Juan Manuel Santos ya no es el expresidente que prometió ser cuando dejó la Casa de Nariño. Días antes del 7 de agosto de 2018 anunció que se concentraría en su familia, en ser abuelo, en dictar conferencias y que no se entrometería en el nuevo Gobierno, al estilo de los expresidentes Belisario Betancur y Alberto Lleras. Sin embargo, no cumplió. Desde hace aproximadamente un año, Santos emprendió una estrategia internacional para desprestigiar la labor de Iván Duque con un objetivo claro: no quedarse por fuera de las elecciones de 2022.

Santos está en modo ataque. Su blanco es Duque y todo lo que tenga que ver con el Gobierno y el uribismo, al que perteneció y con el que llegó a la presidencia. Santos está acostumbrado a tener poder y lo sigue ejerciendo. Por eso juega tras bambalinas en las elecciones presidenciales que se avecinan. “El cambio de gobierno será positivo para el proceso de paz, gane quien gane”, le dijo esta semana al diario brasilero O Globo, en una clara maniobra para enrarecer el ambiente antes de la llegada de Duque a Brasil, donde se encontró con el presidente Jair Bolsonaro y varios empresarios.

Fuentes cercanas a Santos aseguran que él actúa en defensa propia, en medio de las críticas al acuerdo de paz suscrito con las Farc en La Habana. Sin embargo, su agresividad ha sido tan notoria que es imposible creer que no haya otro interés. “Causa tristeza y duele ver a Iván Duque haciendo el oso en Naciones Unidas”, dijo el expresidente, ante las declaraciones de Duque en la Asamblea General de la ONU, en la que calificó el acuerdo de paz como “frágil” y expuso sus innegables logros en la implementación de lo pactado con las Farc. “Los problemas no son del acuerdo, sino de la implementación”, dijo Santos, responsabilizando a la Casa de Nariño por lo ocurrido tras la firma de los acuerdos: el rearme y la conformación de las disidencias, un grupo armado que supera los 5.000 hombres, según Indepaz.

Lo que el expresidente no reconoce es que tuvo dos años, desde la firma del acuerdo, y realmente su puesta en marcha fue muy precaria. No se coparon los territorios abandonados por las Farc y llegaron otros grupos armados como el ELN y bandas criminales, todos dedicados al narcotráfico. Los proyectos productivos para los desmovilizados tampoco tuvieron suerte y, como si fuera poco, al terminar su gobierno, exjefes de las Farc como Jesús Santrich, Iván Márquez, el Paisa y Romaña ya habían regresado a las armas. Es decir, Duque recibió un proceso lleno de problemas y sin plata para cumplir lo acordado.

“Este país tiene grandes diferencias conceptuales sobre la paz, los extremos ideológicos, expresidentes, el presidente, partidos políticos, pero me pregunto: ¿cuál paz?”, asegura el representante a la Cámara Alejandro Carlos Chacón, del Partido Liberal, quien cree que las disputas de Santos en el escenario internacional no ayudan a mitigar el rearme de los grupos armados en Colombia.

Santos y Duque no se han llevado bien durante este Gobierno. Más por Santos que por Duque, aunque el actual presidente le hizo oposición desde el Senado y al lado del Centro Democrático, el partido de Álvaro Uribe. Las diferencias ideológicas entre los dos saltan a la vista. Pero la estrategia de Santos parece ir más allá y busca hacer daño. Y no solo a Duque, sino en últimas a Colombia.

En España, por ejemplo, en el marco de la Feria Internacional del Libro, acusó a Duque de “agitar con miedos y mentiras” el acuerdo de paz. Lo hizo antes de que el presidente llegara a una visita oficial a ese país y durante el lanzamiento del libro Una conversación pendiente con Íngrid Betancourt. “¿Quién puede estar en contra de la paz? Es como estar en contra de la belleza, de la juventud. Hoy en día no hay ninguna razón ideológica, de peso, para oponerse al acuerdo y solo se quiere torpedear para ganar adeptos y conservar el poder a base de mentiras y agitando el fantasma del miedo”, dijo Santos, quien le dejó una especie de campo minado a Duque en la feria.

El hoy presidente no es un enemigo de la paz. Basta con observar su gestión frente a la implementación de los acuerdos para asegurar que las cosas, en varios frentes, avanzan por buen camino. Eso le ha costado más de un roce con su propia bancada del Centro Democrático, especialmente entre los más radicales. “Lo que nos entregaron (los acuerdos) era un rompecabezas de 5.000 fichas sin los bordes y sin ninguna figura que construir”, afirmó Emilio José Archila, consejero presidencial para la Estabilización y Consolidación. Hasta 2019 no había recursos para cumplirles a las comunidades beneficiarias de los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET) y actualmente van 9,5 billones de pesos gestionados, según el Gobierno.

