Tenía heridas en la cabeza, las piernitas fracturadas y señales inequívocas de haber sido violada. En sus escasos seis meses de vida, conoció el aterrador rostro de la aberración, la maldad y la indiferencia más hiriente.
Se llamaba Mía Cathaleya, un nombre demasiado rebuscado para una niña que trajeron al mundo para someterla a una infernal cadena de torturas.
La imagino con la cara bañada en lágrimas y moquita, llorando sin consuelo y recibiendo golpes para callarla.
No satisfecho con las palizas, el depravado la agarraría con fuerza, como si pudiese resistirse, y la violaría sin contemplaciones.
Incomprensible que un hombre disfrute abusando de una bebé, que desprecie tanto a un ser indefenso que solo debería provocar ternura. Y más incomprensible resulta aún el silencio de la mamá, tan criminal como el asesino, y el de los cobardes testigos.
Algún vecino, un visitante de ese hogar de monstruos, tuvo que escuchar algo, sospechar que la niña recibía malos tratos. Pero no querrían mojarse; este país se acostumbró a mirar para otro lado con excesiva frecuencia. Y a justificar la cobardía en todos los ámbitos.
Tampoco entiendo la reacción de Policía y Fiscalía. Deben conceder tan escaso valor a sus entidades, a la eficiencia de su labor, que corren a ofrecer 10 millones de recompensa para ayudarlos a cazar al criminal. ¿No les avergüenza no ser capaces de cumplir su responsabilidad, sin mediar pagos a informantes, en un caso tan aberrante, cuya resolución solo requiere profesionalismo y voluntad?
El asesinato de Mía Cathaleya puso de nuevo en evidencia la insalvable distancia entre la ultraizquierda y la derecha. Mientras Iván Cepeda ignoró lo sucedido y no leyó una línea sobre la niña, indiferente a su padecimiento, Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella enseguida se pronunciaron.
La senadora, al margen del recurrente “le caiga todo el peso de la ley”, planteó fortalecer la protección de mujeres y niñas. Más contundente fue el abogado, que propuso la cadena perpetua para esos violadores de infantes, el viejo anhelo de la mujer que encarnó como nadie la defensa de los pequeños.
A pesar de las palabras de ambos candidatos, lo cierto es que, en un crimen que agota los calificativos, se siente más honda la ausencia de Gilma Jiménez.
El cáncer se llevó la única voz que convirtió en cruzada nacional la defensa de niños que sufrían lo mismo que Mía Cathaleya. Los llevaba prendidos del alma, creía de corazón en su misión y la ejercía con inigualable pasión, carisma y liderazgo.
Corría 2010 y la gran senadora, con el respaldo del exalcalde Lucho Garzón, entre otros, recogió cerca de dos millones de firmas para convocar un referendo que consiguiera la mencionada eterna pena. “La prisión perpetua por sí misma no va a resolver el problema, pero sí va a ser el comienzo del fin”, decía Gilma, pero la Corte Constitucional lo declaró inconstitucional.
Idéntico final tuvieron Los Muros de la Infamia, otra magnífica iniciativa que también recibió un alud de críticas de los políticamente correctos de siempre, que tildaban de “populismo punitivo” cualquier intento de castigar con dureza a esos criminales y encontraban terrible poner vallas con las fotos y nombres de los peores violadores de niños como forma de alertar a la ciudadanía.
Gilma consiguió colocar algunas porque nadie quiere verlos cerca de sus hogares ni de colegios, pero esa gente parece que prefiriera que primen los derechos de los depravados criminales sobre los de los niños.
Años después lo intentó de nuevo su hija, Yohana Jiménez, acotando los delitos que recibirían el máximo castigo. Contó con el apoyo de la que era en ese momento gobernadora del Valle del Cauca, Dilian Francisca Toro, así como de otras voces reconocidas. Pero el intento volvió a fracasar.
Uno de los argumentos de quienes se oponen al castigo más severo posible para unos seres que no merecen misericordia alguna y representan un peligro real hasta el fin de sus días es que todo el mundo, por asesino que sea, tiene derecho a resarcir su delito, a una segunda oportunidad en la vida. De ahí que llegaran al colmo de sostener que Garavito, que violó y asesinó con saña a más de un centenar de niños, recobrara la libertad tras cumplir 24 años tras las rejas. El destino resolvió el debate y una larga enfermedad se lo llevó a la tumba. La sola idea de que semejante violador y matón quedara libre produce escalofríos.
La bulla electoral de esta última semana, en la que Petro, Cepeda y Quilcué volvieron a dejar de manifiesto su nulo respeto por la ley y por los fondos públicos, que el presidente despilfarra en llenar recintos y comprar voluntades, debilitó el clamor ciudadano por un crimen que no podemos dejar de lado.
La propuesta de Abelardo, que recoge la de Gilma Jiménez, tendría que ser prioridad tanto para él, si gana el domingo, como para Paloma, si es la que pasa a segunda vuelta. No se trata de venganza ni de populismo, sino de proteger a niños y de justicia con Mía Cathaleya.