El 11 de marzo de 2020 la situación ya era irreversible. El brote de un virus en Wuhan, una ciudad en China de la que muchos no habían escuchado jamás, había dejado de ser un asunto local y la enfermedad se contagiaba en otras latitudes a toda velocidad. Cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró que la covid-19 era una pandemia, había 118.000 casos notificados en el mundo y el virus ya estaba en al menos 114 países. La noticia cambió la vida de miles de millones de personas de la noche a la mañana.

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En aquel momento, el director general de la OMS, Tedros Adhanom, estaba convencido de que “todos los países están a tiempo de cambiar el curso de esta pandemia”. Pero, a decir verdad, nadie estaba preparado para esta contingencia, aunque había sido advertida por científicos y expertos. En 2017, Bryan Walsh, exeditor internacional de la revista Time, advertía que “en un planeta hiperconectado y lleno de enfermedades hiperinfecciosas, los expertos advierten que no estamos preparados para mantener al mundo seguro de la siguiente pandemia”. En efecto, el planeta ha comprobado en el último año que la advertencia no fue hecha en vano. Pero, como en muchos otros escenarios, solo se toman cartas en el asunto hasta que el golpe no es realmente fuerte como para dimensionar las consecuencias.

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De repente, la pandemia lo condicionó todo y enfrentó a la humanidad ante un espejo en el que no se veía desde hace siglos, poniendo a prueba, en medio de la parálisis, al sistema globalizado actual. Las consecuencias no pudieron ser peores y la pesadilla aún no termina.

Un mundo confinado

El anuncio de la pandemia ocasionó, en cuestión de días, el confinamiento de países enteros, un hecho sin precedentes en la historia contemporánea. El 90 por ciento de los casos se concentró en cuatro países y los demás, viendo la catástrofe que se avecinaba, tomaron cartas en el asunto cuando tuvieron luz verde. Parecía inimaginable detener el engranaje mundial de la noche a la mañana, como terminó pasando. El tapabocas se volvió regla y las grandes urbes pasaron a ser auténticas ciudades fantasma.

La contagiosa enfermedad hacía estragos a su paso. El sur de Italia, que se convirtió en foco prematuro en Occidente, vio cómo el virus se ensañó con los adultos mayores, la población más vulnerable a la covid-19 y que sufrió el 60 por ciento de los fallecimientos en aquella región. Cuando el contagioso virus se diseminó en un nuevo foco, las unidades de cuidados intensivos colapsaron. La sepultura de los fallecidos pasó a ser un tema controversial, con países como Ecuador y Brasil desbordados por el número de muertes diarias a causa de la pandemia.

Mientras tanto, otro virus se dispersaba en paralelo: la desinformación. Los primeros confinamientos encerraron a millones, expectantes de saber qué estaba pasando. La situación fue el caldo de cultivo perfecto para que las noticias falsas y las teorías de conspiración vivieran su momento estelar, con más espectadores anclados a las redes que nunca. Teorías descabelladas sobre Bill Gates, las redes 5G o remedios caseros estallaron como la pólvora. Las teorías de conspiración demostraron que la desinformación es una deuda pendiente de la era digital. Las protestas contra el confinamiento por parte de los incrédulos fueron pan de cada día durante meses y desestabilizaron a los Gobiernos, que hacían lo posible por contener el virus.

Sálvese quien pueda

Ante un desafío tan grande, la responsabilidad cayó, en gran medida, sobre los hombros de los mandatarios de renombre. La pandemia parecía un tema lo suficientemente grave para que muchos Gobiernos limaran asperezas y enfrentaran la contingencia de manera coordinada. Esto no pasó y en los primeros meses de la pandemia primó el individualismo. Cada país tomó las medidas a su gusto y con ello la crisis quedó en manos de incrédulos de la enfermedad o incompetentes como Jair Bolsonaro, Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador.

La humanidad vio trastocada su vida como no pasaba en décadas. Mientras el equipo médico controlaba la enfermedad y se creaban vacunas, miles de millones se acostumbraban a la nueva normalidad. Foto: Getty image

Pero la pandemia dejó rápidamente secuelas difíciles de ignorar. Se han suspendido miles de eventos, los lugares concurridos han tenido que cerrar y sectores como el del turismo y el entretenimiento viven todavía sus horas más bajas. La angustiante situación, en la que no han parado de jugarse la vida los trabajadores de la salud, provocó que la cooperación internacional se materializara en algunos casos. La Unión Europea, en cabeza de la canciller alemana Angela Merkel y del presidente francés Emmanuel Macron, logró aprobar en julio un plan histórico de 750.000 millones de euros (unos 840.000 millones de dólares) para reactivar su economía.

En el terreno científico fue donde más brilló la cooperación internacional. En su momento, estaban en desarrollo más de 200 vacunas contra la covid-19 en todo el mundo. Toda la información compartida por los laboratorios permitió a las grandes farmacéuticas acelerar sus procesos y aprobación, que en condiciones normales tardaría entre 10 y 15 años.

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Pero con varias vacunas aprobadas, el individualismo internacional volvió a salir a flote. Los territorios más ricos acapararon las primeras dosis, y mientras en países como Reino Unido e Israel ya han sido vacunados millones, en otros territorios menos favorecidos ni siquiera ha llegado la primera dosis. Con el programa Covax, la OMS busca frenar esta tendencia y garantizar un acceso equitativo a las vacunas. Varios países se han adscrito y está previsto que al menos 237 millones de dosis de la vacuna de AstraZeneca-Oxford sean entregadas en mayo en 142 países, y así lograr el objetivo de vacunar a más del 25 por ciento de la población de aquellos países para cuando acabe 2021.

Cuando se anunció la pandemia, volver a la normalidad parecía cuestión de semanas. Un año después, en la mayoría del mundo el tapabocas sigue siendo obligatorio, varios sectores económicos siguen detenidos y las cifras de contagios no paran de crecer. La vacunación masiva sembró una nueva esperanza, pero el aniversario de la pandemia es un recordatorio de que, aunque haya esperanza en el horizonte, no hay que bajar la guardia.