Además de Naciones Unidas y Europa, el otro frente de la estrategia internacional de Santos es Estados Unidos. Desde la campaña y ya con Joe Biden en la Casa Blanca, se empeñó en crear un mal ambiente entre el Gobierno estadounidense y el colombiano. Incluso, no tuvo recato en atacar a su propia familia. Le pidió a su primo Francisco Santos, con quien tiene una disputa política y personal de tiempo atrás, que renunciara a la Embajada de Colombia en Estados Unidos antes del arribo del sucesor de Trump e incluso lo señaló de hacer parte de la campaña de reelección del exmandatario republicano. El tema no trascendió y el entonces embajador en Washington no renunció sino hasta junio de 2021.

El congresista Juan David Vélez, representante de los colombianos en el exterior, le confirmó a SEMANA que tiene información de reuniones esporádicas de Juan Manuel Santos con congresistas demócratas en Estados Unidos, en las que busca entorpecer las relaciones diplomáticas con Colombia. “Ha sido siempre la estrategia de Santos: desprestigiar a Duque, al Gobierno y al uribismo a nivel internacional. Lo tenemos claro”, dijo.

Esta semana circuló la versión de que Santos gestionó en Washington una reunión con el presidente Joe Biden, pero le fue negada, aunque su círculo más cercano lo niega. En todo caso, el mandatario norteamericano jamás cometería un error táctico en diplomacia como recibir primero al expresidente que al presidente de Colombia. Las cosas con Duque van muy bien y ambos ya dialogaron por teléfono durante varios minutos, el pasado 28 de junio. Mientras Santos ha buscado tender puentes para una cita personal con Biden, Duque recibió en Bogotá a Antony Blinken, secretario de Estado de los Estados Unidos, y le demostró que la cercanía histórica entre ambas naciones trasciende por encima del poder y el lobby de sus gobernantes. Blinken dejó en claro que Colombia es “piedra angular” en el hemisferio para Estados Unidos. Duque, por su parte, manifestó: “El encuentro con Antony Blinken reafirma nuestra relación bilateral, de países amigos, aliados y hermanos en la defensa de principios y valores, porque hoy Colombia y Estados Unidos avanzamos para que esta relación llegue a un nuevo nivel en los próximos años”.

Iván Duque presidente de Colombia con Antony Blinken Foto: Presidencia

Pese a que Santos ya fue presidente por ocho años, es evidente que no es ajeno a la contienda de 2022. Difícilmente aparecerá en fotografías con algunos precandidatos, aunque los electores saben que él tiene varios ‘huevitos’ que están jugando en el tablero electoral. Alejandro Gaviria es uno de ellos. No es un secreto que, además de haber sido su ministro de Salud, es su amigo personal. Recientemente se encontraron en el apartamento del precandidato en el norte de Bogotá, junto con varios excompañeros de gabinete, donde le anunciaron su respaldo. Martín Carrizosa, de la entraña santista, es ficha clave en la campaña del exrector de la Universidad de los Andes. Y no es el único santista en esa candidatura.

El expresidente también es cercano a Sergio Fajardo, el segundo candidato con mayor intención de voto, una relación que tomó fuerza tras la relación del exgobernador de Antioquia con la excanciller María Ángela Holguín, cercana a la familia del exmandatario. “Santos me ofreció el Ministerio de Educación y yo le dije no, muchas gracias”, reconoció Fajardo en Barranquilla hace cuatro meses. Aunque Santos prefiere a Alejandro Gaviria, las relaciones con el candidato paisa no están rotas. Junto a Fajardo, en la Coalición de la Esperanza, están dos exintegrantes del Gobierno Santos: Juan Fernando Cristo y Humberto de la Calle.

Santos también es cercano a Mauricio Cárdenas, su exministro de Hacienda, un hombre con el que comparte ideales económicos y su cercanía con Harvard. Lo mismo que con Juan Carlos Echeverry, también exministro de Hacienda y expresidente de Ecopetrol, el cargo más apetitoso y de mayor poder en un Gobierno.

Con ellos, el expresidente tenía el plan de llevarse el Partido Conservador a las toldas de Alejandro Gaviria. Pero el triunfo de David Barguil, quien fue elegido como el candidato de ese partido, hizo agua esas intenciones. El expresidente Santos ha sido reconocido como un gran jugador de póker y así lo demuestra en estas elecciones presidenciales. Si Fajardo o Gaviria no despegan, el candidato de Santos sería Gustavo Petro. A esa campaña ya aterrizaron dos santistas puros: Roy Barreras y Alfonso Prada.

Mientras Santos juega con sus fichas para 2022, debería medir el alcance de su estrategia para tratar de torpedear a Duque y a Colombia ante la comunidad internacional. Y, de paso, cumplir su promesa de ser un expresidente retirado de la política. Si la cumple, le haría mucho bien al país.