Lamentablemente hoy vemos cómo la izquierda y la derecha suelen operar bajo narrativas polarizantes, donde el oponente no es alguien que piensa distinto, sino un enemigo al que hay que insultar y descalificar.
La confrontación solo alimenta más odios y divisiones, a diferencia de la solidaridad y la fraternidad que da paso a una amistad social, donde la firmeza de las convicciones no exija el desprecio del otro.
En mi reflexión quisiera evocar el pensamiento que expresó su santidad con líderes políticos. León XIV subrayó la necesidad de un “retorno a lo analógico”, esto significa recuperar el encuentro y el diálogo cara a cara, el debate parlamentario honesto y el contacto directo con la realidad ciudadana. “Nadie puede arrodillarse ante Dios y despreciar al hermano”, lo que traducido a la vida pública significa que, no se puede construir el bien común destruyendo la dignidad del adversario.
Su santidad nos invita en cada una de sus intervenciones a buscar el perdón de la memoria histórica que cada uno carga en su biografía personal y colectiva.
La reconciliación entre los partidos políticos, los pensamientos y las creencias de las personas, es un paso que dignificaría a la humanidad, pues la polarización actual solo bloquea las leyes y las soluciones reales, dejando los problemas de los ciudadanos en un segundo plano, para priorizar las agresiones y los insultos a quienes piensan distinto.
El papa propone un punto de encuentro fraterno, neutral y urgente, pues las necesidades humanitarias quedan olvidadas, perjudicando a los más vulnerables.
La verdadera reconciliación entre la izquierda y la derecha ocurrirá ojalá cuando algunos de nuestros líderes violentos le den el protagonismo al espíritu y dejen las expresiones del ego, cuando dejen de mirarse entre sí como enemigos y claven la mirada en el sufrimiento de los más vulnerables.
Al poner a la persona en el centro, la política recupera su dignidad y se convierte en una herramienta de justicia restaurativa y no de revancha, como lo estamos viendo en nuestras naciones.
Tanto la izquierda como la derecha suelen utilizar la historia y el pasado como munición y arma violenta para justificar divisiones presentes. Es necesario educar en una memoria reconciliada. Esto no significa tener una amnesia colectiva, ni silenciar las injusticias del pasado, sino sanar los recuerdos compartidos rescatando los valores espirituales como el perdón, impidiendo que los dolores de ayer sigan dictando las guerras ideológicas de hoy.
La firmeza ideológica no exige el desprecio del oponente, en cambio, la política orientada al bien común es la forma más alta de misericordia; el arma de la palabra, destruye, divide, agrede y violenta a quien piensa diferente, y jamás edificará la paz sagrada, auténtica y necesaria, por la que está clamando nuestra dolida y rota humanidad.
Per eso, desarmar la cultura del enfrentamiento es el único camino hacia la paz.