“Ya es mucho”, escuché decir hace poco en un ascensor. Entendí que estaban perdiendo la fe de tener tanta información y tantas vías de comunicarse y estaban como agobiados. Estuve de acuerdo además porque pensé que a pesar de la cantidad de medios e información que tenemos hay algo paradójico que ocurre y es que cada vez son más frecuentes las conversaciones superficiales y más escasos los encuentros que realmente nos hacen sentir comprendidos.

La pregunta entonces no es si estamos conectados. La verdadera pregunta es si estamos conectando, si tenemos conversaciones reales y estamos escuchando o al menos interesándonos por lo que otros piensan y sienten.

Esta vez me inspiré en alguien que encontré hace poco buscando esos maestros de redes que ayudan a cuestionarse. Vanessa Van Edwards, investigadora del comportamiento humano y autora de Señales: Domina el lenguaje secreto de la comunicación carismática, ha dedicado años a estudiar qué diferencia una interacción memorable de una conversación que pasa desapercibida. Su conclusión desafía una creencia común y es que las mejores conexiones humanas rara vez ocurren por accidente. Se construyen con una intención.

Quizás hemos romantizado demasiado la idea de la “química” humana. Nos gusta pensar que las grandes conversaciones simplemente suceden, que las personas compatibles se encuentran y fluyen naturalmente. Pero la evidencia parece apuntar en otra dirección. Y es que está claro que las relaciones profesionales más sólidas, las amistades más duraderas y los líderes que generan mayor confianza tienen algo en común y es hacer un esfuerzo adicional.

Ese esfuerzo puede parecer pequeño. Llegar a una reunión habiendo investigado un poco sobre la persona que conoceremos, escuchar sin preparar mentalmente la siguiente respuesta, recordar el nombre de alguien, formular una pregunta más profunda cuando sería más fácil quedarse en la superficie. Y si vamos un poco más allá observar las señales no verbales que revelan entusiasmo, preocupación o incertidumbre, por ejemplo.

He escuchado reiterativamente en el último tiempo la importancia del resultado y el llegar a los objetivos. En todas las organizaciones se valora la eficiencia, pero a veces esa obsesión por optimizar cada minuto termina afectando aquello que más impacta la colaboración y es la calidad de nuestras relaciones. El resultado, el entregable se logra a partir de las relaciones humanas, del trabajo en equipo y la responsabilidad compartida.

Y llegue a una conclusión y es que la eficiencia mueve los procesos mientras que la conexión mueve a las personas.

Los líderes más influyentes suelen entender esta diferencia. Son quienes logran que otros se sientan vistos. Son quienes perciben que detrás de cada objetivo hay seres humanos que necesitan reconocimiento, confianza y sentido de pertenencia.

Van Edwards habla con frecuencia de algo que parece obvio, pero que rara vez se ve en los gerentes, las personas están enviando señales todo el tiempo, es triste pero el problema no es la falta de información, el problema es nuestra falta de atención.

Y quizás ahí reside una de las oportunidades más importantes para el liderazgo actual. En un mundo saturado de ruido, escuchar se ha convertido en una ventaja competitiva y esto es, no escuchar para responder sino escuchar para entender.

Hay algo claro, las tecnologías seguirán evolucionando, la inteligencia artificial hará más eficiente una enorme cantidad de tareas y los procesos serán cada vez más rápidos. Pero ninguna innovación sustituirá la experiencia profundamente humana de sentirse comprendido por otra persona.

Por eso resulta útil replantear nuestra forma de acercarnos a las conversaciones, en lugar de preguntarnos qué vamos a obtener de una interacción, podríamos preguntarnos qué vamos a aportar. En vez de esperar que la conexión aparezca espontáneamente, podríamos asumir la responsabilidad de crear las condiciones para que ocurra.

Y definitivamente la mayoría de las personas recuerdan poco de lo que dijimos. Pero recuerdan con sorprendente claridad cómo las hicimos sentir. Quizás no es que necesitemos más conversaciones. Lo que necesitamos son mejores conversaciones, donde haya curiosidad genuina, presencia y atención.

La próxima vez que entremos a una reunión, a una cena, a una conversación casual en un pasillo o a una videollamada de quince minutos, vale la pena recordar algo simple: la conexión rara vez llega sola.