Lo advertí en este mismo espacio hace algunos meses. Si la ocupación del suelo sigue avanzando sin control en las zonas de protección ambiental de Bogotá y 35 municipios cercanos, para el año 2050 se registrará un aumento del 105 % respecto del 2024. Eso equivale a 18.452 hectáreas. Y si hacemos la comparación desde 1997, dicho crecimiento equivaldrá al tamaño de una Bogotá urbanizada entera.
Este panorama, revelado por el estudio de huella urbana que sirve como insumo en la construcción del Plan Estratégico y de Ordenamiento (Planeo) de la Región Metropolitana, nos recuerda que el futuro no solo gira en torno a las grandes apuestas en materia de proyectos de transporte, movilidad, desarrollo económico, infraestructura de servicios públicos, equipamientos, vivienda y seguridad ciudadana; sino que absolutamente todo debe sostenerse sobre una estructura ambiental sana y funcional.
Y hay que decirlo con contundencia: los ecosistemas no son un obstáculo para el desarrollo. Por el contrario, son la condición misma para que este sea viable. Una vía o un medio de transporte no tienen sentido si las ciudades o municipios que conectan no tienen agua; una zona logística puede convertirse en una fuente de pérdidas si se construye en una zona de inundación; la industria agroalimentaria entra en riesgo si los suelos se degradan o si los ríos pierden su caudal en épocas de sequía (como la que ya padecemos con ocasión del fenómeno del Niño) o si se desbordan en temporadas invernales.
La importancia de los ecosistemas no solo recae en la producción del agua o la regulación del clima. Los páramos, los bosques altoandinos, los humedales y los ríos contienen una biodiversidad única, con especies de fauna y flora que dependen de que esos hábitats permanezcan conectados y en buen estado. En el caso de nuestra región, el oso andino, las aves que encuentran refugio en los humedales de la Sabana o los frailejones que tardan décadas en crecer, por mencionar algunos, son parte de un patrimonio natural que debemos cuidar y conservar.
Solo en Cundinamarca contamos con 188 mil hectáreas de cobertura forestal, cinco complejos de páramos con 331 mil hectáreas en 52 municipios y 595 especies de plantas, 190 de aves y 20 de ranas; y Bogotá es una de las ciudades con mayor biodiversidad del mundo.
Entonces, el verdadero reto es contener la ocupación irresponsable del territorio. Por ello, desde la Región Metropolitana hemos construido, con autoridades ambientales y nuestros asociados (Gobernación de Cundinamarca, Bogotá, Soacha y Fusagasugá), e incorporado en el Planeo la Estructura Ecológica Principal Regional (EEPR) como eje orientador y articulador, promoviendo cuatro objetivos: conectividad ecológica, seguridad hídrica, prevención de riesgos ambientales y la conservación de la biodiversidad.
Es decir, primero se reconoce dónde están los páramos, las fuentes de abastecimiento hídrico, las zonas de conservación, los corredores ecológicos que permiten el tránsito de las especies y las áreas con alta vulnerabilidad, antes de planear la ocupación y el desarrollo.
Lo más valioso de este proceso, sin embargo, no es solo su resultado técnico, sino la forma en que se construye. Entre febrero y agosto de este 2026, convocamos desde la Región Metropolitana mesas de trabajo —como lo mencioné— con la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR), la Corporación Autónoma Regional del Guavio (Corpoguavio), la Corporación Autónoma Regional de la Orinoquia (Corporinoquia) y la Secretaría Distrital de Ambiente, junto con nuestros asociados.
Esta EEPR también propone proyectos regionales de conectividad ecológica, para evitar que poblaciones de flora y fauna queden aisladas y en riesgo; restauración ambiental, bancos de hábitat, parques metropolitanos para retener el agua y evitar inundaciones e, incluso, oportunidades de bioeconomía, como el turismo de naturaleza.
Con base en lo anterior, hay algo que quiero destacar con vehemencia: incluir esta EEPR en el plan estratégico Planeo no significa redefinir las estructuras ecológicas principales existentes, modificar determinantes ambientales ni sustituir a las autoridades ambientales —la Región Metropolitana no lo es—, pues estas últimas, al igual que los asociados, conservan todas sus competencias y autonomía.
Nuestra misión es integrar, observar el territorio como un sistema vivo y coordinar a los distintos actores para buscar soluciones y planear un desarrollo socioeconómico sostenible. Recordemos que las cuencas hidrográficas y las especies que se desplazan entre ecosistemas no conocen de límites municipales, y lo que ocurre aguas arriba en un municipio determina la calidad de vida en otro, aguas abajo.
Debemos, por lo tanto, garantizar el bienestar de todas las especies, proteger la seguridad hídrica que abastece a las ciudades, la producción agropecuaria y los propios ecosistemas que dependen del agua; prevenir riesgos ambientales y restaurar y conservar la biodiversidad. En Soacha, por ejemplo, hemos sembrado cerca de 10.000 árboles en nueve hectáreas de páramo y los resultados ya se ven.
Otra manera efectiva de proteger nuestro territorio verde es orientar la inversión pública con base en la estructura ambiental para que las obras se desarrollen en zonas sostenibles y no causen daños irreparables a los hábitats de la región.
El desafío es demostrar que el desarrollo sostenible, la conservación y el respeto por la vida silvestre no son caminos opuestos. Y cuidar la naturaleza es la decisión más estratégica.
¡Juntos llegamos más lejos!
Pdta: Duele ver la grave afectación que sufren los cerros de Villa de Leyva y otros puntos del país, como consecuencia de los incendios forestales activos en siete departamentos, según los reportes más recientes de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres. El llamado es urgente: debemos proteger nuestra biodiversidad y, cuando tengamos conocimiento, denunciar las manos criminales que ocasionan estas tragedias ambientales. También hay que reconocer el trabajo indeclinable del Gobierno nacional, las administraciones municipales y los organismos de emergencia y seguridad que le han puesto el pecho a la situación; como en el caso de Sasaima, mi comunidad, donde la Gobernación de Cundinamarca atendió la emergencia de manera pronta y efectiva.