Qué curiosa es la vida. Durante el fin de semana parecía que todo pasaba por Cali. La ciudad se ponía su traje de gala para recibir a las delegaciones internacionales que acudían a la posesión del presidente Abelardo De La Espriella. Por primera vez, ese acto cumbre de nuestra democracia salía del centralismo bogotano y llegaba a una región cada vez más rezagada frente a otras que decidieron lanzarse hacia el progreso dejando atrás sus fantasmas.
El lunes, con la satisfacción del deber cumplido y la esperanza de volver a los lugares de privilegio, los caleños salieron temprano a rebuscarse la vida como siempre. Lo mismo hicieron los habitantes del Eje Cafetero y el Chocó.
Nadie imaginaba que sobre las 7:30 de la mañana el mundo se vendría abajo. La tierra tembló como pocas veces en nuestra historia. Un terremoto de magnitud 7.4 desató el caos. Muertos, heridos, pérdidas materiales y sueños rotos en Cali y las demás regiones afectadas.
Al caer la noche, con la desazón de quien recibe esos golpes tan fuertes de los que hablaba César Vallejo, rondaba una pregunta: ¿ahora qué? ¿Cómo nos levantamos de esta?
Entonces, acudimos a la historia. A nuestra historia. Esa que ha marcado de resiliencia a caleños y vallecaucanos, y nos recuerda que ante cada golpe hemos sabido resurgir y sacar lo mejor de nosotros mismos.
Pongo por testigo al 7 de agosto de 1956. Ese día, a la 1:07 de la madrugada, mientras la ciudad dormía en casas todavía de bahareque, explotaron siete camiones del Ejército cargados con 42 toneladas de dinamita. Para dimensionarlo, el atentado de 1989 contra el edificio del DAS fue perpetrado con 500 kilos de ese explosivo.
Aquella tragedia de 1956 dejó 41 manzanas destruidas y una cifra de muertos calculada hasta en 4.000. Los damnificados fueron tantos que ni siquiera pudieron contarse con precisión. Una barbaridad para una ciudad que rondaba los 400.000 habitantes.
Pero Cali resurgió. Y rápido. Un año después inauguró su Feria y, en 1971, fue sede de los VI Juegos Panamericanos, un honor que ninguna otra ciudad del país ha repetido. En 15 años pasó de la devastación a ser ejemplo de Colombia en civismo e infraestructura. Una ciudad pujante. Un lugar feliz. La capital de la salsa y del deporte.
Si miramos en retrospectiva, en aquel agosto de 1956 empezó a forjarse la Cali de hoy. La que celebra al ritmo de la salsa, está orgullosa de tener la mejor feria de América, come pandebono —sin bocadillo, obvio— y empanada —sin arroz, obvio— y habla con un acento que gusta en todos lados. Esa ciudad desparpajada y alegre que le da la bienvenida a todo el que la visita y ha acogido con orgullo de Petronio Álvarez a los inmigrantes del Pacífico chocoano, nariñense y de Buenaventura. La que le dio hogar a cerca de 130.000 venezolanos que llegaron huyendo de una dictadura oprobiosa.
Y es que la explosión de 1956 no fue el único reto. Desde entonces, Cali ha debido superar el narcotráfico, la violencia, el terrorismo, las crisis económicas, la guerrilla, lo peor del estallido social y la incompetencia de una dirigencia que hace buen tiempo no está a la altura de la ciudad que gobierna.
Pero así vamos —lo digo en plural porque me siento parte—: de golpe en golpe y de adversidad en adversidad. Siempre obligados a levantarnos. Siempre resilientes.
Qué paradójico lo ocurrido esta última semana. El presidente Abelardo De La Espriella quiso que Cali y el Valle fueran escenario de su posesión como respaldo a una región que necesitaba volver a sentirse mirada por el país. Un gesto. Con la tragedia a cuestas, ese gesto se convirtió en una de las mayores responsabilidades de su mandato.
Porque los símbolos importan —cómo no—, pero ante una tragedia se quedan cortos sin actuaciones concretas y rápidas. Por fortuna, el presidente parece haberlo entendido y ha desplegado a su Gobierno para mitigar los daños.
Ahora viene la parte más dura: reconstruir una ciudad que en buena parte está en ruinas. La batuta la llevará el Gobierno, pero al resto del país le tocará rodear a quienes lo perdieron todo. Entretanto, Cali, el Valle y las demás regiones golpeadas tendrán que levantarse una vez más. Ojalá más fuertes.
No será la primera vez. Me temo, aunque cueste decirlo, que tampoco será la última. Pero sé, por nuestra historia, que sabremos hacerlo.
Todos a ayudar.