Era lo que faltaba. La pátina de dinero caliente había ya deslucido la respetabilidad de casi todas las instituciones. Los políticos los banqueros, los dirigentes deportivos, los parlamentarios, los militares incluso los guerrilleros --si la suya puede considerarse una institución-- habían sido señalados repetidamente como cómplices o como beneficiario dolosos de las dádivas de los narco traficantes. Sólo faltaba la Iglesia esa institución que siempre aparece en las encuestas de opinión como el único baluarte de la moral y la decencia. De repente, cuando el país estaba sumido en ese espectáculo de vestiduras rasgadas que ocasionaron las entrevistas del ex presidente López del Procurador ante quienes afirmaron representar a los grandes capos de la droga, el obispo de Pereira, monseñor Darío Castrillón, hizo el 25 de julio la siguiente afirmación: "Yo mismo he recibido dinero de ellos (la mafia), y lo he repartido entre 105 pobres". Después de desnudar públicamente su propia conducta, monseñor Castrillón, se fue lanza en ristre contra parlamentarios, políticos de prestigio, y miembros del Ejército y la Policía, a quienes sindicó de recibir dineros de la mafia en sus cuentas personales y de celebrar orgías en las casas de los narcotraficantes.Las acusaciones contra estos miembros de la sociedad civil y militar no eran nuevas. Cuando al obispo le pidieron nombres, respondió sin ambages: "Yo sé que las autoridades competentes conocen esos nombres... Yo sé lo que ellos saben". En este caso sucedió algo parecido a lo que ocurrió en los días siguientes al asesinato del ministro Lara Bonilla: el país, sorprendido, vio cómo las autoridades perseguían y detenían a los narcotraficantes con nombre propio, con conocimiento exacto de las direcciones de sus residencias y sitios de recreo, en operación que demostraba que quienes debían conocer al delito y a los delincuentes ya los conocían.Las tentaciones y los pecados Lo novedoso de las declaraciones de monseñor Castrillón fue la inclusión de la Iglesia en la danza de los millones calientes. Caricaturistas y columnistas acuñaron neologismos como "narcoiglesia" o "narcolimosnas". Tímidos clérigos se animaron a destapar dudosos ofrecimientos. El párroco de la catedral de Manizales, Rodrigo López Gómez, reveló al periodista Orlando Cadavid, que un grupo de narcotraficantes le había ofrecido 15 millones de pesos para reconstruir la torre del ala derecha de ese templo, derrumbada desde sus 20 metros de altura por el terremoto de 1962. El obispo de Armenia, Libardo Ramírez Gómez, reconoció que Carlos Lehder, uno de sus feligreses más célebres, le ofreció dinero para la construcción de un templo y para repartir entre los pobres. En estos dos casos los eclesiásticos dijeron no haber aceptado los ofrecimientos.Los vínculos entre la mafia y la Iglesia tienen antecedentes en diversas regiones del país. En abril de 1982, cuando se consagró la catedral metropolitana de Barranquilla, los asistentes reconocieron entre la concurrencia a la relacionista pública de la familia Valdeblánquez, cuyos dineros, según se rumoraba desde hacía tiempos en la ciudad, habían contribuído a hacer posible la sagrada construcción. Más sonado fue el caso de los sacerdotes asesores de Pablo Escobar en Medellín, Elías Lopera y Hernán Cuartas, quienes aparecían escribiendo artículos en su periódico "Medellín Cívico", dando consejos en su programa radial "Civismo en marcha", respaldando con sus nombres las boletas que repartía Escobar para entrar a los estadios, moderando conferencias en heladerías-discotecas contra la extradición, codo a codo con el "benefactor". Figurando en "Medellín Cívico" en fotos abrazado con el Papa, el padre Elías era identificado en los pies de foto como "uno de los principales promotores, con don Pablo Escobar, de la obra "Medellín sin tugurios", cuya resonancia nacional se ha dejado sentir".El caso de estos curas "cívicos" tocó hasta las altas cumbres jerárquicas, cuya dignidad se vio amenazada. La periodista María Jimena Duzán, en su columna del 21 de septiembre de 1983, recogió la protesta de la gran mayoría del clero antioqueño frente a la tolerancia del cardenal Alfonso López Trujillo, arzobispo de Medellín, con sus "súbditos" Lopera y Cuartas.De tiempo atrás se había rumorado en medios eclesiásticos sobre la dudosa procedencia de millonarias dádivas recibidas por López al ser nombrado Cardenal. La columna de María Jimena, titulada "Lo Santofimio de López Trujillo", causó enorme revuelo, le atrajo a su autora el calificativo de "víbora" del periodismo y la acusación de abrevar en "fuentes turbias", pero destapó nacionalmente el problema. Mes y medio antes de su publicación, el padre Lopera había retirado oficialmente su nombre de la campaña "Medellín sin tugurios", "después de escuchar el sabio consejo de varios", según lo escribió en una carta abierta. Algunos sugirieron que el consejo venía del propio Cardenal quien, a pesar de todo, le permitió al padre Lopera seguir desempeñándose en su cargo del Tribunal Regional Eclesiástico.Reglamento para "narcolimosnas" El obispo Castrillón, en conversación con SEMANA, defendió el origen evangélico de su postura y fue mucho más allá, fustigando la hipocresía y el fariseísmo de una sociedad que no tiene leyes para combatir el narcotráfico, porque quienes deben hacer esas leyes "están muy cerca de ese narcotráfico". Se confesó amigo de varios mafiosos: "si un narcotraficante me invita a su casa, yo voy, porque ellos también son hijos míos. Lo malo no es dialogar, lo malo es lo que uno compromete en ese diálogo", dijo, en lo que podría considerarse como una explicación a las fotografías que hoy publica SEMANA, en las que el obispo aparece departiendo con Carlos Lehder en la ceremonia de inauguración de la Posada Alemana.Según monseñor Castrillón, es definitiva la diferencia entre delito y pecado. Su oficio tiene que ver con el pecado, no con el delito. Por eso no denuncia a los "narcos" que conoce. "¿Quién confiaría luego en un sacerdote?", argumenta. "Yo no soy juez de las cosas de Dios y si un hombre quiere darle algo a Dios, yo no puedo oponerme", explica, mientras echa mano del caso de Zaqueo, el rico explotador a quien Jesucristo pidió entregar a los pobres la mitad de su fortuna. "Fíjese que Cristo le exigió sólo la mitad, no todos sus bienes", subraya, preocupado por establecer que "esta plata del arrepentido es distinta de la que se da a las cuentas privadas de los parlamentarios o los militares".Deseoso de esclarecer la conducta futura de sus sacerdotes en estos casos, el obispo de Pereira los reunió el año pasado y llegó con ellos a tres conclusiones: primera, rechazar toda dádiva personal. Segunda, si el donante quiere que sus dineros sirvan al culto divino, tratar de disuadirlo y de desviar la ayuda hacia los pobres. En caso de que insista, se le aceptará. Tercera, explicarle al donante que su actividad sigue siendo mala, que con su limosna no puede tranquilizar la conciencia, que no puede utilizarla para hacerse propaganda y que su oferta no lo salva.--