Durante meses buena parte del establecimiento político intentó vender la idea de que Abelardo de la Espriella era apenas un fenómeno pasajero de redes sociales. Una candidatura ruidosa, mediática y útil para agitar el debate, pero sin verdadera capacidad de crecer electoralmente. El problema para quienes subestimaron ese fenómeno es que las encuestas empezaron a mostrar otra cosa. Ahí comenzó a cambiar el tablero político.
Las últimas mediciones de firmas nacionales como Invamer, Guarumo y el Centro Nacional de Consultoría (CNC) —que incluso dentro de sus propias lecturas no lograron esconder lo que ya empieza a verse en la calle— y de encuestadoras internacionales como AtlasIntel y GAD3, reflejan una tendencia que es imparable. Iván Cepeda consolidado arriba y Abelardo creciendo de manera sostenida mientras Paloma Valencia y otros candidatos empiezan a perder impulso.
Pero el verdadero fenómeno no está solamente en los números. Está en el tipo de conexión que empezó a construir con sectores donde históricamente la derecha y la centro derecha colombiana nunca había logrado entrar con fuerza.
Durante años, la izquierda tuvo prácticamente el monopolio emocional de los sectores populares. Sabía hablarle al ciudadano indignado, al comerciante golpeado por la economía, al trabajador frustrado y al joven cansado de la inseguridad y de la falta de oportunidades. La derecha muchas veces sonaba lejana, técnica o demasiado encerrada en los círculos tradicionales de poder.
Abelardo entendió algo que otros candidatos todavía no terminan de comprender. Esta elección no se está peleando en los clubes empresariales ni en las élites bogotanas. Se está peleando en los estratos más bajos. En la rabia social, en el deterioro económico y en el retroceso en seguridad; es en la sensación de abandono que existe en muchísimas regiones del país. Por eso está creciendo.
Es claro que Abelardo no se parece al político tradicional. Habla sin libreto, sin titubeos y sin ese miedo permanente a incomodar que hoy domina a buena parte de la clase política. No maquilla las palabras para quedar bien con todo el mundo, no transmite tibieza y tampoco se siente como un candidato artificialmente construido en una oficina de estrategia electoral. Y en un momento donde millones de ciudadanos desconfían profundamente de quienes han manejado el país durante décadas, eso termina generando una identificación inmediata con sectores cansados de discursos vacíos y calculados.
Ahí está la clave y es donde muchos empiezan a compararlo con fenómenos como Donald Trump, Javier Milei o Nayib Bukele. No porque sean iguales ideológicamente, sino porque todos lograron conectar con ciudadanos cansados de las formas tradicionales de hacer política y construyeron un liderazgo basado más en personalidad, ruptura y percepción de fuerza que en estructuras partidistas clásicas.
Además, hay otro factor que está pesando muchísimo en esta elección. Abelardo no viene de vivir de la política. Viene del sector privado. Es abogado, empresario exitoso, generador de empleo y constructor de empresa. Y en un país golpeado por la inseguridad, la corrupción y la incertidumbre económica, mucha gente empezó a valorar perfiles que transmitan capacidad de ejecución y experiencia administrando.
Muchas otros candidatos siguen atrapados en discusiones ideológicas o en cálculos políticos tradicionales, Abelardo logró proyectar una idea mucho más simple pero poderosa para muchos ciudadanos. La sensación de que sabe cómo producir, crear empleo y administrar en momentos difíciles.
A eso se suma otro elemento que suele pasar desapercibido en el análisis político tradicional. Durante años, Abelardo construyó presencia social a través de ayudas, proyectos comunitarios e iniciativas sociales a través de sus fundaciones, que le permitieron acercarse a sectores populares donde la oposición normalmente tenía enormes dificultades para conectar. Y ese trabajo silencioso hoy también empieza a reflejarse políticamente.
Quizá la señal más clara de que se convirtió en fenómeno político está en otra parte. Ya dejó de ser identificado únicamente por su nombre completo. Hoy mucha gente simplemente habla de “Abelardo”. Otros lo identifican como “De la Espriella” o incluso “Asprilla”, como muchos le dicen. También con su lema “Firmes por la Patria” y otros con el tigre.
En política eso importa muchísimo. Cuando un candidato logra construir símbolos, identidad emocional y reconocimiento popular más allá de la estructura tradicional de un movimiento o partido, deja de ser una candidatura más y empieza a convertirse en un fenómeno cultural y político.
Hay algo más que termina fortaleciendo su narrativa frente a buena parte del electorado. La sensación de estar enfrentando solo al establecimiento completo.
Mientras más crece, más agresivos y descalificativos se vuelven los ataques, lo que solo demuestra cuánto les incomoda. Lo llaman “abogado de la mafia”, intentan reducir toda su carrera profesional a etiquetas políticas, dicen que no tiene experiencia y buscan instalar permanentemente dudas sobre su ejercicio como abogado. Pero hasta hoy no existe una sola condena ni una investigación judicial seria en su contra que sostenga esas acusaciones.
Lo más curioso es que muchos de quienes lo atacan jamás han administrado una empresa, nunca han generado empleo y probablemente nunca han tenido la responsabilidad de pagar una nómina o sostener un proyecto productivo real.
Ahí también hay una lectura política importante que mucha gente está haciendo. En Colombia, buena parte del electorado ya desconfía profundamente de algunos grandes medios, de ciertos sectores políticos tradicionales y de las élites que durante años dominaron el debate público. Por eso, cada vez que ven a todo el establecimiento alineado contra una figura como De la Espriella, una parte importante de la ciudadanía termina interpretándolo no como una señal de debilidad, sino como prueba de que ese candidato realmente incomoda. Es como un efecto teflón: entre más lo atacan, más se fortalece.
Eso fue exactamente lo que pasó con Trump en Estados Unidos, con Milei en Argentina y con Bukele en El Salvador. Y hoy algo parecido empieza a verse en nuestro país. Por eso el fenómeno Abelardo ya no puede analizarse únicamente como una candidatura de derecha.
Lo que está ocurriendo es algo más profundo. Está entrando en franjas del electorado donde antes la oposición prácticamente no existía. Y cuando eso pasa, las campañas dejan de ser simples candidaturas y empiezan a convertirse en fenómenos políticos reales. Por eso crece. Y por eso los ataques sistemáticos en su contra y el nerviosismo latente.