El espectáculo que apareció en las pantallas del mundo la semana pasada hizo que a muchos se les pusiera la piel de gallina. Supremacistas blancos a bordo de enormes camionetas, llegados en caravana de otras localidades a Kenosha, Wisconsin, amenazaban armados a los manifestantes que protestaban por un nuevo episodio de violencia racial policiaca. Un panorama conformado por toques de queda desafiados por manifestaciones multitudinarias, tiroteos y saqueos en las calles, y hasta la indeseada visita de Donald Trump, un presidente obstinado en hundir en total caos a la nación con tal de ganar la reelección en noviembre.

Tras los actos de racismo y abuso policial, el estallido social ha desestabilizado a todo el país. Desde mayo, el asesinato de George Floyd por un policía en Mineápolis, Minesota, levantó a miles de estadounidenses. A pesar de que la pandemia no da tregua, las movilizaciones no se han detenido. Tampoco han reculado ante los ataques de Trump, quien ha respondido a las protestas con fuerza. Durante su visita a Kenosha no se reunió con la familia de la víctima, como hubiera hecho un presidente ‘normal’. Por el contrario, dijo: “Estos no son actos de una protesta pacífica, son terrorismo doméstico”. Mientras lo abucheaba una multitud en su recorrido, señalaba y aplaudía a los policías, asegurando que “habían hecho un trabajo maravilloso”. El país vio con indignación la visita. El candidato demócrata Joe Biden, rival de Trump en noviembre, lamentó las palabras de Trump y afirmó: “Necesitamos un presidente que baje la temperatura y que una al país –no uno que la suba y nos separe más–”. Desde mayo, Trump no ha dudado en enviar agentes federales para intimidar a los manifestantes en los estados, en busca de captar adeptos a su política de ‘la ley y el orden’. El brutal ataque a Jacob Blake en Kenosha le echó sal a una herida que, a pesar de los años, está lejos de cicatrizar.

La llegada de Trump a la Casa Blanca en 2016, como en su día dijo el comentarista de CNN Van Jones, simbolizó que había quienes querían “blanquear” el país. Estados Unidos tiene una deuda histórica con los afroamericanos desde que comenzaron a llegar como esclavos en 1619. La sangrienta guerra civil dividió a la nación, pues los estados del sur no querían renunciar a la esclavitud, considerada indispensable para explotar sus plantaciones de algodón. Tras años de tensiones, siete estados esclavistas del sur se levantaron contra el presidente Abraham Lincoln, que había asumido recientemente con la bandera de liberar a los negros. Al terminar la guerra civil en 1865 y con el triunfo de la legitimidad sobre los estados, agrupados en la Confederación, Estados Unidos entró en un limbo en el que los sureños se consideraban ocupados por una potencia extranjera. En un principio, las leyes federales protegieron los derechos civiles de los afroestadounidenses libres. Pero en los años siguientes, con la unidad del país en duda, los redeemers, una poderosa coalición de supremacistas blancos, retomaron poco a poco el poder en los estados del sur, intimidando y asesinando a la población negra. Para las elecciones de 1876, en las que no hubo un ganador claro, habían recuperado su poder político. Luego de un año de incertidumbre, consiguieron el dominio político en el sur gracias al Compromiso de 1877. En él, reconocieron en la presidencia al republicano Rutherford B. Hayes, a cambio de concesiones para los demócratas en el sur del país. (Los republicanos de entonces corresponden con los demócratas de hoy, y viceversa). Así, los redeemers contaron con carta abierta para decretar las leyes Jim Crow, que segregarían a los negros durante casi un siglo. Las leyes Jim Crow sirvieron, en muchos aspectos, como modelo para las adoptadas por la Alemania nazi contra los judíos en 1935. En un principio buscaban quitarle representación política a los negros, al negarles el derecho al voto. La segregación afectó todos los aspectos de la vida. Por ejemplo, separó las escuelas de negros y blancos, relegó a los primeros a usar los asientos de atrás en los buses y, cuando los aceptaban, los obligó a entrar a los restaurantes y al cine por puertas laterales para no incomodar al resto del público. Con su retórica, al menos ambigua, Trump invita a los supremacistas blancos a que tomen la autoridad por su cuenta En los años sesenta del siglo XX, tras enfrentar una sangrienta represión policial, la población negra consiguió su derecho al voto, y la segregación terminó, al menos sobre el papel. Martin Luther King Jr., en 1963, en las escalinatas del monumento a Lincoln, en su famoso discurso ‘Tengo un sueño’, habló de su esperanza de que sus hijos vivieran “en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter”. Pero ese sueño no está precisamente a la vuelta de la esquina. La elección de Barack Obama en 2008, el primer presidente afroamericano, pareció llevar a Estados Unidos a una era posracismo, pero produjo todo lo contrario. La llegada de Trump a la Casa Blanca en 2016, como en su día dijo el comentarista de CNN Van Jones, simbolizó el triunfo de quienes querían “blanquear” el país. Hoy está claro que el problema del racismo no quedó atrás del todo, como Trump ha demostrado. Con su retórica, al menos ambigua, el mandatario ha enviado el mensaje a los supremacistas blancos de que tomen la autoridad por su cuenta. Defendió sin vacilar a Kyle Rittenhouse, el joven de 17 años que mató con un rifle a dos manifestantes en Kenosha. “Creo que estaba en verdaderos problemas. Probablemente le habrían matado”, aseguró Trump, al ofrecerle su apoyo a los violentos desde la Casa Blanca.

