Carlos sale a protestar por el cambio climático y le roban el celular. Camila va a una reunión para hablar sobre justicia social y protección al trabajo, y en el camino le roban su maleta, incluido el computador. Doris va en carretera al proyecto de siembra ecológica que fundó con una comunidad, y en el camino termina retenida por grupos ilegales. Los tres abogan por el cambio y la justicia social. Sus intenciones son nobles y se autodenominan de izquierda. Son personas propias de lo que me atreveré a llamar una izquierda verdadera (ya miraremos bien el concepto).
Sería muy extraño que a ellos les interese vivir en la zozobra de la inseguridad, pues están tremendamente lejos de la izquierda radical populista que se alimenta del caos y anda en helicóptero y camioneta blindada.
Ahora que Colombia da un ‘giro a la derecha’, uno que me parece importante para preservar las instituciones, la economía, la seguridad y por ello mismo la vida, es importante recalcar que la seguridad beneficia a (casi) todos.
Hablar de derechas e izquierdas implica simplificar. En los años 70, Giovanni Sartori criticaba justamente el simplismo de reducir todo a un eje derecha vs. izquierda. Pero si hemos aprendido algo en psicología, es que lo simple cala más que lo complejo en la mente humana, especialmente cuando se trata de influenciar nuestras creencias y acciones. Sartori lo sabía y por eso pensaba que el eje derecha e izquierda nos ayudaba al menos a ubicarnos en algún plano ideológico.
Cuando hablo de izquierda verdadera, parto de la diferenciación de Kenneth Roberts, que se interesa por Latinoamérica. Para él existe la izquierda de partidos que defiende al trabajador (estilo Lula en Brasil) y los populistas personalistas (estilo Chávez). Cuando uno los contrasta con la derecha, se puede tomar la visión de Norberto Bobbio, que veía la diferencia fundamental en el problema de la desigualdad. La derecha acepta que exista y la izquierda la quiere reducir fuertemente.
La mejor forma de definir a la izquierda verdadera es comparándola con lo que no es. Me refiero al radicalismo, ese de Chávez, Petro y Evo Morales. Con discursos vacíos y retórica emocional (¡cuántas cosas absurdas llegan a decir en sus discursos!), ‘narrativizaron’ la miseria. En pocas palabras, le pusieron un adorno de discursos a una realidad insostenible en donde proliferó el caos, la violencia, la desigualdad. Usaron lo que llamamos en psicología el ‘efecto atmósfera’, es decir, aceptar una conclusión porque se parece a una premisa no válida. En otras palabras, creo algo porque se parece a una cosa que escuché, sin ponerle la lupa al tema.
La versión radical (Chávez & Co.) representa lo que se ha llamado una ‘izquierda caviar’, es decir, un grupo de privilegiados en el poder, con acceso a lujos que ni siquiera grandes empresarios tienen. A ellos les conviene perfectamente el caos y la inseguridad. Cuanto más sufren los pueblos, más suelen caer en el drama de aceptar cualquier cosa por la necesidad. Ahí se fortalece el clientelismo, la corrupción y la emergencia de grupos armados atomizados. El Estado se vuelve su máquina de represión y mediatización discursiva. Solo miren las escenas tan tristes de Venezuela. Un terremoto llega, destroza las casas de mentira del chavismo; no hay maquinaria pesada, pero sí aparecen militares del régimen con armas a ver qué se pueden llevar. Los rescatistas, mientras tanto, les gritan que son traidores.
Pensar, por ejemplo, en el daño que el movimiento petrista le hizo al concepto de “progresismo” es curioso: su política no ofreció nada de progreso, sino retraso en muchos ámbitos. El progresismo (de verdad) fue la respuesta posguerra fría al marxismo-leninismo, es decir, al radicalismo que luego personajes como Chávez adornaron con figuras como Bolívar. Los progresistas de verdad aceptan la propiedad privada, la economía de mercado, el control de la inflación y la responsabilidad fiscal. Cada lector podrá juzgar cuán lejos está el petrismo (radical) de esto.
Ante nuestra nueva realidad, en donde muchos queremos (entre muchas cosas) que se recupere la seguridad para poder caminar tranquilos por cualquier ciudad de Colombia, es muy importante que diferenciemos entre izquierdas y entendamos que no todos son de izquierda radical. A la mayor parte de los votantes de Cepeda les conviene la seguridad y el orden que se está prometiendo en el nuevo gobierno. Ya dijo el presidente electo que el disenso y la crítica están bienvenidos.
Si entendemos que estamos más cerca de lo que pensamos, más allá de la emocionalidad, y que hay temas que nos unen a (casi) todos, como el de la necesidad de tener seguridad y prosperidad, quizá se pueda dar un paso a reducir la polarización. Por eso, así parezca paradójico, pues yo mismo uso el eje derecha e izquierda en este artículo, coincido con Sartori al pensar que es un simplismo. Lo que necesitamos ahora es pragmatismo.