Con esta columna cierro una etapa de mi vida como escritor público, una etapa marcada por la convicción de que el debate democrático solo es posible cuando existe un espacio común donde las palabras no son armas, sino puentes. A ese mismo propósito de quedarme callado contribuye la publicación de mi libro “Una Catedra en Colombianismo”, que se lanzará la próxima semana. Allí se encuentra consignado mucho de lo que he pensado sobre este país que amo, y que ya no será el de mis nietos.
Hoy ese espacio de libertad se está cerrando. La guerra cultural que atraviesa nuestra sociedad ha convertido la conversación pública en un campo de batalla, y en medio de ese ruido ensordecedor es inútil hablar porque nadie escucha. Repasemos juntos ideas y acontecimientos.
La perversión del debate intelectual. El deterioro del pluralismo, que es el único ambiente en el que la civilidad democrática puede funcionar, ha sido ocasionado por las ideas de varios intelectuales. Carl Schmitt es uno de ellos: nos dice que la política no es un terreno de debate y búsqueda de consensos; es un campo de batalla para dirimir conflictos que solo pueden terminar con la derrota del oponente. Con este fundamento, Hitler, en 1933, arrasó con la Constitución de Weimar. Durante esos años aciagos, que culminaron en 1945, la palabra del caudillo fue ley.
Desde una perspectiva posmarxista, Antonio Gramsci sostuvo que la lucha por la hegemonía cultural es más decisiva que la lucha económica. Como las élites lo son justamente porque logran convertir sus intereses en el sentido común, la misión del pueblo oprimido consiste en aniquilar su aparato cultural. El antagonismo ya no es entre burguesía y proletariado. La verdadera confrontación se da entre el pueblo y las élites. Ahora la verdad es elástica, el alcance de ciertos términos puede ser redefinido y la historia reescrita.
Antonio Negrí, a su vez, sostuvo que el pueblo nunca abdica del poder constituyente; puede movilizarse cuando considere que las instituciones que en el pasado surgieron de su poder primigenio, deben ser revocadas porque han dejado de obedecerle. En tales casos, como el pueblo es inorgánico —añado yo—, la orden proviene de un determinado líder supremo. Lo fue Robespierre en la Revolución Francesa, y sueña con serlo el último “Aureliano”.
El movimiento woke y su réplica. Nacido de una crítica legítima a la discriminación por razones identitarias, que pueden ser raciales o derivadas de la orientación sexual, el movimiento woke evolucionó hacia posiciones extremas, incluso hasta convertir esas identidades en grupos cerrados y antagónicos al resto de la sociedad. Al moverse en esa dirección, privó de sentido a la condición de ciudadano, que es soporte de la democracia liberal. La derecha extrema, por su parte, ha respondido con su propia guerra cultural: una narrativa de restauración, resentimiento y pureza nacional. Ahora se intenta establecer un modelo único de familia, proscribir orientaciones sexuales que son distintas a las mayoritarias, y convertir a una determinada religión en pauta monopólica de la educación. El debate de las ideas debe ser restringido para evitar que ciertas plantas tóxicas logren prosperar.
La historia como advertencia. No es ésta la primera vez que el mundo está inmerso en un ambiente de opresión y miedo. El fascismo italiano surgió como una respuesta emocional a la crisis del liberalismo, exaltando la unidad nacional y la obediencia al líder. El nazismo llevó esa lógica al extremo, construyendo un Estado racial que anuló la dignidad humana y convirtió la política en exterminio. La dictadura franquista, aunque distinta en origen, compartió el mismo impulso: la supresión del pluralismo mediante la sacralización de una identidad única.
Estos regímenes no nacieron de la nada. Se alimentaron de sociedades polarizadas, resentidas, incapaces de sostener un diálogo racional. La historia demuestra que cuando la cultura se convierte en arma, la política migra hacia la violencia. Y cuando la política se convierte en violencia, la democracia muere.
Me viene hoy a la memoria, por su semejanza con lo que observo, “El mundo de ayer”, el libro que terminó de escribir Stefan Zweig antes de su suicidio en 1942. Allí narra con horror el colapso de la civilización europea, culta y liberal, que fue aniquilada por las tendencias totalitarias que predominaron en la primera mitad del pasado siglo.
El populismo, que proviene de ambas orillas, puede convertirse en una máquina para destruir las instituciones. Su fuerza radica en la emoción, no en la razón; en la identidad, no en el argumento. En su versión más extrema, el populismo transforma la política en espectáculo y la ciudadanía en audiencia. En este clima, ciertas prácticas que antes habrían sido impensables se han vuelto habituales.
En los Estados Unidos, Donald Trump ha encarnado una forma de liderazgo que tensiona los límites institucionales. Sus ataques sistemáticos a la prensa, su presión sobre el Banco de la Reserva Federal, sus descalificaciones a jueces y fiscales, su rechazo explícito al derecho internacional y sus intentos de influir en los sistemas electorales para favorecer sus propios intereses, erosionan la arquitectura democrática. A ello se suman episodios de abuso del poder presidencial para obtener beneficios económicos, así como iniciativas que bordean el soborno político mediante dádivas monetarias dirigidas a sectores específicos de votantes. Estas prácticas no son meros excesos retóricos: son señales de una transformación profunda en la relación entre poder y legalidad.
El silencio del cisne. Escribo este canto final con serenidad. No renuncio a la palabra: renuncio al ágora donde la palabra ya no significa nada. La guerra cultural ha convertido el debate en ruido, y el ruido en arma. En ese ambiente, la escritura pública corre el riesgo de ser absorbida por la lógica tribal que pretende combatir. Este es mi canto. No para despedirme del pensamiento, sino para despedirme del estruendo.
El populismo como síntoma global. Hoy asistimos a una nueva ola de populismos, tanto de izquierda como de derecha. En América Latina, Europa y Estados Unidos, líderes carismáticos han construido movimientos que prometen representar al “pueblo verdadero” contra enemigos difusos: las élites, los tecnócratas, los inmigrantes, los medios, los jueces, los organismos internacionales.
Epígrafe. Dijo Martin Luther King: “El final de nuestras vidas comienza el día en que nos volvemos silenciosos sobre las cosas que importan”.