Mientras unos cargaban ayudas, coordinaban rescates y ponían el cuerpo, otros aprovecharon la tragedia para disparar desde las redes. Estas dos semanas no solo dejaron al descubierto nuestra fragilidad, también demostraron lo que puede lograr un país cuando el Gobierno, los empresarios y los ciudadanos trabajan unidos.

Tengo tanto por decir después de pasar dos semanas recorriendo algunos de los lugares afectados por el desafortunado terremoto que estremeció a Colombia el pasado 10 de agosto que no sé por dónde empezar. Esta vez no quiero escribir únicamente desde la racionalidad y el cuidado con los que se habla de coyuntura política; necesito escribir desde la emoción, como si estuviera frente a la hoja en blanco de uno de aquellos poemas que hacía cuando era niña, porque hay experiencias que no se pueden contar solamente desde el análisis: hay que escribirlas desde el lugar en el que todavía duelen.

El 11 de agosto llegué a Cali junto a un grupo de amigos comprometidos con Colombia y rescatistas de la Legión Internacional de Rescate de Venezuela. En uno de los derrumbes encontré a una joven que buscaba a su padre; su rostro se paseaba entre el shock y la esperanza, como si todavía no se permitiera imaginar el peor desenlace. La miré y pensé inmediatamente en mi papá; quise abrazarla, pero no sabía si hacerlo, si invadir su dolor o simplemente permanecer cerca. Después supe que encontró a su papá sin vida entre los escombros.

Una cuadra más arriba había otro derrumbe y entre los escombros estaban una niña de siete años y su abuelita; sus padres esperaban mientras los rescatistas trabajaban y durante algunos minutos todos conservamos la esperanza de encontrarlas con vida, hasta que llegó la noticia que ningún padre debería recibir.

Vi sus cuerpos y todavía quisiera no haberlos visto, pero ni siquiera esa fue la imagen que más me estremeció. Lo que no he podido borrar de mi cabeza es a ese papá tirado en el piso, derrotado, desesperado, atravesado por un dolor que ninguna palabra puede nombrar. Desde entonces, he pensado en él, en su esposa, en la casa a la que tuvieron que regresar sin su niña y en cómo se hace para continuar después de que la vida se parte de esa manera.

Hay dolores frente a los cuales cualquier frase resulta impertinente; uno no puede pedirles a unos padres que sean fuertes ni prometerles que el tiempo lo curará todo, porque hay ausencias que el tiempo no cura, apenas nos enseña, con suerte, a respirar alrededor de ellas. Yo quería salir corriendo, soy mucho más sensible de lo que a veces me gustaría ser y sentía que no podía soportar una escena más, pero seguí ahí porque me duele mi país y porque, cuando el dolor del otro está frente a nosotros, apartar la mirada no es una opción.

Durante los días siguientes vi personas que lo habían perdido casi todo y aun así daban las gracias; voluntarios que trasnochaban, comían a deshoras y seguían cargando ayudas cuando el cuerpo ya no les respondía; rescatistas que arriesgaban su vida por desconocidos y ciudadanos que entregaban medicamentos, alimentos e insumos sin preguntar por la ideología, el origen o la condición de quien los recibiría. La tragedia tiene una manera brutal de recordarnos lo obvio: debajo de las etiquetas políticas, de los cargos, de los seguidores y de todas las cosas con las que solemos medir nuestra importancia, seguimos siendo seres humanos frágiles. Un movimiento de la tierra basta para poner en su lugar todas nuestras certezas.

Sin embargo, mientras algunas zonas del país se caían a pedazos y debajo de ellas se derrumbaban vidas, sueños y familias, mis redes sociales explotaban de odio. Había personas cuestionando cada cosa que hacíamos y también las que, según ellas, no hacíamos; criticaban la forma de llevar las ayudas, el momento, las personas que participaban y hasta las intenciones de quienes estábamos allí. No lo digo principalmente por mí; me saco de la ecuación para hablar de mis compañeros de batalla, de quienes trasnocharon, casi no comieron y pusieron el cuerpo donde otros solamente pusieron un comentario. Me dolía y me indignaba ver que tanto amor y tanto compromiso fueran juzgados con semejante ligereza por personas que no tenían idea de lo que estaba ocurriendo en el territorio.

