El triunfo de Lula da Silva en Brasil ha sido celebrado con bombos y platillos por progresistas y centristas en Colombia. Los primeros lo ven como la conservación de un último territorio de presencia en el poder; los segundos, como una contención de la ola de derecha que ha arrasado con el poder en el subcontinente americano.

La actitud de la derecha al reconocer la victoria de Lula ha reflejado una hidalguía que la izquierda no mostró ante la llegada al poder de Keiko Fujimori, Abelardo De La Espriella y Daniel Noboa. En esos casos, el progresismo se escondió bajo las cobijas, no aceptó públicamente los resultados ni reconoció la victoria de los elegidos democráticamente. Una postura muy acorde con el carácter de sus exponentes.

La derrota de Bolsonaro —que, entre otras cosas, no era el mejor de los candidatos— no es, a todas luces, la mejor noticia para el nivel de vida de los brasileños. Durante los gobiernos anteriores de Lula, el país mantuvo a 48 millones de familiares con subsidios, cifra superior a los 39 millones de trabajadores formales brasileños. Estas transferencias representan el 60 % del gasto del Estado y se financiaron con deuda pública, que hoy se acerca al 82 % del producto interno bruto.

En otras palabras, Brasil está montado en un sistema insostenible, en el que cada trabajador sostiene, en promedio, a una persona subsidiada. Todo esto ocurre bajo una política pública que le generó votos a Lula. Sin embargo, la postura de Lula frente a la minería, incluso en la Amazonía, difiere significativamente de la visión del progresismo colombiano. Lula quiere desarrollo para Brasil, que hoy tiene el décimo producto interno bruto más alto del mundo. Petro, por su parte, impidió el desarrollo con su teoría del decrecimiento, inspirada en el filósofo francés Foucault, seudónimo que, paradójicamente, también utilizaba el mandatario para contratar mujeres de la vida alegre, según testimonios recientes.

Mucha gente elogia las políticas de Lula con base en argumentos teóricos. La disminución de la pobreza y su aura de popularidad mantienen convencidos a muchos de que sus políticas están funcionando para los brasileños. Sin embargo, el mercado —ese verdugo eterno e implacable de los políticos de izquierda, a quienes estos, por la misma razón, desprecian— no les da la razón.

El día siguiente a las elecciones, los mercados financieros sufrieron un fuerte desplome debido a la incertidumbre fiscal y a la reacción negativa de los inversionistas. El índice bursátil Bovespa cayó entre un 13,88 % y un 16,6 % en una de sus peores jornadas recientes. La bolsa activó la interrupción automática de transacciones y suspendió sus operaciones durante media hora para frenar las ventas masivas. Paralelamente, los fondos internacionales que replican las acciones de las grandes empresas brasileñas llegaron a desplomarse más del 26 % en las negociaciones previas.

En cuanto a la tasa de cambio, el real brasileño cayó entre un 8,36 % y un 12 % frente al dólar estadounidense, y se convirtió en una de las monedas más castigadas del mundo durante esa sesión. Los bonos soberanos de Brasil también retrocedieron con fuerza en los mercados internacionales, especialmente los títulos de más largo plazo, que perdieron cerca de 2,5 centavos. Ante la alta volatilidad, el Tesoro Nacional de Brasil tuvo que cancelar las subastas programadas de bonos gubernamentales a tasa fija y vinculados a la inflación, mientras que los contratos de futuros de tasas de interés registraron fuertes repuntes.

De todo esto queda una sola pregunta: cuando se trata de las consecuencias económicas de la reelección de Lula, ¿a quién le cree usted: a los trinos de los exponentes del progresismo y del centro o a los mercados?