Dicen que Colombia es uno de los países más felices del mundo.
Yo hoy cambiaría esa frase.
Colombia es el país que está para sí cuando más se necesita.
Lo que nos ha pasado como colombianos en estos días ha sido espantoso. Hemos visto perder vidas. Hemos visto familias enfrentarse a situaciones que nadie debería vivir. Hemos visto incendios arrasar potreros, cultivos y años de trabajo. Hemos visto animales quedarse sin alimento de un día para otro.
Nos ha dolido. Nos ha golpeado. Y también nos ha recordado algo que a veces parecemos olvidar: al final seguimos siendo un mismo país. Y decirlo en Colombia tiene un peso distinto. Porque nuestra historia está llena de colombianos matando colombianos. Nos hemos matado por política, por ideologías, por territorio, por poder, por partidos y hasta por pensar distinto.
Es nuestra historia.
Y aunque hoy vivamos otro momento, seguimos siendo un país profundamente dividido. Izquierda, derecha o centro. Gobierno u oposición. Una región contra otra. Una posición contra la otra. Tenemos muchas cosas que nos separan. Pero basta ver a otro colombiano sufrir para que muchas de esas diferencias pierdan importancia.
Cuando hay una familia llorando una pérdida, nadie pregunta primero por quién votó. Cuando alguien lo perdió todo, no importa si piensa como uno. Cuando un campesino ve su finca quemada y sus animales sin qué comer, la discusión política sirve para muy poco. El dolor del otro nos devuelve a lo básico: es uno de los nuestros.
Y eso fue exactamente lo que vi con los incendios en Tolima. Había familias campesinas golpeadas y animales que se habían quedado sin alimento porque el fuego había acabado con sus potreros. Había que conseguir comida.
Así de sencillo.
Empecé a buscar heno, harina de arroz y sal. A preguntar precios, conseguir transporte, hacer llamadas y utilizar las redes para mostrar lo que estaba pasando. Pedí ayuda. Y ustedes me ayudaron. Se lograron comprar 1.188 pacas de heno, entregar 12 toneladas de harina de arroz y dos toneladas de sal.
Las 12 toneladas de harina de arroz, junto con el heno y la sal, llegaron a San Luis, a las veredas La Flor, Cañadas y Gallego Parte Alta, y al Valle de San Juan, a las veredas Dinde y Boca del Valle. Con estas ayudas se beneficiaron 53 familias campesinas y 602 bovinos. Son números. Pero detrás de cada número hubo una persona que decidió meterse la mano al bolsillo por alguien que no conocía.
Hubo quien pudo donar una paca y donó una. Quien pudo donar 10, donó 10. 5.000 de harina, 20.000, 50.000. Hubo aportes grandes y pequeños. Personas que ayudaron con transporte, contactos, logística y trabajo. Y quiero decir algo que para mí es mucho más importante que cualquier cifra: me siento profundamente agradecida con cada persona que decidió ayudarme cuando hice ese llamado. Gracias por confiar. Porque cuando uno utiliza sus redes para pedirle dinero a la gente, también asume una responsabilidad enorme. Cada peso tiene detrás el esfuerzo de alguien y cada ayuda tiene que terminar donde se dijo que iba a terminar.
Por eso para mí era tan importante que el heno llegara, que la harina llegara, que la sal llegara y que ustedes pudieran saber a quiénes estaban ayudando. Hice llamadas, busqué precios, toqué puertas y puse mis redes al servicio de una necesidad.
Pero 1.188 pacas de heno, 12 toneladas de harina de arroz y dos toneladas de sal no las consiguió Manuela Ganadera. Las consiguieron ustedes. Los colombianos. Y quizá ahí está lo más importante de todo esto. Porque entre quienes ayudaron seguramente había personas de derecha, de izquierda y de centro. Personas que están de acuerdo conmigo y personas que probablemente no. Personas del campo y personas que nunca han pisado una finca.
No importó.
Había una necesidad y ayudaron. Eso es país. Nos pasamos demasiado tiempo concentrados en aquello que nos divide y muy poco mirando todo lo que nos une. Y no, no estoy diciendo que tengamos que pensar igual. Todo lo contrario. Podemos discutir. Podemos votar distinto. Podemos tener posiciones completamente opuestas sobre el Gobierno y sobre el país que queremos.
Pero ninguna diferencia política cambia algo elemental: seguimos siendo colombianos. Y cuando las cosas se ponen realmente difíciles, lo entendemos. Tal vez por eso estos días, además de dolor, me dejaron esperanza. Porque en un país que conoce demasiado bien la violencia, ver colombianos ayudando a colombianos importa.
En un país que durante generaciones aprendió a señalar al otro por pensar diferente, ver gente unirse alrededor del sufrimiento de alguien que ni siquiera conoce importa. Y en un momento en el que pareciera que todo nos obliga a escoger un bando, comprobar que todavía somos capaces de dejar el bando a un lado cuando alguien nos necesita importa muchísimo.
Tenemos diferencias, claro que sí. Pero cuando la vida nos pone frente a lo verdaderamente importante, terminamos descubriendo que son muchas más las cosas que nos unen que las que nos separan. Eso fue lo que vi. No una Colombia perfecta. No una Colombia sin problemas. No una Colombia en la que todos piensan igual. Vi algo mucho más real: un país capaz de responder cuando uno de los suyos necesita ayuda.
Por eso hoy cambiaría aquella frase. Colombia podrá ser el país más feliz del mundo. Yo prefiero otra: Colombia, el país que está para sí cuando más se necesita. Y ojalá no se nos olvide cuando pase la tragedia.