Hay quienes llevan años jugando a salvar el país como si estuvieran en una partida de Free Fire: disparan desde una pantalla, se esconden detrás de un usuario y creen que atacar a quienes están en el terreno equivale a haber hecho algo. Son expertos resolviendo tragedias desde el celular, pero no cargan una caja, no entregan un medicamento, no acompañan a una familia ni consiguen una donación; las tragedias no se resuelven con comentarios, se resuelven llegando, cargando, coordinando, donando y trabajando.

No hablo de quienes hicieron críticas sensatas o expresaron preocupaciones legítimas; hablo de esa izquierda saboteadora que parece preferir que a Colombia le vaya mal con tal de poder decir que tenía razón y de cualquiera, venga del lugar ideológico que venga, que convierta el sufrimiento ajeno en una oportunidad para cobrar cuentas políticas. Hubo quienes necesitaban que las ayudas no llegaran, que la articulación fallara y que el Gobierno tropezara porque ya habían apostado políticamente a su fracaso; como la realidad no les dio la razón, intentaron desconocerla desde las redes.

Hay momentos en los que la oposición también debe demostrar que quiere gobernar algún día un país y no solamente administrar sus ruinas. Lo que vi durante estas dos semanas fue a un Gobierno presente, a instituciones trabajando, equipos revisando medicamentos, funcionarios coordinando ayudas y personas dando lo mejor de sí para responder a una emergencia inmensa. Vi también a empresarios, ciudadanos, voluntarios y cooperación internacional sumarse porque entendieron que reconstruir el país no es responsabilidad exclusiva del Estado. Todo se hizo de la mejor manera posible y quienes estuvimos en el territorio podemos dar testimonio de la entrega, la organización y el cuidado con el que se manejaron las ayudas.

Esa articulación también demuestra confianza. Los empresarios y las organizaciones decidieron aportar porque sabían que sus donaciones estarían cuidadas y llegarían a quienes verdaderamente las necesitaban; cuando el Estado, el sector privado, los voluntarios y la ciudadanía trabajan juntos, se fortalece algo indispensable para recuperar un país: la credibilidad. Colombia no se reconstruye únicamente con concreto, también se reconstruye con confianza.

Estas dos semanas me transformaron, me acercaron mucho más a Dios y me hicieron agradecer cada día de mi vida, porque cada día de mi vida es una oda al milagro. Todavía pienso en aquella joven buscando a su papá, en los padres que tuvieron que regresar a una casa en la que ya no estaría su niña y en tantas personas que, aun en medio de su propio dolor, encontraron fuerzas para agradecer una ayuda, recibir un abrazo o sostener a alguien que estaba sufriendo a su lado.

Regresé entendiendo que, antes de ser de izquierda o de derecha, Gobierno u oposición, somos seres humanos y que ninguna diferencia política debería volvernos incapaces de reconocer el dolor del otro. Podemos discutir sobre el país que queremos, cuestionar al poder y defender nuestras ideas con toda la firmeza del mundo, pero cuando Colombia está herida, hay una responsabilidad mucho más urgente: no dejarla sola.

Fui a los lugares afectados pensando que Colombia necesitaba de nosotros y regresé sabiendo que yo también necesitaba que Colombia me recordara cómo se vive, para qué sirve la solidaridad y dónde comienza realmente el amor por la patria. Porque cuando un país está entre los escombros, la política también se demuestra en lo que hacemos por los demás y Colombia no volverá a ponerse de pie desde una pantalla, sino desde cada mano que se extienda para impedir que otro colombiano tenga que levantarse solo.