El martes, dentro de la montaña que divide a Santa Fe de Antioquia del resto del Occidente, dos cuadrillas que llevaban tiempo perforando una hacia otra, sin verse, finalmente se encontraron. Cedió el último muro de piedra y, con él, se derrumbó, una vez más, la vieja idea de que esta tierra está condenada a soñar con el mar sin nunca tocarlo.
No exagero al decir que esto es historia viva. El drama fundacional de Antioquia siempre fue el mismo: una geografía imponente que protege, pero también asfixia. Los arrieros abrieron caminos a lomo de mula porque nadie más iba a hacerlo. El Ferrocarril de Antioquia se levantó entre deudas y sacrificios, porque acá se entendió temprano que, sin salida al mar, no hay progreso posible.
Por eso, el Toyo no es un simple proyecto de ingeniería: es la continuación lógica de esa obstinación histórica. Con sus 9,73 kilómetros, será el túnel carretero más largo de todo el continente. Además, junto a los otros 18 túneles y 31 puentes que componen la Vía al Mar Gonzalo Mejía Trujillo, dejará a Urabá —esa bisagra portuaria que el país entero necesita para competir afuera— a un puñado de horas de Medellín. Es la posibilidad concreta de que el interior del país, por fin, le dé la cara al Caribe y de que Antioquia se afiance como el corredor que conecte a Colombia con el resto del planeta.
Vale la pena detenerse un instante en el nombre que lleva esta vía. Gonzalo Mejía Trujillo fue un empresario inquieto, capaz de imaginar lo que todavía no existía y de construirlo con sus propias manos. Impulsó el cine y la aviación comercial en una época en que pocos se atrevían a soñar con eso en esta región; dejó su huella en la pista aérea que hoy lleva el nombre de Enrique Olaya Herrera y en escenarios como el Teatro Junín, y entendió, mucho antes que cualquier plan, que sin buenas vías de transporte no hay progreso posible.
Pero lo que más importa esta semana no es la ingeniería ni la historia: es el temple. Porque este tramo específico —el que se caló el martes— le correspondía al Gobierno nacional. Y el Gobierno nacional lo dejó tirado. La Gobernación y la Alcaldía se pusieron de acuerdo, reunieron recursos propios y terminaron lo que otros abandonaron a medio camino. En un país donde tantas obras terminan convertidas en promesas incumplidas, eso es casi un gesto insólito: cumplir lo prometido.
El propio gobernador Andrés Julián Rendón lo resumió con una frase que ya quedó grabada: “Estas montañas, que muchos las ven como nuestros límites, son, en realidad, del tamaño de nuestra determinación”.
A Antioquia nada le queda grande. Ni la cordillera, ni la indiferencia estatal, ni ese centralismo que durante generaciones trató a las regiones como sucursales, en lugar de reconocerlas como el verdadero motor del país. Cuando el Estado central falla, aquí la respuesta nunca ha sido el lamento, sino la organización, la inversión propia y la obra terminada. Esa es, quizás, la enseñanza más importante que el Toyo le deja a Colombia entera.
Y de ahí se desprende la certeza que más pesa para el futuro nacional: a este país lo va a sacar adelante la suma de regiones que producen, que trabajan y que no piden permiso para avanzar.
El mar de Urabá dejó de ser una fantasía lejana. Es una obra con fecha, con maquinaria trabajando y con gente que se negó a rendirse. Cuando finalmente crucen los primeros vehículos por este túnel, no solo habrá cambiado el mapa de Antioquia: quedará demostrado, otra vez, que aquí la palabra “imposible” simplemente no aplica. Y que, si Colombia quiere salir adelante, tiene que aprender a caminar como caminan las regiones: con la frente en alto y las botas ya puestas.
Como dice el alcalde Fico: a Colombia, definitivamente, la sacamos adelante desde las regiones.