Pocas veces ha habido tanto interés por unas elecciones intermedias en los Estados Unidos, como con las que acaban de culminar. Entre miles de diagnósticos sobre el desastre del Partido Republicano, muchos estados están a la expectativa de las consecuencias que para ellos puedan tener.

Sin aventurar un diagnóstico, no se trata simplemente del triunfo demócrata o de la derrota republicana. Hay un evidente rechazo a la política de Trump, tanto en el ámbito doméstico, como en el internacional.

La mayor preocupación de los votantes norteamericanos fue la situación económica, paralela a la inflación, que se plasmó en el malestar por el precio de la gasolina; derivado principalmente de la guerra con Irán.

El resultado fue además fruto del rechazo a la corrupción de muchos funcionarios de la administración. La gente se aburrió de eso. ¡Qué tal que hubieran vivido la situación de Colombia en los últimos años!

También un numeroso grupo de votantes entre los 18 y los 29 años deseaba un cambio estructural de la política. Se ha elegido gobernador de California a un candidato de ancestro latino; como gobernador de La Florida a un negro; a un musulmán y a un gay abierto, como senadores; una gobernadora negra; a una mujer como gobernadora de Ohio, etc.

Una lección para Colombia. No es conveniente matricularse con un candidato en un proceso electoral cualquiera en otro Estado, porque en el caso de que salga ganador el rival, arreglar las cosas después no siempre es fácil.

Para nuestro país, por ahora las cosas seguramente no van a experimentar un cambio substantivo en la relación con los Estados Unidos. Trump, en medio de los líos por las guerras en que está empeñado, debe necesariamente, con sus tres alfiles (el vicepresidente, el secretario de Estado y el secretario de Guerra), dejar en marcha la democracia venezolana y despejada la incierta situación de Cuba.

Pero, además, la proliferación en Colombia de grupos armados dedicados a una delincuencia internacional que cambia rápidamente sus estrategias y métodos, alimentada por el narcotráfico, la minería ilegal y otros delitos, es una preocupación también para Estados Unidos, sean demócratas o republicanos.

No hay que olvidar que nuestro país tiene una enorme proyección en el Caribe que ahora comparte con México y una frontera con Venezuela de 2.219 kilómetros. Como ha repetido María Corina Machado: “No habrá paz en Colombia hasta que no haya democracia en Venezuela”. Se han ensayado en nuestro país durante setenta años todo tipo de estrategias para lograr la paz, sin resultado. Habrá que esperar que la política que adelanta el presidente De la Espriella comience a dar resultados.

Algunos consideran que nos debemos acercar ahora a los demócratas. Claro que hay que hacerlo, pero sin abandonar la relación con los republicanos y con el gobierno de Trump. No hay que olvidar que Trump seguirá siendo presidente por dos años más y que caer en el error de mostrarse demasiado identificados con los demócratas, con una persona impredecible como él, podría dar lugar a una reacción impredecible.