Esta no es la columna de todas las semanas. Hoy no quiero hablar de política, de gobiernos ni de las discusiones que tantas veces nos dividen. Hoy quiero escribir como colombiano, pero también desde la experiencia de haber estado del otro lado, en el Estado, tomando decisiones que afectan la vida de las personas. Porque hay momentos en los que uno entiende que una cosa es administrar y otra muy distinta es responder cuando miles de familias están esperando que alguien llegue.

El 10 de agosto de 2026 la tierra tembló y, en cuestión de segundos, nos recordó algo que muchas veces olvidamos: lo pequeños que somos frente a la fuerza de la naturaleza. El poder, el dinero, los cargos y las diferencias que creemos tan importantes desaparecen cuando la tierra se mueve bajo nuestros pies. Ante una tragedia como esta, todos somos iguales, todos somos vulnerables y todos necesitamos de los demás.

Colombia tiene hoy el corazón golpeado. El terremoto, de magnitud 7,4 y con epicentro en inmediaciones de San José del Palmar, en el Chocó, dejó una tragedia que todavía estamos tratando de dimensionar. El balance continúa cambiando mientras avanzan las labores de rescate, pero ya se cuentan más de 188 personas fallecidas, 1.677 heridas y más de 7.000 viviendas afectadas. Detrás de cada una de esas cifras hay una historia, una familia, una casa, un sueño que, en cuestión de segundos, cambió para siempre.

Las regiones más golpeadas incluyen el Chocó y el Eje Cafetero, especialmente Risaralda, Caldas y Quindío, además del Valle del Cauca, con ciudades como Pereira, Manizales, Armenia, Cali y Quibdó entre las más afectadas.

Y cuando uno mira esos números desde un escritorio, puede hablar de estadísticas. Pero cuando piensa en lo que significan, la historia cambia. Son padres que perdieron a sus hijos, hijos que hoy buscan a sus padres, familias que no saben dónde van a dormir esta noche porque su vivienda quedó destruida o seriamente afectada. Son personas heridas y comunidades enteras que necesitan agua, alimentos, atención médica, refugio y respuestas.

Pienso especialmente en el Chocó, donde estuvo el epicentro. Allí, la tragedia puede ser todavía más dolorosa. Las dificultades históricas de acceso y las condiciones de muchas de sus comunidades hacen que llegar con ayuda sea más complejo. Y precisamente por eso el Estado tiene que llegar primero y llegar mejor. El epicentro del terremoto no puede convertirse también en el epicentro del abandono.

La Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, las gobernaciones, las alcaldías, el Ministerio de Salud, el Ministerio de Vivienda, el Departamento para la Prosperidad Social, la Fuerza Pública y los organismos de socorro tienen que trabajar como un solo equipo. En una emergencia de esta magnitud no puede haber entidades compitiendo por protagonismo, trámites que se devuelven de una oficina a otra ni familias esperando una respuesta que debería ser inmediata. Primero hay que salvar vidas. Después hay que reconstruirlas.

El mundo también está acompañando a Colombia en este momento difícil. En menos de 48 horas, la comunidad internacional ha expresado su solidaridad y varios países han anunciado el envío de ayuda humanitaria y equipos de rescate. A esto se suma la confirmación de más de 1.300 millones de dólares en cooperación de la banca multilateral para la reconstrucción de viviendas e infraestructura. Es una oportunidad enorme que Colombia debe aprovechar con responsabilidad, transparencia y rapidez. Esa cooperación tiene que convertirse en casas reconstruidas, hospitales recuperados, colegios nuevamente en funcionamiento, infraestructura restablecida y oportunidades para las familias damnificadas. La solidaridad internacional es valiosa, pero ahora tenemos la responsabilidad de convertirla en resultados concretos para quienes más lo necesitan.

La reconstrucción también tiene que generar empleo. ¿Por qué no vincular a los habitantes de las zonas afectadas a buena parte de las mismas obras de recuperación? ¿Por qué no apoyar a los pequeños comerciantes que lo perdieron todo para que puedan volver a abrir sus negocios? ¿Por qué no crear mecanismos ágiles de financiación para quienes necesitan empezar nuevamente?

La verdadera prueba de la gestión pública no será solamente cuántas personas se rescataron durante las primeras horas. Será saber qué pasó con esas familias seis meses después. Dónde estarán durmiendo. Si sus hijos volvieron al colegio. Si recuperaron sus empleos. Si sus viviendas fueron reconstruidas. Si recibieron atención médica y psicológica. Porque una emergencia dura días, pero sus consecuencias pueden durar años.

Pido tolerancia con nuestros alcaldes, gobernadores y mandatarios locales. Ellos también están poniendo el alma. Muchos están recorriendo calles, entrando a zonas afectadas, hablando con familias que lo perdieron todo, coordinando con los organismos de socorro y tratando de responder, muchas veces, con recursos limitados frente a una tragedia que los desborda. Claro que debemos exigir resultados, transparencia y eficiencia, pero también debemos entender que en una emergencia de esta magnitud nadie tiene todas las respuestas de inmediato. Hoy necesitan apoyo, coordinación y confianza para poder trabajar. Ya habrá tiempo para evaluar lo que se hizo bien y lo que se hizo mal. Hoy es tiempo de ayudarlos a ayudar.

Y quizás por eso esta tragedia también nos deja una enseñanza. Cuando la tierra se mueve, las regiones dejan de importar como divisiones. El Chocó deja de ser solamente el Chocó. Risaralda, Caldas, Quindío y Valle del Cauca dejan de ser territorios separados. Todos somos uno.

Hay colombianos que necesitan ayuda y colombianos que pueden ayudar. Donemos. Acompañemos. Llamemos a quienes están sufriendo. Compartamos lo que tengamos. No dejemos para mañana esa llamada pendiente, ese abrazo que hace tiempo no damos, esa palabra de reconciliación que quizás llevamos demasiado tiempo aplazando.

Porque la vida puede cambiar en un segundo. La tierra nos lo recordó. Ahora nos toca a nosotros recordar que somos un país y que, cuando uno de los nuestros cae, los demás tenemos que ayudarlo a levantarse.

Hoy Colombia necesita manos. Necesita gestión. Necesita solidaridad. Y, sobre todo, necesita que nadie se quede solo. Hoy, más que nunca, Colombia somos todos.