La historia nos enseña mucho y nos ayuda a entender el presente.
Era el año 1995. Colombia vivía el proceso 8.000, en el que se investigaba al presidente, otro con minúscula dada su trayectoria, Ernesto Samper por el ingreso de dinero del cartel de Cali a la campaña. El gerente de la campaña, Santiago Medina, y el director de la campaña, Fernando Botero, habían declarado con pruebas cómo ese dinero sí había ingresado. El fiscal general, Alfonso Valdivieso, había
enviado todas las pruebas a la Cámara de Representantes, a la Comisión de Acusaciones, que encontró suficientes las evidencias para que el proceso pasara a la plenaria. Samper compró congresistas a diestra y siniestra y logró que la plenaria votara la preclusión del proceso, es decir, que no lo acusaran ante el Senado. Samper siguió en el cargo.
Medina y Botero fueron condenados a prisión y Samper y los narcos se salieron con la suya. “Todo fue a mis espaldas”, fue su defensa, frase que se convirtió en un monumento al descaro y a la impunidad que, si somos justos, debería ser el epitafio en la lápida de Samper para recordarlo por lo que fue y para no olvidar ese terrible episodio de la historia, que, tristemente comparado con lo que pasó en estos cuatro años, casi que es algo menor.
¿Por qué describo este triste hecho y qué tiene que ver con lo de hoy? La rabia por esa impunidad y por ese descaro era tan grande que muchos, incluyéndome en muchas columnas que entonces escribí, exigíamos que lo sacaran del cargo a cualquier costo. No importaba cómo. Y recuerdo a mi padre, Hernando Santos Castillo, cuando me dijo algo que hoy debe retumbar en la memoria de todos los colombianos que sufrimos con ese horror del payaso y hoy expresidente Gustavo Petro, que trató por todas las maneras de acabar con la democracia, con la Constitución, con la separación de poderes, y no pudo.
“Mijito, al presidente hay que juzgarlo con las reglas y la ley que hoy hay vigentes. Si quieren juzgarlo de otra manera, cambien la ley, pero la institucionalidad se respeta, nos guste o no y estemos o no de acuerdo con ella”, me dijo. Entonces, su advertencia me pareció algo anacrónica, que no se comparaba con el daño que Samper le había hecho a la moralidad pública y a la honestidad que debía tener un primer mandatario.
Bueno, después de ver a un presidente como Petro tratar durante cuatro años de hacer lo que le viniera en gana sin tener en cuenta a los distintos poderes, amenazar a cada uno de ellos, la Justicia y el Congreso, con decretos cuando decidían de manera autónoma no seguir los lineamientos que el presidente les quería imponer, se da uno cuenta de lo que acaba de sobrevivir Colombia. También, que lo que mi viejo, ese gran hombre, me había dicho 30 años atrás era una gran lección en democracia, debido proceso y respeto institucional que le sirvió a Colombia para aguantar las locuras de este drogadicto y megalómano que hoy ya es historia.
Colombia tiene mucho que mostrar en materia de madurez democrática. En 1990, después de una campaña con tres candidatos presidenciales asesinados y una violencia brutal por parte del narcotráfico y de unas guerrillas sanguinarias, el pueblo decidió en una constituyente profundizar la democracia, contrario a los países de la región, en especial los del Cono Sur, que cuando vivieron situaciones similares tuvieron golpes de Estado y dictadores militares que duraron muchos años en el poder. Es más, Petro, que denigra de esa Constitución, es producto de ella.
Por eso quiero escribir sobre la resiliencia democrática de Colombia, que es, sin duda, un ejemplo para la región. Vimos lo que pasó con Venezuela, con Ecuador, con Argentina, con Bolivia, y cuando nos tocó a nosotros, las instituciones se defendieron, la sociedad civil la peleó y el populismo, que estaba seguro de que iba a continuar y se iba a quedar en el mando quién sabe por cuánto tiempo, perdió las elecciones y ahora sale del poder con el rabo entre las piernas, pero con ánimo de revancha, que sin duda van a querer ejercer.
Por eso hay que decirle a la democracia de Colombia, salud por sobrevivir a un Ejecutivo mafioso que, colegiado con organizaciones criminales, quiso acabar con la democracia. Hay que decirles al Congreso, al Banco de la República y a las altas cortes, gracias por aguantar esa ofensiva populista sin ceder a esas mieles de poder y corrupción que les pusieron en frente.
Eso sí, hay instituciones que se deben cambiar, como la Fiscalía, que hoy no sirve para nada, y otras que se deben fortalecer para que aguanten de mejor manera los embates de ese populismo que puede regresar. Hacer casi imposible una constituyente y dificultar aún más las reformas constitucionales, algo que Santos casi logra desmantelar con su proceso de paz, es urgente. Y mecanismos para sancionar a un presidente que abuse de su poder deben ser necesarios. Petro mostró los excesos hasta más no poder y la verdad se salió con la suya, por ahora.
Sobrevivió la democracia, nos debemos alegrar, pero el peligro persiste. Con Petro ya sabemos hasta dónde llega la locura presidencial. Hagamos las reformas para que no nos pase otra vez.