En Colombia escasean los espejos sociales. Muchos jóvenes crecen sin referentes distintos de los que ofrecen el reguetón, el fútbol o la televisión. No porque falten colombianos talentosos. Sobran. Lo que falta es la voluntad de reconocerlos, celebrarlos y convertir sus historias en ejemplos nacionales. Me explico.

Esta semana, dos empresarios colombianos demostraron que la imaginación, la disciplina y el valor también pueden conquistar el mundo. Y

que el éxito, cuando produce riqueza, empleo y oportunidades, no debería mirarse con sospecha, sino con admiración.

El primer caso es el de David Vélez, fundador y presidente de Nubank. No tengo ninguna relación con él, salvo la coincidencia del apellido. Pero sí tengo razones para destacar su trayectoria.

Vélez inauguró el estadio del Inter de Miami, el equipo en el que juega Lionel Messi. El escenario fue mucho más que una ceremonia corporativa. Allí anunció dos hitos para su compañía. El primero: el ingreso de Nubank al mercado financiero de Estados Unidos, el más grande y competitivo de la región. El segundo: el lanzamiento de Nu Global, una plataforma digital que permitirá intercambiar dinero a escala internacional.

En términos sencillos, se trata de un paso enorme hacia la creación de un banco digital verdaderamente global. Pero lo más extraordinario no es el tamaño actual del conglomerado. Es la historia que hay detrás.

Vélez llegó a Brasil y descubrió algo que para muchos parecía rutinario: abrir una cuenta bancaria podía convertirse en una pesadilla. Había trámites excesivos, costos elevados y una burocracia capaz de expulsar a cualquiera del sistema financiero. Él no se limitó a quejarse. Identificó un problema. Y decidió resolverlo. Típico de un emprendedor.

De esa frustración nació un banco digital sencillo, accesible y flexible. Un servicio diseñado para el usuario común y no para los laberintos de las instituciones tradicionales. Trece años después, Nubank se ha convertido en una de las empresas financieras más importantes de América Latina. Y su fundador aparece, según distintas estimaciones, entre los hombres más ricos de Colombia. Extraordinario.

No hay que avergonzarse de decirlo. Si esa historia no merece ser emulada, cuesta trabajo imaginar cuál.

El segundo ejemplo lo ofrece la familia Gilinski, propietaria de esta revista y en la cual escribo con completa independencia. Su compañía GeoPark acaba de cerrar un negocio de enorme importancia para el sector energético regional: la obtención de una licencia para explotar petróleo en Venezuela. Se trata de una inversión colombiana de gran escala en una nueva etapa de ese país. Algo que demuestra audacia y extraordinaria ejecución.

Es legítimo discutir las implicaciones políticas y económicas de hacer negocios con los vestigios del Gobierno de Nicolás Maduro. Esa controversia existe y no debe ser ignorada. Pero una cosa es debatir la decisión y otra desconocer la dimensión empresarial de la apuesta.

Lo que merece ser subrayado es que empresarios colombianos tuvieron la visión, el capital y el apetito de riesgo para entrar en una operación de semejante tamaño y complejidad. No todos los negocios importantes se realizan en escenarios cómodos. A menudo exigen leer el momento, calcular los riesgos y actuar cuando otros prefieren esperar.

Hay un tercer hecho que tampoco debería pasar inadvertido. Los diez empresarios más importantes del país decidieron apoyar, de manera decidida, la reconstrucción del Chocó. Sus representantes acompañaron al jefe del Estado y a la gobernadora del departamento en el anuncio de una serie de medidas e iniciativas destinadas a enfrentar la situación de esa región.

Estados Unidos entendió hace tiempo el valor de reconocer a sus emprendedores. Una de las fortalezas de ese país consiste, precisamente, en construir incentivos y narrativas positivas alrededor de quienes crean empresas, desarrollan tecnología y generan empleo. Allí la educación, la cultura popular y el mercado suelen decirles a los jóvenes que pueden convertirse en el próximo Mark Zuckerberg, en la próxima gran figura de la innovación o en el creador de la tecnología que cambiará una industria.

Colombia debería hacer algo parecido.

No se trata de despreciar a los futbolistas, a los artistas o a quienes triunfan en la música. Ellos también pueden inspirar. El problema aparece cuando se convierten en los únicos modelos disponibles. Cuando la fama reemplaza al mérito. Cuando la celebridad pesa más que la creatividad. Cuando los políticos, incluso los corruptos, reciben más atención que quienes construyen empresas, generan empleo y abren oportunidades.

Un país necesita héroes diversos. Necesita deportistas, artistas, científicos, profesores, emprendedores y servidores públicos honestos. Necesita, sobre todo, aprender a reconocer el esfuerzo que produce bienestar colectivo.

David Vélez y la familia Gilinski ofrecen dos ejemplos distintos de ambición empresarial colombiana. El primero construyó una plataforma financiera desde la experiencia de un problema cotidiano. Los segundos asumieron una apuesta energética de gran escala en un mercado complejo. Ambos casos pueden ser discutidos. Ambos deben ser examinados. Pero ninguno debería ser ignorado.

La prosperidad no aparece por accidente. Se construye con ideas, inversión, disciplina y riesgo. Y también con una sociedad capaz de mirar a quienes crean, en lugar de limitarse a celebrar a quienes aparecen.

Ya es hora de que Colombia cambie sus espejos. Que mire menos hacia la fama instantánea y más hacia quienes inventan, emprenden y generan riqueza. Que les enseñe a sus jóvenes que el futuro no solo se patea, se canta o se publica. También se construye y se emprende. Enhorabuena.