Después de caminar 40 minutos por senderos intrincados, piedras resbaladizas y atravesar el río Orinoco en bongo –una embarcación de madera pequeña–, el profesor de música José Guillermo Morales llega a un caserío indígena venezolano de la etnia curripaco. Es el momento más esperado por los niños de esta comunidad, ubicada en la frontera de Vichada con Venezuela.

Allí, un tropel de pequeños que no superan los 12 años se sientan sonrientes debajo de un árbol frondoso. Todos toman las flautas para comenzar las clases de música, tal como lo hicieron durante nueve meses, una vez a la semana. También afinan sus voces y practican las canciones. Suena la guitarra acústica del maestro y todos cantan al unísono: “Salimos a ver el viento, pero el viento no se ve. Lo rodeamos con los brazos, pero el viento se nos fue… Mazorca de oro, granos de café, alas en los hombros, alas en los pies…”.

Ellos forman parte del grupo de 910 alumnos que se acaban de graduar en diferentes zonas del país con el programa Música en las Fronteras, una apuesta para la integración cultural de la niñez, adolescencia y juventud venezolana y colombiana, liderado por la Fundación Nacional Batuta, con apoyo de USAID y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

Esta iniciativa surgió como respuesta a la inminente necesidad de brindarle escenarios de convivencia pacífica e integración cultural a esta población venezolana, expuesta a factores de explotación laboral, desescolarización y violencia en las comunidades receptoras más vulnerables, explica María Claudia Parias, presidenta de Batuta.

El proyecto se ejecutó en 12 ciudades colombianas donde hay mayor número de migrantes y refugiados con vocación de permanencia: Medellín, Arauca, Barranquilla, Cartagena, Valledupar, Maicao, Bucaramanga, Cúcuta, Villa del Rosario, Cali, Puerto Carreño e Ipiales.

El programa Música en las Fronteras está conformado por 11 agrupaciones sinfónicas en diferentes zonas fronterizas del país. | Foto: El Tiempo Casa Editorial

El proceso de formación musical se implementó mediante los programas de iniciación musical, coro y formación orquestal, que favorecen el desarrollo motor, auditivo, vocal y rítmico, así como la capacidad creativa de los menores. Esta apuesta está inspirada en la metodología creada por el maestro venezolano José Antonio Abreu, conocida mundialmente como “El Sistema”, un modelo de enseñanza que sistematizó la instrucción y la práctica de la música para hacer de esta un instrumento de organización social y desarrollo humanístico al alcance de todos y no solo para las élites.

“A través de la práctica musical, podemos generar relaciones armoniosas con la población migrante y refugiada venezolana. La música es un mecanismo superimportante para crear esos lazos de comunicación entre los niños y adolescentes de ambas nacionalidades”, añade Parias. Ella espera que, una vez pasada la emergencia sanitaria por la covid-19, pronto se retomen los conciertos presenciales, los cuales crean una conexión especial entre los padres y los niños.

La Orquesta de Cuerdas de Puerto Asís, en Putumayo, o la Orquesta Sinfónica de Villa del Rosario, en Norte de Santander, son dos ejemplos de cómo Batuta ha logrado afianzar la integración con los niños y adolescentes de las zonas fronterizas.

En Vichada no se quedan atrás. Pese a las agrestes condiciones geográficas, inundaciones y la ausencia de internet, o incluso de señal telefónica, 75 niños, 50 de ellos venezolanos, fueron preparados musicalmente, según relata Jenny Castiblanco, coordinadora de Gestión Social de Batuta en Puerto Carreño. Para hacerlo, además de la disciplina y el amor a la música, los pequeños debieron armarse de valor y destreza para sortear, una y otra vez, unas piedras gigantescas a orillas del río Orinoco que impiden llegar a la capital de Vichada, cuenta el profesor Morales.

La graduación en Vichada fue el pasado 5 de agosto. Más de 50 niños recibieron su diploma justo después de interpretar Tierra de todos, una pieza compuesta por ellos.

“Tuvimos que tomar la decisión, como una misión especial, de ir hasta donde estaban los niños, en vez de que ellos vinieran”, añade Morales. Así, un equipo de facilitadores se trasladó una vez a la semana a la comunidad indígena llevando a cuestas instrumentos como flautas, tambores y guitarras.

En el sector Punta de Laja, aledaño al río, una zona donde confluye el contrabando de mercancías y las redes de trata de personas, fueron beneficiados otros 25 menores colombianos. “La música permite que los niños se encuentren, y se crean vínculos sociales muy fuertes. Permite entender que podemos ser amigos y hermanos tanto colombianos como venezolanos”, acota la presidenta de Batuta.

Para los pequeños venezolanos fue una experiencia maravillosa. A Renier Unel Cayupara, de 10 años, se le iluminan los ojos cuando habla de música y no pierde oportunidad para demostrar sus nuevas habilidades con la tambora, el xilófono o la flauta. Algo similar le ocurre a Ana María Quiñónez, otra pequeña, colombiana también de 10 años, quien no entiende de nacionalidades y, en cambio, solo pide seguir tocando al lado de, según dice, su nuevo hermano.

Sobre el programa

Desde 2013, Música en las Fronteras ha permitido la atención integral de más de 11.400 niños en 14 municipios de nueve departamentos, quienes, particularmente, se encuentran en condición de vulnerabilidad y pertenecen a los estratos socioeconómicos 1 y 2, el 94 por ciento de la población beneficiaria.

Este proyecto crea oportunidades de inclusión social, fortalece la integración con los países vecinos y contribuye a disminuir la brecha existente en materia de accesos culturales entre las zonas de frontera y el resto del país.