La primera vez que voté para el Senado de la República lo hice por Claudia López. Fue en 2014, cuando lanzó su candidatura en medio de una campaña muy bien hecha, en la que hizo valer un carácter e independencia que valoré para enfrentarse a la maquinaria vulgar del entonces presidente Juan Manuel Santos.

La señora López me parecía una política aguerrida y seria. Me convencieron sus esfuerzos intelectuales, que la llevaron a conseguir títulos académicos de valía, además del arrojo con el que hizo denuncias gravísimas en el marco de la parapolítica. La vi como una mujer valiente y preparada, sin las mañas de la politiquería y con fuelle para dar los debates que el país necesitaba. Repito: le vi un carácter —que no bravuconada— que me pareció suficiente para darle mi confianza.

En 2014, la señora López fue electa senadora con algo más de 80 mil votos. A partir de ahí tuvo una carrera política que, al menos en términos electorales, ha sido fructífera: candidata vicepresidencial de Sergio Fajardo en 2018, alcaldesa de Bogotá en 2019 y candidata presidencial en 2026. Nada mal para una mujer que parecía salirse de los moldes de la política tradicional.

No voté por ella para la Alcaldía de Bogotá. No me gustaron sus propuestas para la ciudad. Sin embargo, me alegré profundamente de su triunfo por el mensaje que suponía. Lo vi como un atisbo de modernidad. Aún lo veo así. Que una mujer, LGBTIQ+, casada con la entonces congresista Angélica Lozano, recibiera más de un millón de votos me pareció la demostración de lo que en política está bien: dejar atrás prejuicios que no tienen cabida en sociedades modernas. Una bocanada de aire fresco.

Pero de gestos no se vive. La alcaldía de Claudia López fue mediocre. Se dedicó a una repartija de contratación al más puro estilo clientelar. Recibió la ciudad con unos 32.000 contratistas de prestación de servicios y la entregó con más de 63.000. Mermelada a raudales para sacar adelante un proyecto político cuyo norte no era el bienestar de Bogotá, sino un objetivo de Claudia: la Presidencia a cualquier costo.

Así, Claudia López, a quien yo creía una mujer con carácter y honrada, se volvió una politiquera más del montón malo.

Conforme pasó el tiempo, vimos que aquello que parecía carácter a raudales resultó en ausencia de este. Claudia se volvió la quintaesencia del político camaleónico. La que un día sabotea el metro y al otro saca pecho por su construcción; la que un día es amiga de Carlos Ramón González y al otro abjura de su amistad; la que traiciona a sus aliados; la que envía guiños a la primera línea y luego hace demostraciones torpes de autoridad; la que renuncia a sus principios con tal de lograr sus objetivos personales; la que ayer fue verde, mañana roja y hoy incolora.

Y en esa deriva de lagartería, el episodio más funesto de la exalcaldesa ha sido con Gustavo Petro. ¿Es Claudia petrista? La respuesta es un gran depende. Si es para montarse al carro de la victoria, como en 2022, sí. En esa ocasión, salió feliz después de la elección a decir: “Por fin ganamos”. Si es ella la que se bate contra el petrismo, Petro pasa a ser un vulgar matoneador. Pero cuando sus privilegios políticos vuelven a estar en riesgo, no tiene empacho en subirse de nuevo al bus de la victoria. Cual deshojadora de margaritas, pasa sus días entre un ‘lo quiero, no lo quiero, lo quiero’. Lo quiere.

Esa relación marca otro hito en la carrera de Claudia: aprendió a menospreciar a su electorado. A verlo como un rebaño de ovejas descriteriadas que ella cree pastorear. Grave error que en las últimas elecciones la llevó a un descalabro electoral. Una debacle electoral.

Así, con el talante de los generales sin ejército, la semana pasada volvió a reunirse con Petro para forjar una alianza electoral para 2027. Al ser cuestionada por el oportunismo de reunirse con el expresidente, manifestó que el petrismo cometió muchos errores, pero que, con su presencia en el movimiento, todos son solventables. Que ella es prenda de garantía.

Doctora Claudia, permítame aclararle: error fue el mío cuando me dejé convencer hace 12 años por su discurso y cuando creí que su elección a la Alcaldía de Bogotá era un triunfo de la razón. Error, por demás, de buena fe. Pero lo del petrismo en los últimos cuatro años no fueron errores; fueron delitos. Crímenes que hoy tienen a Colombia en cuidados intensivos. Y usted es cómplice.

Curioso cómo la vida se encarga de poner a cada uno en su lugar. El petrismo será el espacio vital de una opaca Claudia López. Ahí se encontrará cómoda entre los suyos. Pero como mal paga el diablo a quien bien le sirve, cuando la señora le reclame su lugar, Petro le responderá con la frase que ella misma patentó: “Trabaje juiciosa, sumercé”. A ese sí le podrá llamar error.