Sí, quedaron muchos con los crespos hechos. Esperaban que el hoy presidente electo de la República aprovechara su discurso de victoria para pasar cuentas de cobro, estigmatizar a sus contradictores o profundizar la división que ha marcado a Colombia durante los últimos años.

No ocurrió, para bien del país, no ocurrió.

Después de una de las campañas presidenciales más intensas y polarizadas de nuestra historia reciente, Abelardo De La Espriella habló de gobernar para todos los colombianos, de respetar a quienes no votaron por él, de proteger las libertades y de ejercer el poder dentro del marco de la Constitución. Ese era el mensaje que millones de colombianos esperaban escuchar.

¿Qué Colombia sigue profundamente polarizada? Nadie puede negarlo. Millones de ciudadanos respaldaron un proyecto y millones respaldaron otro con la misma convicción. Precisamente por eso el tono del discurso importaba tanto. La polarización no puede convertirse en una licencia para gobernar únicamente con quienes celebran la victoria. Gobernar exige construir confianza, tender puentes y recordar que quien llega a la Casa de Nariño deja de representar únicamente a quienes votaron por él.

Durante demasiado tiempo el país escuchó desde el poder discursos que alimentaron la confrontación y convirtieron al contradictor en un enemigo político. Colombia necesita exactamente lo contrario: un presidente que entienda que la autoridad no se ejerce señalando adversarios, sino fortaleciendo las instituciones y uniendo al país alrededor de objetivos comunes.

Por eso vale la pena detenerse en los compromisos asumidos por el presidente electo. Algunos dirán que son obvios. Precisamente por eso nunca deberían dejar de repetirse. Gobernar sin retaliaciones contra quienes piensan distinto. Respetar la Constitución de 1991. Defender la independencia de la rama Judicial y del Banco de la República. Garantizar la autonomía del Congreso y de los gobiernos territoriales. Proteger la libertad de prensa y las garantías de la oposición. Esas no son concesiones. Son las reglas básicas de una democracia liberal.

También hubo un mensaje de realismo. No prometió milagros. Habló de recuperar la seguridad, reactivar la economía, fortalecer el sistema de salud y combatir la corrupción. Colombia ya perdió demasiado tiempo creyendo que los problemas estructurales podían resolverse con discursos grandilocuentes o soluciones mágicas. Ahora vendrá la parte difícil: producir resultados.

Las reacciones no se hicieron esperar. Dentro y fuera del país aparecieron señales de optimismo. Los mercados respondieron positivamente y distintos analistas interpretaron el discurso como una oportunidad para recuperar la confianza. Pero la confianza no nace de una noche de victoria. Se construye todos los días. Se gana con decisiones coherentes, y puede perderse mucho más rápido de lo que se consigue.

Y esa confianza será indispensable para recuperar algo aún más importante: la autoridad del Estado. Mientras el país celebraba la jornada democrática, se conocían revelaciones sobre los acuerdos del Gobierno Petro con la organización criminal del Clan del Golfo.

Un Estado que acepta sentarse a discutir condiciones impuestas por una estructura criminal termina debilitando la autoridad que la Constitución le confía. Esa línea nunca puede volver a cruzarse.

Los discursos de victoria, sin embargo, nunca son suficientes. La verdadera prueba comienza ahora. Los colombianos no evaluarán al nuevo presidente por lo que dijo la noche de su elección, sino por la coherencia entre sus palabras y sus decisiones. Las urnas ya hicieron su trabajo. Ahora le corresponde al Gobierno hacer el suyo.

Llevamos demasiado tiempo hablando más de uribismo, santismo, petrismo o cualquier otro ‘ismo’, que de Colombia. Mientras discutíamos etiquetas, la seguridad se deterioró, la economía perdió dinamismo y la confianza en las instituciones se fue debilitando. Es hora de volver a hablar del país y no de los bandos.

El discurso de victoria abrió una puerta que muchos colombianos creían cerrada. Ojalá no quede únicamente en un buen discurso. Dentro de cuatro años nadie recordará la ovación de esa noche. Los colombianos recordarán si aquellas palabras se convirtieron en una forma de ejercer el poder.

Quien gana una elección deja de ser el líder de una mayoría para convertirse en el presidente de todos los colombianos. Ese será el verdadero examen del nuevo Gobierno.

Colombia eligió mucho más que un nuevo presidente. Eligió la oportunidad de recuperar la confianza en las instituciones, restablecer la autoridad del Estado y empezar a cerrar una etapa de división que nunca debió prolongarse tanto.