En los últimos años nuestro país y también la sociedad global ha vivido una intensa reflexión en torno al sentido de la educación superior, su para qué y el compromiso de está a través de su propio impacto. El encuentro e interlocución entre la academia, el Estado y la sociedad, extiende una invitación abierta al diálogo y a la construcción colectiva del futuro de la educación superior colombiana. En este contexto, muchos miembros de la comunidad universitaria hemos reconocido avances, nombrado tensiones y propuestas de un nuevo pacto social por la sostenibilidad, la equidad y la calidad de la educación superior. Quiero sumar a esa conversación una pregunta que aún no ocupa el lugar que merece: ¿para quién es la universidad?

Durante más de un siglo, la respuesta fue sencilla: para los jóvenes. La universidad se diseñó para una sola generación, que llegaba entre los dieciocho y los veinticuatro años, se graduaba y se despedía. Su calendario y sus rituales suponían que formarse ocurría una sola vez en la vida. Esa premisa se agotó. Colombia registró 433.678 nacimientos en 2025, cerca de 282.000 menos que en 2008, y su fecundidad bajó a un hijo por mujer. A la vez, 8,1 millones de personas superan los sesenta años. El Foro Económico Mundial calcula que el 39 % de las habilidades laborales cambiará antes de 2030. La demografía le quita a la universidad el público para el que fue creada y le ofrece uno más amplio, para el que aún no está preparada.

El sistema lo refleja. En 2025 alcanzamos una matrícula récord de 2.723.364 estudiantes; sin embargo, 2,5 millones de jóvenes entre 15 y 28 años no estudian ni trabajan. La virtualidad pasó del 2,3 % al 26,3 % de la matrícula en poco más de una década, sin que ello flexibilizara de manera evidente las trayectorias, los momentos de ingreso ni el reconocimiento de aprendizajes. Y el Marco Nacional de Cualificaciones existe en el papel, pero todavía no opera de forma integrada.

La idea no es nueva. En 1972, el informe Aprender a ser, de la comisión presidida por Edgar Faure, propuso la educación permanente como concepto maestro de las políticas educativas. Lo nuevo es que ya no podemos aplazarla. Hoy la Unesco nos pide dejar de ser un destino para convertirnos en faros del aprendizaje permanente. Por eso prefiero hablar de aprendizaje a lo largo y ancho de la vida: lo largo es el tiempo, porque se aprende a los dieciocho, a los cuarenta, a los sesenta y cinco, etc.; lo ancho son las dimensiones que no caben en la carrera profesional: el cuidado, la ciudadanía, la búsqueda de sentido.

Esto implica admitir durante todo el año, reconocer lo que las personas ya saben, ofrecer rutas modulares que articulen la formación técnica, tecnológica y universitaria, y acompañar al egresado que regresa. Implica, sobre todo, no reducir el aprendizaje permanente a la actualización de quienes son económicamente útiles: si solo acompañamos a las personas mientras trabajan, estaríamos diciendo que su valor para nosotros coincide con su valor para la economía.

Esta es una tarea colectiva. A las instituciones nos corresponde rediseñar nuestros modelos; al Estado, poner en marcha los marcos de cualificaciones y apoyar la oferta que el mercado no financia; al sector productivo, reconocer los aprendizajes que ocurren fuera del aula. Y tendremos una prueba sencilla de que lo estamos logrando: que crezca, de manera sostenida, la matrícula de personas mayores de veinticinco años que vuelven a estudiar.

La universidad de hoy no competirá por una cohorte que se encoge, sino que sabrá acompañar a todas las generaciones con el sentido integral y el para qué de la universidad.