempre hubo un ajuste equivalente en otros roles. El equilibrio cambió, pero no necesariamente se volvió más equitativo.

En muchos casos, lo que ocurrió fue una redistribución silenciosa del esfuerzo: más tareas, más decisiones y más presión concentrada en quienes ya venían sosteniendo múltiples frentes. Y aunque hay transformaciones positivas en marcha, también persiste una inercia cultural que permite que esa sobrecarga se normalice.

Ese es el punto incómodo: el país avanza, pero no todos avanzan al mismo ritmo.

La conversación sobre equidad no puede quedarse en celebrar logros individuales mientras se ignoran las condiciones estructurales que los rodean. Porque el verdadero progreso no se mide solo en cuántas mujeres llegan, sino en cómo llegan y en qué deben sostener para permanecer.

No se trata de abrir un debate en clave de confrontación, sino de honestidad. De reconocer que el liderazgo femenino no puede seguir construyéndose sobre la base de asumirlo todo. Que la corresponsabilidad no es un ideal abstracto, sino una condición necesaria para que el cambio sea real y sostenible.

Colombia tiene hoy mujeres que lideran con determinación y resultados. Eso ya no está en discusión. Lo que sí está en juego es si el país será capaz de acompañar ese liderazgo con transformaciones que distribuyan mejor las cargas, reconozcan de forma plena los aportes y permitan que el avance no implique agotamiento.

Superar barreras no debería significar aprender a resistir más que los demás. Debería significar que, por fin, las reglas del juego cambian para todos.

Maribel Córdoba Guerrero, gerente de la Lotería de Cundinamarca