Cada relevo de gobierno reabre una promesa antigua: que Colombia, por fin, se mire entera. Tanto en el mandato que termina como en el que empieza, la palabra “regiones” ha vuelto al centro de la conversación pública. Es una buena noticia que no debe quedarse en palabras y que no bajen al territorio, que es donde se juega de verdad la unidad de un país. Conviene empezar por el diagnóstico, sin eufemismos. Colombia no es un país, sino varios que conviven de manera desigual. Existe la Colombia conectada a los mercados, con instituciones que funcionan y servicios que llegan a tiempo; y existe la otra Colombia, esa a la que el Estado llega tarde, mal o nunca. La brecha entre el centro y la periferia no es solo geográfica, también es fisca, institucional y, sobre todo, emocional: hay compatriotas que han aprendido a sentirse ciudadanos de segunda en su propio país. Si esa es la enfermedad, la integración no puede reducirse a un discurso de buenas intenciones. Requiere, al menos, cinco costuras concretas.
La primera es la conectividad, física y digital. La integración empieza por la capacidad de mover bienes, personas e ideas. Un país donde sacar una cosecha cuesta más que producirla está condenado a la fragmentación. Vías terciarias, ríos convertidos en verdaderas carreteras del agua e internet como servicio básico no son gasto, sino la condición para que las periferias dejen de estar aisladas. La segunda es una descentralización de verdad. Durante décadas hemos delegado responsabilidades a las regiones sin acompañarlas de recursos ni de capacidad institucional. Descentralizar no es soltar tareas y lavarse las manos desde Bogotá; es fortalecer las administraciones locales, transferir competencias con financiación y formar el talento humano que permita que un municipio pequeño ejecute bien lo que se le encomienda. La tercera es el desarrollo productivo anclado en las vocaciones propias de cada región. La periferia no puede seguir siendo solo proveedora de materias primas o receptora de subsidios. El reto es que agregue valor: que el pescado, el cacao, el café, el turismo de naturaleza o las energías limpias se transformen y generen empleo allí donde nacen. La integración económica ocurre cuando las regiones producen, no cuando dependen. La cuarta es cerrar las brechas sociales más elementales. Que la calidad de la educación y de la salud de un niño no dependa del departamento en que nació. Mientras el código postal siga determinando el destino, hablar de un solo país será una ficción amable. La quinta, quizá la más difícil, es la voz (principio de subsidiaridad). Las periferias deben decidir, no solo ser decididas. Reconocer la diversidad étnica y cultural del país no es un gesto decorativo: es aceptar que hay muchas maneras legítimas de ser colombiano y que el desarrollo se construye con las comunidades, no sobre ellas.
Y por debajo de todas estas costuras corre un hilo más profundo: la reconciliación. Nos hemos acostumbrado a pensarla como el final de una guerra, como la firma de un papel. Pero reconciliar es algo más exigente. Es reconstruir la confianza rota entre un territorio y su Estado, y entre unos colombianos que aprendieron a mirarse como extraños. Un país se reconcilia cuando quien vive en la orilla deja de sentir que el centro lo ignora, y cuando el centro entiende que su prosperidad no se sostiene sobre la marginación del resto. La fortaleza de Colombia está justamente en su diversidad, pero la diversidad sin conexión se vuelve fragmentación. La tarea del gobierno que comienza, y de la sociedad que sobrevive a todos los gobiernos, es coser, con paciencia y sin atajos, el país que el centralismo descosió.