Hay algo que me viene inquietando desde hace meses. Cada vez escucho a más personas decir lo mismo: ‘Lo que sea menos esto’. No importa quién, no importa cómo ni qué proponga. Lo importante parece ser castigar. Y cada vez que escucho esa frase pienso lo mismo: Colombia está entrando en un terreno peligroso. Porque una cosa es querer un cambio y otra muy distinta dejar de evaluar con profundidad.

Hoy Colombia enfrenta decisiones demasiado importantes para quedarse únicamente en los títulos, las hojas de vida o los discursos. Los candidatos no son solamente programas de gobierno; también son conducta, trayectoria y liderazgo. Importa cómo tratan a quienes piensan diferente, cómo reaccionan bajo presión y de qué personas deciden rodearse. Porque al final los gobiernos no se construyen únicamente con ideas, sino también con quienes las ejecutan.

Después de años difíciles con el Gobierno de Gustavo Petro, es normal que exista frustración. Es normal que exista inconformidad y que millones de colombianos quieran un rumbo diferente. Lo que no debería pasar es que la frustración termine convirtiéndose en brújula.

Cuando el deseo de castigar reemplaza el deber de evaluar, la reflexión empieza a perder espacio frente a la emoción. Y cuando las decisiones se toman únicamente desde la emoción, las consecuencias suelen aparecer cuando esa emoción ya pasó.

Lo más preocupante no es la división; las democracias siempre han estado divididas. Lo preocupante es que cada vez parece haber más personas interesadas en derrotar a alguien que en construir un país. Más personas buscando culpables que soluciones. Y eso debería preocuparnos a todos.

Porque aquí ya no se trata solamente de derecha, izquierda o centro. También están los fanáticos, los radicales, los que votan con rabia y los que hace tiempo dejaron de escuchar. Cuando una sociedad llega a ese punto, el problema deja de ser únicamente político y empieza a convertirse en una crisis de reflexión y responsabilidad.

No voy a ocultar mi preocupación. Me preocupa profundamente la posibilidad de que Colombia continúe por un camino que considero equivocado. Me preocupa porque creo que una parte importante del país siente que estos años han dejado más incertidumbres que certezas, más divisiones que consensos y más preguntas que respuestas. Pero precisamente por eso también me preocupa algo todavía más grave: que el cansancio termine reemplazando la serenidad que exige un momento tan decisivo.

Si de verdad creemos que Colombia necesita un cambio, entonces deberíamos ser mucho más exigentes con las decisiones que tomamos. Más rigurosos. Más responsables. La magnitud del desafío exige grandeza y sensatez, no impulsividad.

Y ahí aparece una de las cosas que más me decepciona. No las diferencias ni los debates; una democracia necesita justamente eso. Lo que me decepciona es la facilidad con la que Colombia parece desaparecer del centro de la conversación. Mientras unos discuten nombres, otros discuten egos y otros simplemente buscan tener la razón. Y en medio de todo eso, muchas veces la conversación empieza a perder profundidad.

La seguridad termina convertida en consignas, la economía en eslóganes y las instituciones en simples banderas políticas. El futuro del país acaba reducido a una batalla entre bandos.

Como si demostrar quién tiene la razón fuera más importante que preguntarnos qué necesita Colombia. Como si el país hubiera dejado de ser la causa para convertirse únicamente en el escenario de nuestras disputas. Y mientras todos pelean por imponer su visión, Colombia va desapareciendo lentamente del centro de la conversación. En demasiados casos, el ego terminó ocupando el lugar que debía ocupar el país.

Quizás el ejercicio debería ser otro. Apagar por un momento el ruido de las redes, ignorar las opiniones prefabricadas y volver a hacer algo que parece haberse vuelto extraño: estudiar a quienes quieren gobernar Colombia.

Porque a veces pareciera que estamos entrando a una elección presidencial con el mismo nivel de profundidad con el que se consume un video de treinta segundos. Hay personas que todavía no saben quiénes son muchos de los candidatos, que confunden nombres, trayectorias e incluso personajes públicos. Personas que creen que Iván Cepeda Castro es el cantante colombiano. Y aunque puede sonar anecdótico, en realidad refleja algo mucho más grave: una sociedad que muchas veces opina, comparte y decide sin detenerse realmente a entender.

Y eso debería preocuparnos.

Porque una democracia no empieza a deteriorarse únicamente cuando la gente deja de votar. También empieza a debilitarse cuando la gente deja de informarse.

La historia está llena de pueblos que identificaron correctamente el problema y aun así terminaron tomando una mala decisión. No porque no entendieran lo que estaba en juego, sino porque permitieron que la emoción reemplazara a la prudencia y que el ego reemplazara al propósito.

Ese es el riesgo que veo hoy. No el de una diferencia política o una discusión ideológica, sino el de una sociedad que empieza a reaccionar más de lo que reflexiona.

La rabia no es un programa de gobierno. La frustración no es una visión de país. Y el resentimiento tampoco es una propuesta de futuro.

Toda sociedad necesita cambios. Colombia también. Pero los cambios importantes no se construyen desde la desesperación. Se construyen desde la prudencia, desde la responsabilidad y desde la capacidad de pensar incluso cuando la emoción empuja a reaccionar. La historia demuestra que los pueblos rara vez pagan por haber sido prudentes; lo que suele perseguirlos durante generaciones son las decisiones tomadas desde la rabia.

Cuando una sociedad llega a ese punto ocurre algo muy peligroso: la prudencia empieza a parecer debilidad, la sensatez empieza a parecer cobardía y el grito termina pareciendo liderazgo.

Porque una elección presidencial no es una prueba de popularidad. Es la decisión más importante que toma una democracia y merece algo más que aplausos, rabia o fanatismos.

Yo no puedo votar. Tengo 17 años. Pero sí voy a vivir las consecuencias de lo que millones de colombianos decidan, igual que millones de jóvenes. Las vivirán quienes hoy estudian soñando con un futuro mejor. Las vivirán quienes trabajan sin saber si mañana habrá más oportunidades o más incertidumbre. Las vivirán quienes producen, invierten y siguen apostándole a Colombia incluso cuando hacerlo parece cada vez más difícil. Las vivirán los campesinos que se levantan antes del amanecer, los emprendedores que arriesgan su patrimonio y las familias que solo quieren vivir tranquilas y mirar el futuro con esperanza.

Porque las elecciones terminan, pero las consecuencias se quedan.

Ningún país se destruye de un día para otro. Primero deja de escuchar; después deja de pensar. Y finalmente empieza a convertir la política en espectáculo, las elecciones en fanatismos y la información en ruido. Ahí es cuando comienza la verdadera derrota.

La historia no recuerda a los pueblos por las advertencias que escucharon. Los recuerda por las advertencias que decidieron ignorar. Y cuando llegue el momento de mirar atrás, Colombia tendrá que responder una sola pregunta: ¿nos faltó información o nos faltó sensatez?

Porque las decisiones tomadas desde la razón construyen futuro. Las decisiones tomadas desde la frustración suelen terminar escribiendo los capítulos más dolorosos de la historia de una nación.