Uno no llega solo a ninguna parte. En enero de 1971 aterricé en Bogotá para estudiar Derecho en la Universidad de los Andes. En Medellín, mi mamá marcó las medias con mi fecha de nacimiento para que no se fueran a confundir con las de otros estudiantes en la pensión de cucuteños donde yo iba a vivir, en la avenida Caracas con calle 42. Seguí investigando, como lo hacía en Medellín en el colegio. Pronto lo notó mi condiscípulo Luis Ricardo Paredes Mansfield, gran amigo de toda la vida, y me puso en contacto con Daniel Samper Pizano.

A los dos años de andar en Bogotá con las medias marcadas, empezamos a firmar artículos de investigación en El Tiempo. Luego vino la Unidad Investigativa. Uno no llega solo. En varias ocasiones he agradecido a los que me ayudaron en distintas épocas: Camilo González Chaparro, Mauricio Luna Bisbal, don Hernán Echavarría Olózaga, Federico Medem, Jesús M. Idrobo, Alegría Fonseca, Germán Castro Caycedo, Germán Botero de los Ríos, Miguel Lleras Pizarro y muchísimos más. Uno no llega solo. Me casé con la única mujer que entonces hacía periodismo investigativo, Silvia Galvis. He tenido una vida muy afortunada, aunque Silvia falleció hace 16 años y muchos amigos y familiares han ido faltando. La semana pasada murió un amigo del alma al cual nunca pude agradecerle en público, Darío Mejía Villegas. Lo conocí en los Andes en 1971. Sin ser periodista, Darío era más periodista que yo. Le dediqué el libro El cartel de Interbolsa, publicado en 2013, pero sin identificarlo: “A D. M. V., guía indispensable en las pesquisas financieras, y hace más de treinta años asesor de cabecera en todo tipo de investigaciones, dueño por igual de innata agudeza periodística y de sabio criterio jurídico, lector, editor y revisor de este libro y de otros pasados, proveedor insustituible de humor y de veneno, grande amigo, con gratitud infinita”. Darío fue mi colega, mi socio, mi editor, mi interlocutor. Por fortuna, se casó viejo y tenía mucho tiempo libre. Cuando Silvia escribía columnas para El Espectador y se frenaba en el texto que redactaba, me decía que llamara a Darío y se lo leyera. Darío sugería por dónde seguir y, de ñapa, agregaba el título de la columna. Cuando escribí un libro sobre los sobornos de Odebrecht, le pedí a Darío un título. Me dijo: “Mañana te llamo”. Al día siguiente me dio el título más ingenioso posible: Nobelbrecht. Darío tenía un humor constante y agudo. Todos los que lo conocían se alegraban con su chispa. Cuando le pedía más veneno para un texto, él extraía la cicuta abriendo el frasco del humor. Me he ganado muchos aplausos que eran de Darío. Pero él fue funcionario público o abogado de bancos; no se podía saber que era mi admirado camarada. Darío fue mi memoria. Era mi alter ego en la sombra, desinteresado y anónimo.

Para Claudia, la esposa, y para sus hijos, Camilo, Andrés y Federico, la muerte de Darío es el mayor dolor de sus vidas. Para mí es una hecatombe. Se interrumpe una conversación de 55 años entre dos aliados y cómplices.

Darío era un sabueso y un abanderado de la verdad y de la justicia. Hace más de 40 años, como abogado de la Comisión Nacional de Valores, descubrió la pieza fundamental del fraude del Grupo Grancolombiano. Una señora llamada María Mayorga aparecía comprando grandes paquetes de acciones de empresas antioqueñas, como Coltabaco, Simesa, Nacional de Chocolates. Eran maniobras de Jaime Michelsen Uribe, pero su nombre no aparecía. De María Mayorga se sabía que vivía en Soacha. Nada más. Darío fue a la iglesia de Soacha y le preguntó al párroco por la familia Mayorga. Llegó donde una empleada del servicio de 21 años que trabajaba en la casa de uno de los miembros de la Junta Directiva del Banco de Colombia, controlado por Michelsen. Habían usado su nombre de manera fraudulenta. En ese momento empezó a caer el Águila, como se conocía al Grupo Grancolombiano. Con la ayuda de Darío llevo años proclamando la inocencia de Carlos Palacino. Darío fue buscado por una firma cazatalentos para ser secretario general de Saludcoop. No vio nada de lo que apareció en la prensa cuando el Gobierno Santos inventó un falso positivo; al contrario, fue testigo de una organización empresarial modelo. Leí miles de documentos para demostrar que las acusaciones contra Palacino son falsas y así lo plasmé en un libro que nadie ha refutado. El libro también denuncia a periodistas sin moral que, en lugar de impugnar el montaje oficial, se volvieron cómplices de la falsedad. Darío murió sin ver brillar la verdad.

Uno no se va solo para ninguna parte.