Hay una idea que debería presidir cualquier debate serio sobre educación en Colombia: ninguna formación inicial alcanza para toda una vida profesional. El conocimiento se renueva hoy a tal velocidad que el título con el que un joven se gradúa empieza a envejecer el mismo día en que lo recibe. En ese escenario, la pregunta de fondo no es solo cuántos profesionales formamos, sino si los formamos para seguir aprendiendo cuando ya nadie los esté evaluando.
El presidente electo, Abelardo De La Espriella, ha puesto sobre la mesa una apuesta que vale la pena tomar en serio. Su programa insiste en la educación posmedia y técnica: ciclos cortos en tecnologías de la cuarta revolución industrial. A eso suma una clara apuesta por el emprendimiento, pensando en formar a cien mil jóvenes, y por conectar la formación con el aparato productivo, atrayendo inversión privada en ciencia y tecnología mediante incentivos fiscales. Ha hablado, además, de un sistema mixto que respete la autonomía universitaria y trate por igual a lo público y a lo privado. Conviene decirlo sin rodeos: ese giro hacia lo técnico, el emprendimiento y la empleabilidad no es una concesión, es sentido común. En un país donde demasiados jóvenes salen de la universidad endeudados y sin empleo, o ni siquiera logran entrar, empeñarse en que todos cursen un pregrado de cinco años es un lujo que ni las familias ni el Estado pueden costear. Colombia necesita más y mejores técnicos, más rutas cortas hacia un ingreso digno y más jóvenes capaces de crear su propio empleo.
Pero ahí mismo aparece el riesgo. Una formación técnica diseñada únicamente para el empleo de hoy puede volverse obsoleta tan rápido como la tecnología que enseña. La empleabilidad no es un punto de llegada: es un blanco móvil. El joven que domina una herramienta, pero no sabe aprender por su cuenta la siguiente, quedará desactualizado en pocos años, y entonces habremos certificado a una generación para un mercado que ya cambió. La pregunta incómoda es simple: ¿formamos para el primer empleo o para los cinco que vendrán después?
Por eso, la apuesta correcta necesita un cimiento que casi nunca aparece en los programas de gobierno: el aprendizaje autogestionado. Hace medio siglo, Malcolm Knowles describió al aprendiz autónomo como aquel que diagnostica lo que necesita, fija sus metas, elige sus recursos y evalúa sus propios avances, con o sin ayuda de otros. Esa capacidad metacognitiva, la de saber cómo se aprende, no es un adorno académico: es lo que convierte una certificación corta en una capacidad permanente de reinventarse. Es, en rigor, la única empleabilidad que no caduca.
Y aquí está el punto que el próximo gobierno no debería pasar por alto. Tener acceso a la tecnología, por sí solo, no forma autonomía. La autonomía no surge por decreto ni por dejar al estudiante “a su aire”; se cultiva con entornos bien diseñados, con materiales organizados con criterio pedagógico y, sobre todo, con un cambio en el papel del docente: de transmisor de contenidos a facilitador que enseña a planear, a vigilar el propio avance y a aprender del error. Sin ese rediseño, la infraestructura digital será un edificio impecable, pero deshabitado.
El verdadero examen del gobierno que se posesiona en agosto no será cuántos ciclos cortos certifique ni cuántos emprendedores anuncie desde una tarima. Será si esos jóvenes, además de una destreza vendible hoy, egresan con la capacidad de seguir aprendiendo mañana. Técnica, emprendimiento y empleabilidad: sí, y con decisión. Pero sobre el cimiento de aprender a aprender. Lo demás es preparar a una generación para un país que, cuando se gradúe, ya no existirá.