Finalizada la elección presidencial y con la emoción a tope por un gran Mundial de fútbol, no me puedo sacar de la cabeza una escena de la última contienda electoral, por abyecta y disparatada. Se trata de una delirante intervención de la periodista y abogada Ana Bejarano Ricaurte en su medio de difusión, Los Danieles.
La resumo así: en el marco de un diálogo con otros panelistas, la señora en cuestión hizo una invitación abierta —por no decir una orden perentoria— a los colombianos para romper relaciones de familiaridad y amistad con cualquier persona que se planteara votar por Abelardo De La Espriella. Así como lo leen, y con el acostumbrado tono de superioridad en esta clase de personajes que se creen mentes prodigiosas.
¿Pero cuál fue el motivo para que la señora Bejarano saliera con semejante estolidez en vivo y sin sonrojarse? Sencillo: esgrimió que Abelardo De La Espriella es fascista. Así, sin más, lanzó semejante exhortación a la destrucción de familias y amistades.
Y en este punto vale la pena preguntarse: ¿es el presidente electo De La Espriella un fascista? Para responder a esa pregunta conviene comenzar por el significado del término.
El fascismo es una ideología que surgió en Europa a principios del siglo XX. Como ya ha corrido bastante agua bajo el puente, a estas alturas hay claridad sobre las características de esos regímenes: el culto al líder como encarnación de la nación, la violencia organizada como método político, la disolución del individuo para privilegiar el corporativismo económico, la supresión del pluralismo y todas las formas de oposición, entre otras afines. Los ejemplos sobran, pero los más paradigmáticos son la Italia de Mussolini, la Alemania de Hitler, la Hungría de la Cruz Flechada o la Francia de Vichy.
Así que no: ser fascista no es hablar fuerte, ni tampoco tener un estilo de liderazgo o una puesta en escena; es un modelo institucional que subordina al individuo al Estado y al interés corporativo o colectivo. Una forma de supresión de la dignidad.
Llevo meses atento a los discursos del presidente electo y de sus aliados. Jamás he escuchado nada cercano a las oprobiosas características antes mencionadas. Ni reformas al Estado, ni cambios a la Constitución Política, ni supresión de derechos, ni culto a la personalidad han sido argumentos centrales de las propuestas. Ni cerca.
Lo que sí es claro es que de la Espriella y su movimiento son de derecha, como lo son una gran porción de colombianos, entre los cuales me incluyo sin rubor alguno. ¿Es esto acaso un pecado? En absoluto, siempre que dicha ideología se ajuste a las libertades y derechos fundamentales amparados en la Constitución. Y ese proyecto —el que ganó las elecciones—, sin duda alguna, se ajusta.
Nada tiene de fascista proponer un endurecimiento de la política criminal, fortalecer las Fuerzas Militares, hacer un ajuste fiscal, bombardear campamentos guerrilleros o reducir el tamaño del Estado. Son posiciones discutibles, pero perfectamente compatibles con una democracia liberal. Tampoco es fascista —aunque en mi concepto sea injusto o inconveniente— estar en contra del aborto, de la adopción homoparental, de la eutanasia o de la dosis personal. Y sobre estos puntos conviene recordar que el doctor De La Espriella ha dicho tajantemente que respeta las posiciones de la Corte Constitucional. Curioso fascista el que acata a los jueces aun contra su criterio.
Más allá de burlas, yo sí encuentro dos cosas preocupantes en la futileza dicha por la señora Bejarano Ricaurte. La primera es que, en medio de querer separarse de un supuesto fascismo —que en realidad es una quimera propia de su imaginación—, termina reproduciendo el sectarismo que dice combatir. Invitar a romper vínculos familiares o de amistad por razones políticas supone una lógica profundamente intolerante, incompatible con una sociedad pluralista. Un disparate.
Y la segunda es la banalización del concepto. El fascismo es una ideología profundamente aberrante. Seguramente algún día tocará a las puertas de la política colombiana un líder que sí la profese en realidad. Y entonces, cuando con seriedad salgamos a denunciarlo, ya nadie nos va a creer porque el término estará trillado y se asociará a alguien con quien simplemente se tiene un desacuerdo. Como el pastorcito mentiroso.
A estas alturas, solo me queda pensar en los estudiantes de la doctora Ana Bejarano. Qué incómodo debe ser para quienes votaron por Abelardo De La Espriella saber que son instruidos por alguien que los considera moralmente indignos por una decisión política. Pero tampoco deja de preocuparme el mensaje que reciben quienes piensan como ella: que la intolerancia y el sectarismo son formas legítimas de entender la democracia. Cuando es al contrario.
Ojalá ni unos ni otros le hagan caso. No vale la pena dañar una amistad por un voto.