Empecé el verano dando clases en un campus de misión humanitaria organizado por Protection 4 Kids, una organización con la que colaboro desde hace tiempo desde Cyber Rights Organization. Fui como docente, pero me inscribí en el curso entero. Quería aprenderlo todo. Y en formación humanitaria a uno lo entrenan con todos los sentidos: la vista, el oído, el tacto y el olfato.
El módulo del olfato me dejó tocada. Porque en un terremoto el olor informa: te dice dónde buscar, cuánto tiempo llevas de retraso, qué ya no vas a poder salvar. Yo llevaba, y llevo, los sentimientos aún afectados por Venezuela y, mientras el instructor explicaba, en mi cabeza sonaban las voces de tanta gente que ha descrito ese olor. El olor a muertos. Uno cree que se prepara.
Terminó el campus. Mi vuelo de vuelta se canceló por un fallo técnico y se retrasó tres días. Tres días que dediqué a hacer un retiro espiritual y a reflexionar sobre todo lo aprendido.
Y entonces, ya de regreso, sonó el teléfono. Era mi tía, desde Colombia, en pleno terremoto.
Magnitud 7,4. Diez de agosto, 7:34 de la mañana. Epicentro en San José del Palmar, Chocó, a más de cien kilómetros de profundidad. Todo eso lo supe después. En ese momento yo solo tenía una voz al otro lado y una impotencia del tamaño de un océano.
Hice lo único humanamente posible desde acá: bajar el tono, guiarla para que se pusiera «a salvo», esas comillas pesan, y orar por teléfono. Llegó la réplica y ya no escuché palabras. Escuché gritos, caos. Una línea abierta con el caos del otro lado.
Al mismo tiempo, en los chats de amigas empezaron a caer las noticias. Edificios colapsados en Pereira, Cali, Manizales y Armenia; el Chocó y sus municipios aledaños afectados y, aun así, lejísimos del epicentro. Ahí la mente se nubla, se va el sosiego y queda la impotencia, que es el sentimiento más inútil y más caro que existe.
Y mientras todo eso pasaba, el Tolima ya llevaba una semana ardiendo.
Mi papá vive en San Luis. San Luis es, precisamente, uno de los focos más críticos de los incendios forestales que llevan semanas devorando el departamento: más de dos mil hectáreas de vegetación y cultivos consumidas, viviendas rurales alcanzadas, un alcalde diciendo en radio que es la mayor tragedia ambiental en la historia del municipio.
El Tolima terminó declarando calamidad pública, con casi cuarenta incendios activos y una gobernadora pidiendo auxilio al Gobierno nacional. Y todo eso había empezado una semana antes del terremoto, con muchos menos recursos de los necesarios para pelearle al fuego.
Después del sismo, la carretera quedó incomunicada. Sin luz, sin señal. Uno llama y no entra la llamada, y ese verbo, estos días, en el Tolima tiene doble filo. Pides ayuda, mueves contactos, alguien te dice que está bien. Pero «está bien» en boca de un tercero no es lo mismo que oír la voz. Con mi papá logré hablar tres días después.
Y las llamas siguen.
Y uno vuelve a poner su vida en perspectiva. Otra vez. Con todo lo que uno esté cargando a nivel personal, que también pesa y también duele, de repente todo se recalibra en dos segundos.
Así que hice lo único que sé hacer bien cuando no puedo hacer nada más: conectar puentes y aportar con mi voz, de la mano de Cibervoces Podcast.
Estoy colaborando en una iniciativa desde Barcelona para enviar ayuda humanitaria desde acá. Mi labor no fue cargar cajas, aunque también. Fue unir puntos: la comunidad de She Is My Boss, apoyando las campañas de Solidaridad por Colombia y de la Cámara de Comercio, y el avión solidario de LATAM en Colombia, para que la ayuda llegue a donde más se necesita.
También se sumaron influencers colombianos de la ciudad. El operativo lo lidera Nico Gómez, enfermero experto en salud mental, y toda la logística tiene un único objetivo obsesivo: que el esfuerzo llegue exactamente a donde más se necesita.
Esto demuestra el poder real de las comunidades. El Círculo de Mujeres de Semana Dinero también está ayudando. Esa red de contactos que en el mundo corporativo llamamos networking, con cara de póker, resulta que sirve, de verdad, el día que toca levantar la mano rápido.
Hubo corazones lindísimos. Gente que llegó con lo que tenía y con lo que no tenía. Y hubo también, en medio de todo, la historia de un influencer que cobraba seis millones por una sola historia. ¡Una! Y ahí uno dice: ¿En serio, parce? Y ni hablar de la burocracia.
Enfrentar esas dicotomías es parte del asunto. Escuchar a amigos que lo perdieron todo. Llorar de emoción por unos y quedarte sin palabras por otros. Volver a reuniones corporativas con todo eso adentro, que nadie note nada y mucho menos pregunte. Pasar por etapas de duelo mientras, al mismo tiempo, aprendes cosas nuevas.
Estas semanas, olvídate del mundo de los seguros y la ciberseguridad: labor humanitaria cien por ciento Andrea, aprendiendo logística en tiempo real, usando skills de lobbista, aprendiendo en acción y en plena misión.
La camiseta del campus decía algo así como: «Por suerte, esta no es una misión humanitaria en la que la ayuda sea para ti».
Agradecer, reflexionar, mirar hacia adentro y sanar, todo a la vez y sin permiso para parar.
Mientras escribo esta columna, sigo buscando unir el último punto. Tenemos tres toneladas de ayuda listas en Barcelona. Como carga no se puede y la bodega debemos entregarla el martes. La salida es un avión comercial de Barcelona a Bogotá, y esa salida tiene un precio.
Pagar es una opción, claro; que ese dinero se convierta en más ayuda es la mejor opción. Así que sigo tocando puertas mientras usted me lee.
Si tiene una, ábrala, por favor.
Nos queda aún mucho por recorrer para reconstruir nuestro país, pero vamos por partes.
Construir desde el propósito. Always.
Andrea García Beltrán es Voz lider en Ciberseguridad, cofundadora de Cyber Specs® y Head of Digital Human Rights en Cyber Rights Organization.