Hay quienes dicen que Abelardo De La Espriella se eligió con las ideas de Uribe, pero no, su visión de la sociedad se nutre de algo mucho más profundo y distinto en muchos aspectos: el cuerpo doctrinario de su maestro Álvaro Gómez Hurtado.
Aunque la idea de la seguridad como fin último del Estado la propuso Hobbes en 1651, esa bandera como valor fundante de nuestra democracia la enarboló por primera vez con claridad en nuestro país Álvaro Gómez, cuando acuñó el término de “repúblicas independientes” en un discurso memorable donde fustigó al presidente Lleras Camargo por su tolerancia con los enclaves comunistas armados, como el de Marquetalia en el sur del Tolima. Esa misma convicción inquebrantable sobre la soberanía y el imperio de la ley fue determinante en el triunfo de Abelardo.
Pero hay un elemento del pensamiento de Álvaro Gómez que estuvo latente por décadas y hoy se ha convertido en pilar fundamental de la nueva derecha de occidente, de la cual el presidente De La Espriella es ya uno de sus máximos exponentes, que es su indeclinable impugnación a los postulados disolventes del marxismo, una impugnación que no admitía concesiones. En oposición a eso, él hablaba de la actitud transaccional y apaciguadora que había adoptado la dirigencia política frente al marxismo, porque veían como inexorable una evolución de la sociedad hacia allá, y por eso abrazaron parte de sus postulados, como una manera de agradar y hacer méritos con aquellos que ellos creían que inevitablemente se impondrían, y también con la expectativa de que una versión “light” retrasara el advenimiento de la cepa bolchevique. Esta tendencia complaciente se reveló, según él, con dos recursos fáciles: “decir que uno era revolucionario”, o sea exaltar lo revolucionario, y “agregarles la palabra social a todas las formulaciones políticas”. Pero las concesiones al marxismo no solo eran en la forma sino también en los hechos, por eso, Álvaro Gómez criticó la reforma agraria de Alberto Lleras como una reforma que parecía “hecha por Pancho Villa”. Él entendía, como su padre Laureano, tan tergiversado por tantos, que el comunismo, el fascismo y el nazismo eran totalitarismos, cuyo combate sin vacilaciones era un deber moral. Quizá esa convicción le vino de haber vivido en Alemania en vísperas del colapso de la república de Weimar por sus complacencias frente al nazismo.
Esos devaneos con el Marxismo de nuestra clase política, y que inclusive practica el expresidente Uribe, tal vez como una marca indeleble dejada a su paso por el Partido Liberal, solo ha servido para fortalecer políticamente esas falacias y, lejos de atemperar sus versiones más voraces, las ha fortalecido. Esas dos posturas estuvieron en pugna en estas elecciones: por un lado, Abelardo impugnando sin concesiones, como lo hacen Trump, Milei o Meloni, al marxismo, y por el otro lado Paloma Valencia, escogida por Uribe por su total afinidad, queriendo agradar al marxismo, validando directamente sus postulados como lo hizo en una entrevista, y eligiendo a un vicepresidente imbuido en ensoñaciones marxistas.
Y no es que a Álvaro Gómez no le importara lo que entendemos como “lo social”. Al contrario, esa era su gran causa, pero él comprendía que el progreso del individuo nunca vendría de un gran Estado redistribuidor de la riqueza, sino del desarrollo que generan los agentes privados en su actividad económica. De ahí esta frase memorable que pronunció en un debate con Luis Carlos Galán (quien siempre se creyó buena parte del sofisma marxista): “Yo aspiro a convencer a los colombianos de que el mayor mal, lo que nos impide hacer labor social y tener prosperidad, es el crecimiento del Estado”. Su aserto tenia suficiente evidencia empírica, empezando por una contemporánea que él había estudiado muy bien, que fue la política económica de Regan, que había logrado niveles de vida sin precedentes para la población y recaudos tributarios récord, con una política de bajos impuestos y Estado pequeño. Hoy no es casualidad que el presidente De La Espriella designe al sobrino de su maestro, a Miguel Gómez Martínez, para que implemente su política económica que nos abrirá las puertas del verdadero progreso. Como tampoco es casualidad que su bancada esté liderada por Enrique Gómez, también sobrino de Álvaro Gómez.
El otro elemento que rescata Abelardo de Álvaro Gómez es la necesidad de cambiar las costumbres políticas colombianas. Él decía que en Colombia había un régimen edificado por la clase política sobre complicidades; según él, los políticos no se elegían por solidaridad o adhesión de sus electores sino por complicidades clientelistas, y veía eso como un lastre para el desarrollo y una amenaza para la democracia. Eso es lo mismo que Abelardo denomina “el establecimiento” y “los de siempre”. Álvaro Gómez no transaba con eso, como tampoco lo hizo Abelardo, a diferencia del expresidente Uribe que, a pesar de no haber practicado esa política deleznable en sus propias elecciones, y pudiendo haber promovido liderazgos jóvenes y renovadores, ha elegido deliberadamente con su prestigio a muchas corruptelas políticas en las regiones avaladas por el Centro Democrático, y acudió a lo más corrupto de la política, como los ñoños, para tratar de derrotar a Abelardo en la contienda presidencial.
La doctrina de Álvaro Gómez iba mucho más allá de un conjunto de preceptos de buen gobierno sin brújula moral. Su propuesta tenía una dimensión más profunda y espiritual. Veía la defensa de la cultura occidental —fundada, a su juicio, en dos pilares: el derecho romano y la moral cristiana— como un deber indeclinable de la política. Ello no debe confundirse con la evangelización, pues los valores cristianos pueden asumirse como principios éticos sin necesidad de aceptar los dogmas de la religión. Por eso, Abelardo logró derrotar al marxismo y al establecimiento político tradicional al mismo tiempo: porque planteó desde el principio una batalla moral y espiritual y actuó en consecuencia.
Que giros inesperados da la vida: aquel niño a quien don Miguel de Unamuno enseñó a hacer pajaritas de papel en las playas de San Juan de la Luz, que luego se cultivó hasta la erudición y tuvo el coraje de lanzarse a la arena intentando ganar con sus convicciones sin hacer concesiones morales o agradar ni al centro ni a la izquierda “bienpensante”, pero que nunca el establecimiento de las complicidades y la ensoñación marxista dejaron que fuera presidente, y que finalmente cegaron su vida, hoy renace de las cenizas con su legado encarnado en Abelardo De La Espriella para gobernar a Colombia. No me cabe duda de que el presidente De La Espriella será la gran figura de política de este siglo, y nos dará décadas de progreso y certidumbre inspirado en el legado doctrinario del gran mártir, y que él, como dijera Newton, será un gigante por derecho propio, por haberse posado sobre los hombros de otro gigante, de Álvaro Gómez Hurtado