Tras años de tensiones, la guerra estalló en 1863 porque el recién elegido abraham Lincoln iba a liberar a los esclavos. Pero el racismo persistió, materializado en las leyes Jim Crow, que segregarían a los negros por un siglo, hasta el movimiento liderado por Martin Luther King Jr. Muchos analistas coinciden en que sus declaraciones buscan simplemente desviar la atención de la crisis económica, en busca de fortalecer su base electoral de cara a las elecciones de noviembre. Sin embargo, su falta de escrúpulos frente a la crisis social representa la mayor amenaza de la historia para la democracia norteamericana. Desde las revueltas en Los Ángeles tras las agresiones a Rodney King en 1991, los estadounidenses no se movilizaban así ante el racismo. Pero ahora, los supremacistas tienen a un presidente que los respalda. Trump no piensa reducir la grieta del racismo. Como le dijo a SEMANA Mehdi Hasan, redactor político en The Business Standard, “Estados Unidos es parte de la Convención Internacional para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Racial, pero desde su llegada a la Casa Blanca, Trump no ha nominado a ningún representante para el órgano de supervisión del tratado. No tiene interés en detener, o al menos combatir, la discriminación racial”.

Crece la angustia ante la posibilidad de un segundo mandato de Trump. Los observadores consideran que el país no resistiría cuatro años más, pues el magnate no haría más que acrecentar los dos lastres que arrastra Estados Unidos desde hace décadas: la libre circulación de armas y el odio racial. Al igual que John R. Allen, presidente de The Brookings Institution, muchos advierten que tras una reelección de Trump, podría no haber retorno. “Estos problemas están definiendo nuestra época, así como nuestra respuesta definirá quiénes somos y seremos en el siglo XXI y más allá. Realmente, está en juego la naturaleza misma de nuestra ‘alma nacional’”, escribió Allen en un editorial. El microcosmos de Kenosha podría trasladarse, en cuestión de meses, a todo el país. En mayo, los 50 estados presenciaron miles de movilizaciones. A pesar de ello, ni Trump ni sus seguidores se amedrentaron y doblaron la apuesta, al desplegar agentes federales y civiles armados para intimidar a los manifestantes en Wisconsin. Hoy parecen comprobadas las hipótesis más sombrías de algunos historiadores, para quienes la guerra civil, que dejó más de 750.000 muertos en el siglo XIX, nunca terminó.