En mi casa hablamos bastante de medio ambiente. Mi esposa es ingeniera civil y economista ambiental, y hoy investiga cambio climático y agua. Yo también soy economista, aunque mi trayectoria ha estado más cerca de las finanzas y la gestión públicas. Ella suele recordarme el valor de preservar nuestros activos naturales; yo termino preguntando por los propósitos, sus costos y cómo financiarlos.
No discutimos sobre si Colombia debe proteger la naturaleza o crecer. Las preguntas difíciles vienen después: ¿qué preservar?, ¿qué restaurar?, ¿qué utilizar productivamente? Y, tarde o temprano, ¿quién paga?
Pensé en esas conversaciones al conocer las primeras discusiones de Misión Crecer. El Gobierno la ha planteado como una estrategia para acelerar la inversión, elevar la productividad y recuperar la capacidad de crecimiento de Colombia. Esta semana, el vicepresidente José Manuel Restrepo la presentó en Nueva York ante cerca de 40 altos ejecutivos, con una agenda de inversión, proyectos estratégicos, simplificación y movilización de capital.
Me llamó especialmente la atención que el Ministerio de Ambiente esté sentado en esa mesa. Su Agenda ABC plantea una relación entre naturaleza, desarrollo y crecimiento económico, e incorpora asuntos como bioeconomía, conservación de la biodiversidad, agua y resiliencia climática.
La conversación es necesaria. Pero exige reconocer una tensión que a veces escondemos detrás de expresiones como ‘crecimiento verde’: crecimiento económico y protección ambiental pueden complementarse, pero no son el mismo propósito y, en ocasiones, pueden competir.
Crecer no es lo mismo que conservar
Pensemos en un bosque. Podemos aprovechar sosteniblemente algunos de sus recursos para producir bienes y servicios. Podemos preservarlo por la biodiversidad, el agua, la captura de carbono o la resiliencia que proporciona. O podemos destinar trabajo, conocimiento y recursos financieros a restaurarlo cuando se ha degradado.
Las tres decisiones pueden ser valiosas, pero no producen el mismo resultado. El aprovechamiento sostenible puede convertir recursos y servicios naturales en producción y valor agregado. Preservar o restaurar busca principalmente mantener o aumentar nuestro capital natural, aunque esas actividades también generen empleo o protejan la producción futura.
La diferencia importa. Las cuentas económicas y ambientales pueden conectarse, pero no son la misma cuenta. Aumentar nuestro capital natural no equivale automáticamente a aumentar el PIB, de la misma manera que aumentar el PIB no significa necesariamente que estemos preservando nuestra riqueza natural.
Y no siempre podremos maximizar ambas cosas. Preservar puede significar renunciar a producción posible hoy; producir puede deteriorar un activo del que dependeremos mañana; restaurar utiliza recursos que podrían destinarse a otra necesidad. Gobernar consiste precisamente en decidir qué peso damos a propósitos legítimos cuando entran en tensión.
Por eso la pregunta para Misión Crecer no debería ser simplemente cómo hacer que la naturaleza produzca crecimiento, sino qué capital natural debemos preservar, cuál restaurar y cuál podemos utilizar productivamente sin destruir el activo que hace posible esa producción. No todo es sustituible: existen ecosistemas críticos, irreversibilidades y límites que también deben entrar en esa decisión.
Esto ayuda además a ordenar responsabilidades. Ambiente no necesita convertirse en otro ministerio de desarrollo económico: su función es gobernar el capital natural, establecer condiciones para su uso y orientar su protección y restauración. Las entidades de desarrollo productivo tienen otra tarea; Hacienda, la de recursos e incentivos.
Pero queda la pregunta más difícil: ¿quién paga?
¿Quién paga por conservar?
Conservar tiene costos directos y también costos de oportunidad: tierras, recursos y capacidades que dejamos de dedicar a otros usos. Y aquí aparece una característica importante de Colombia: parte de los beneficios que producen nuestros ecosistemas trasciende nuestras fronteras.
La biodiversidad conservada o el carbono capturado pueden producir beneficios globales mientras buena parte de sus costos se soportan en Colombia. El conflicto entonces ya no es solamente qué queremos preservar, sino quién debe asumir la carga de preservarlo y qué otras necesidades dejamos de financiar cuando esa carga recae exclusivamente sobre recursos domésticos.
Si los beneficios son compartidos, no hay razón económica para asumir automáticamente que todos los costos deban ser colombianos.
Esto no significa que el mundo deba financiar nuestra política ambiental. Nuestros ecosistemas producen enormes beneficios domésticos y protegerlos es también una responsabilidad nacional. Pero cuando Colombia preserva activos naturales que generan beneficios significativos para el resto del mundo, deberíamos procurar que una parte de ese esfuerzo sea financiada desde el exterior.
Cada peso de ese esfuerzo que podamos financiar responsablemente con recursos externos libera recursos domésticos para otras necesidades del país.
Ahí podría existir una función estratégica de nuestra política ambiental: no simplemente salir a buscar convocatorias de ‘finanzas verdes’, sino construir portafolios que identifiquen qué activos queremos preservar o restaurar, cuánto cuesta hacerlo, qué beneficios producen dentro y fuera de Colombia y qué mecanismos internacionales pueden compartir ese costo.
Seguramente las discusiones ambientales continuarán en mi casa. Mi esposa seguirá recordándome que una economía puede aumentar su producción mientras deteriora los activos naturales de los que dependerá mañana. Yo seguiré preguntando qué costos estamos asumiendo, qué otras necesidades compiten por esos recursos y cómo financiamos las decisiones que tomemos.
Quizás Colombia necesita precisamente esa conversación.
Misión Crecer ha puesto crecimiento, inversión y capital natural alrededor de la misma mesa. Crecer, conservar y restaurar pueden ser propósitos compatibles sin ser el mismo propósito. La tarea es decidir qué capital natural podemos utilizar sosteniblemente, cuál debemos restaurar y cuál vale más preservado.
Y cuando preservarlo produzca beneficios que disfruta también el resto del mundo, Colombia debería hacer algo más que cuidar bien ese patrimonio: debería procurar que el mundo contribuya a pagar esa cuenta.