En la entrada del templo de Apolo, en Delfos, había una inscripción: ‘Conócete a ti mismo’. Siempre me ha intrigado que estuviera en la entrada y no en la salida. Como si los griegos hubieran entendido que ninguna respuesta importante puede encontrarse al final del camino sin aceptar primero esa pregunta.

¿Y si la belleza fuera una necesidad?

Han pasado más de dos mil años y seguimos sin aprender. Construimos carreras, dirigimos empresas, formamos familias, acumulamos experiencias, pero pocas veces nos enseñan a preguntarnos quién es, exactamente, la persona que hace todo eso.

Hace unos días acompañé a mi hijo Salvador a una sesión en la que le pedían definir conceptos sencillos. Le dijeron:

—Sombrilla.

Casi sin pensarlo, respondió:

—Como una palmera.

Me hizo sonreír. Antes de explicar para qué servía, había encontrado una imagen, una semejanza. Después sí construyó la definición: el mango, la tela, la protección del sol y de la lluvia. Cuando le preguntaron qué era una isla, dijo:

—Un pueblo en la mitad del mar.

Mientras lo escuchaba tuve el privilegio de observar una mente organizando el mundo desde cero. Salvador todavía no tiene un diccionario fijo al cual acudir, pero busca relaciones, imágenes, recuerdos, y desde ahí intenta comprender lo que no conoce.

Y pensé: ¿en qué momento dejamos de construir significados y empezamos, simplemente, a repetir definiciones? Construimos una identidad a base de palabras y roles que con el tiempo se vuelven nuestra cárcel.

Cuando alguien pregunta quiénes somos, solemos responder con una pequeña biografía: el nombre, de dónde venimos, qué estudiamos, a qué nos dedicamos, qué hemos conseguido. Definiciones. Decimos: “mamá, esposa, amiga, empresaria”.

Por ejemplo, yo estudié Finanzas y Filosofía, y dirijo un estudio de arquitectura. Esa es una precisión que con los años me parece cada vez más reveladora, porque dice más de mi relación con el espacio y el diseño que cualquier título. Todo lo demás puede ser cierto, pero confirma que una vida no cabe en una biografía.

Tampoco creo que la respuesta esté solo en lo que hacemos. Aunque para algunas personas, la profesión es una parte esencial de la identidad. Para otras, pueden ser la maternidad, o una relación, el servicio, la espiritualidad, o una vida que jamás aparecería en una hoja de vida. El problema empieza cuando confundimos cualquiera de esas expresiones con la totalidad de lo que somos.

Nos acomodamos en nuestras definiciones y, sin darnos cuenta, una descripción que alguna vez nos ayudó a entendernos termina convirtiéndose en un límite. Hasta que la vida, siempre generosa en sus sacudidas, nos cambia la pregunta.

Hace poco, el terremoto que sacudió a Colombia nos enfrentó a esa fragilidad que solemos ignorar: nos recordó que reconstruir no es volver a lo mismo, sino encontrar una base más honesta. Mientras el país aún procesaba el temblor, el cielo nos regaló un eclipse lunar, un recordatorio oportuno de que la luna no desaparece cuando entra en la sombra: simplemente cambia de aspecto, se revela de otra forma. A veces nosotros también necesitamos que la luz cambie de ángulo para ver el volumen de lo que somos.

Viktor Frankl entendió algo esencial después de atravesar circunstancias que desafían cualquier explicación sencilla de la condición humana: aun cuando no podemos elegir lo que nos ocurre, queda un espacio interior desde el cual sí podemos decidir nuestra respuesta. Quizás ahí empieza una forma distinta de libertad.

Hay un ejercicio mental revelador. Imagina que mañana ganas una cantidad absurda de dinero. Después de resolver lo evidente, llega la pregunta verdaderamente interesante: ¿qué conservarías de tu vida actual si ya no estuvieras obligado a conservar nada?

La pregunta parece hablar de dinero, pero en realidad habla de libertad: de cuánto de nuestra vida nace de una elección consciente y cuánto de la costumbre, la inercia, y el miedo o las expectativas que alguna vez aceptamos sin examinar.

Hay cosas que sabemos porque las estudiamos, y hay otras que solo conocemos porque la vida nos obligó a atravesarlas. Un cargo puede desaparecer, una empresa puede cambiar, los hijos crecen, el cuerpo envejece, el reconocimiento llega y se va, incluso nuestras convicciones pueden transformarse, pero debajo de todas esas versiones empiezan a aparecer ciertos hilos: formas de mirar el mundo que se repiten a lo largo de nuestra historia.

Miguel Ángel llamaba a su técnica scultura per forza di levare: el arte no consiste en añadir material, sino en retirar lo que sobra hasta dejar al descubierto la figura que siempre estuvo ahí. Con nosotros ocurre algo idéntico. Al quitar las capas de mármol frío: los roles, las expectativas ajenas, los títulos que ya no nos nombran, lo que queda no es un vacío, es nuestra alma.

La muerte de mi mamá, en octubre, me enfrentó de una manera brutal a esa situación. Cuando alguien que ha sido parte de tu vida con quien además te identificas, deja de estar físicamente, entiendes que existen cosas que no caben en ninguna definición. Su presencia ya no puede describirse mediante un rol y, sin embargo, su legado permanece vivo en la solidez de mis preguntas, en gestos que reconozco, en una fuerza del alma que me sostiene, y sé perfectamente de dónde viene.

Salvador todavía mira una sombrilla y encuentra primero una palmera. Una isla puede ser, todavía, un pueblo en la mitad del mar. Hay algo libre en esa manera de mirar: antes de aceptar la definición, busca el significado, él construye la verdad desde la esencia. Tal vez crecer no debería consistir en perder esa capacidad. Tal vez conocernos sea atrevernos a mirar nuestra propia vida como si aún no supiéramos cómo se llama.

Esa autenticidad requiere una fuerza que trasciende cualquier biografía. Atravesar ese umbral de ‘conócete a ti mismo’ es un ejercicio de gratitud cruda. Tomar el cincel. Quitar, con paciencia, lo que sobra. Aceptar tu vulnerabilidad como tu mejor herramienta. Y descubrir, debajo de todas las cosas que hemos aprendido a decir que somos, somos la forma que estaba ahí desde el principio.

Romy Schaller, CEO de Schaller Rossi & Partners