Hay presidentes que tienen meses para acomodarse al poder, conocer los pasillos de la Casa de Nariño, medir a sus ministros y descubrir, ya desde el Gobierno, que gobernar es muy distinto a ganar una elección. A Abelardo De La Espriella no le dieron ese tiempo. Hoy cumple apenas una semana como presidente y ya tuvo que enfrentar una tragedia capaz de poner a prueba a todo un Estado.
El terremoto de magnitud 7.4 cambió todo en cuestión de segundos. La agenda, las prioridades y, sobre todo, la realidad de miles de colombianos. Lo que debía ser la primera semana de un nuevo gobierno terminó convirtiéndose en una carrera contra el tiempo para encontrar sobrevivientes, atender heridos, llevar ayuda y empezar a pensar cómo levantar lo que quedó destruido. Y mientras he seguido lo ocurrido durante estos días, hay algo que me ha llamado especialmente la atención: la rapidez con la que el Gobierno entendió que esta emergencia no podía manejarse únicamente desde Bogotá.
Desde las primeras horas vimos al presidente asumir la emergencia, suspender su agenda y poner a trabajar a su equipo. Sus ministros fueron enviados a los departamentos y ciudades más golpeados para acompañar directamente la respuesta institucional. Y eso, aunque pueda parecer obvio, no siempre lo es. En una tragedia de esta magnitud la gente necesita sentir que el Estado está ahí, no solamente escucharlo en una declaración desde la capital.
En las regiones hemos visto autoridades locales, Fuerza Pública, organismos de socorro, médicos, voluntarios y, especialmente, rescatistas trabajando contra el reloj. Estos últimos merecen un reconocimiento aparte. Hemos visto hombres y mujeres agotados, removiendo escombros durante horas y continuando una búsqueda porque mientras exista una posibilidad de encontrar a alguien con vida no hay tiempo que perder. También hemos visto ciudadanos ayudando a desconocidos, comunidades organizándose y una solidaridad que aparece justamente cuando el país atraviesa sus momentos más difíciles.
A esa respuesta se sumó la ayuda internacional. Y ha sido fundamental. En una emergencia de estas proporciones nadie debería pretender hacerlo todo solo. Saber recibir cooperación, coordinarla y poner capacidades adicionales al servicio de las zonas afectadas también habla de la manera como se está manejando la crisis.
En estos primeros días se activaron los mecanismos de emergencia y comenzó a tomar forma la siguiente etapa, que quizás será la más larga: la reconstrucción. El Gobierno ha buscado sumar al sector privado y movilizar recursos y capacidad técnica para recuperar viviendas, hospitales, colegios e infraestructura. Nada de eso ocurrirá de la noche a la mañana. Sería absurdo pretenderlo. Hay lugares que tardarán años en recuperarse y familias para las que la vida simplemente no volverá a ser la misma. Pero una cosa es el tiempo inevitable de la reconstrucción y otra es perder tiempo para comenzarla.
Durante años nos acostumbramos a escuchar que el Estado colombiano es lento. Que una institución espera a la otra, que la burocracia se atraviesa y que mientras desde Bogotá se discute quién tiene la competencia, en las regiones la gente sigue esperando. Lo que hemos visto esta semana permite, por lo menos, hacerse otra pregunta: ¿qué pasa cuando desde arriba existe una orden clara de actuar y todo el aparato estatal entiende que tiene que moverse? La respuesta la estamos viendo. El Estado sí puede funcionar. Puede coordinar instituciones y trabajar con autoridades territoriales, organismos de emergencia, sector privado y cooperación internacional. No significa que una tragedia de esta dimensión pueda superarse en siete días. Significa algo más sencillo: cuando hay dirección y sentido de urgencia, el ciudadano puede sentir que hay alguien al frente. Y para un gobierno que apenas cumple una semana, eso tiene un peso político enorme.
En medio de todo esto hay algo que para mí resulta especialmente importante: la presencia. El presidente no ha parado de recorrer las regiones afectadas, de hablar con la gente, reunirse con autoridades locales, escuchar de primera mano las necesidades y coordinar la respuesta desde el territorio. No ha sido un presidente viendo la emergencia desde Bogotá o Barranquilla. Lo hemos visto donde están los damnificados, donde trabajan los rescatistas y donde se están tomando las decisiones.
A ese esfuerzo se ha sumado también la primera dama de la Nación, Ana Lucía Pineda, quien ha liderado y articulado la movilización de ayudas humanitarias para las zonas afectadas del país, con más de 90 toneladas entregadas hasta el momento a las comunidades que más lo necesitan. Su trabajo ha sido fundamental en esta emergencia y muestra otra dimensión de la respuesta: la solidaridad convertida en acción. Esa imagen de un presidente recorriendo las regiones, un gabinete trabajando sobre el terreno y una primera dama volcada a movilizar ayuda dice mucho de la manera como este Gobierno decidió enfrentar su primera gran crisis.
Lo más importante es que esa movilización se está traduciendo en acciones. Las ayudas están llegando, los organismos de socorro continúan trabajando, la cooperación internacional se ha sumado y las instituciones avanzan mientras el país comienza a pensar en la reconstrucción. En una emergencia de esta magnitud cada hora cuenta. No basta con anunciar; hay que ejecutar, coordinar y estar. Durante estos días hemos visto a una institucionalidad concentrada en una misma prioridad y es el atender a los colombianos afectados y empezar a levantar lo que el terremoto destruyó.
Una semana es muy poco tiempo para medir un Gobierno y mucho menos para anticipar lo que serán cuatro años. Pero estos seis días sí han permitido ver una forma de gobernar. El presidente Abelardo De La Espriella comenzó su mandato enfrentando una situación que ningún mandatario habría querido encontrar en sus primeros días. La enfrentó desde el territorio, rodeado de su equipo y hablando directamente con la gente. La tragedia terminó convirtiéndose, sin que nadie lo buscara, en la primera gran prueba de su Presidencia.
Quizás esa sea la imagen que deja esta primera semana. En medio de los escombros y del dolor, hemos visto rescatistas que no se rinden, solidaridad ciudadana, cooperación internacional y un Gobierno presente. Colombia tiene por delante una reconstrucción enorme, pero no está enfrentándola inmóvil. Hay decisiones, hay presencia y hay acción. Cuando hay liderazgo, coordinación y capacidad para convertir las decisiones en hechos, el Estado responde.