No se puede negar que el principal enemigo de Colombia está relacionado con el narcotráfico y todos los delitos conexos, así como con otras fechorías ligadas a la minería ilegal, que destruyen la naturaleza y el medioambiente, o con el contrabando, que destruye la economía. Pero todos están unidos por un común denominador llamado corrupción, delito institucionalizado por el gobierno ‘progre’ que dejó el país totalmente descapitalizado. A esto se suma la campaña deshonesta e inmoral adelantada en el exterior por Petro en contra del Gobierno legítimo del presidente De La Espriella, lo que afecta no solamente la imagen del país a nivel internacional, sino que repercute en la seguridad nacional.
Los grupos delincuenciales favorecidos y ‘protegidos’ por el gobierno saliente, así como los principales cabecillas que fueron ‘premiados’ con impunidad al nombrarlos integrantes de mesas de diálogo para una ‘Paz Total’ que nunca llegó, actualmente están siendo combatidos por las fuerzas legítimas del Estado con excelentes resultados. Esto indica claramente que la voluntad política para mantener la seguridad del país e impedir el crecimiento de las amenazas es fundamental y que sin duda había interés en la política petrista de promover su crecimiento, como lo demuestran los acuerdos con criminales, cuando su Alto Comisionado de Paz le comunicó al vocero del Clan del Golfo: “Juguemos a los congelados”.
La amenaza del narcotráfico es transnacional y vergonzosamente Colombia se encuentra a la cabeza de los productores y con un número creciente de consumidores, habiendo incrementado exponencialmente las áreas cultivadas de coca durante los últimos cuatro años y, por consiguiente, disparando la producción de cocaína. Pero las Fuerzas Armadas han logrado decomisos de droga muy importantes, lo cual representa un golpe relevante a las finanzas de los bandidos. La colaboración de los países afectados por ‘la pandemia’ de la droga es fundamental para poder combatir eficientemente esta amenaza que traspasa las fronteras, pues el crimen organizado, además de enriquecerse con esta actividad ilegal, permite adquirir armas, promover la corrupción y apoyar ciertas campañas políticas, lo cual afecta la seguridad de estos países.
Se escuchan críticas por el apoyo de los EE. UU. para combatir el narcotráfico en Colombia, proclamando la falacia de la pérdida de soberanía. Llama la atención quiénes lideran la crítica en algunos medios y escenarios, pues la mayor parte se caracteriza por abrazar la ideología zurda, que, como hemos visto, apoya personajes y actividades fuera de la ley. Pero quienes censuran ‘a grito pelado’ no han dicho nunca nada de la nefasta influencia del castrochavismo importado por los seguidores de Marx y Lenin; casi nos conducen al abismo con las absurdas decisiones del gobierno saliente, planteamientos basados en el odio y la lucha de clases, promulgados por la ideología comunista que querían implantar a la fuerza con el ‘voto fusil’ que, se ha demostrado, apoyaba al ‘heredero petrista’ en las pasadas elecciones.
Petro y sus fichas nos querían doblegar y convertirnos en vasallos de países como Rusia, China e Irán y otros zurdos como Cuba y Nicaragua, que tanto daño nos han causado durante estas últimas décadas; para la izquierda, este camino sí era válido. Volvemos al cuento de que nos trataron de cambiar ‘el cassette’ para que aceptáramos sin pestañear que lo bueno es malo y lo malo es bueno; afortunadamente, el señor del ‘moroso tratamiento odontológico’ no ganó. Ojalá todos los ciudadanos apoyemos la imperiosa necesidad de la ayuda de los EE. UU. para acabar de una vez por todas con la tragedia que nos ha hecho vivir el narcotráfico.
Algunos gobiernos han motivado la erradicación voluntaria y la sustitución de cultivos de coca por parte de comunidades indígenas y campesinas, pero lamentablemente otros han favorecido el cultivo de la planta argumentando reconocimientos ancestrales, protección de la cultura, consumos rituales e inclusive su empleo como medicina, llegando algunos de ellos a la aberración de plantar más matas para posteriormente reclamar subsidios ofrecidos por los gobiernos al producir la ‘erradicación voluntaria’. Se ha llegado al colmo por parte de pseudoparlamentarios de calificar a los cultivadores de coca como campesinos agricultores.
Bienvenidas, nuevamente, la fumigación de cultivos, la erradicación voluntaria y la erradicación en general para acabar con el karma del narcotráfico. Seguramente, quienes obtienen beneficios de esta actividad criminal saldrán a criticar el empleo de la fumigación aérea, pero nunca se lamentarán de los muertos que genera el vicio de las drogas y la violencia a su alrededor. El narcotráfico es el combustible de la corrupción y su apoyo a los intereses políticos de la izquierda pone en peligro la imparcialidad y la legalidad de las elecciones regionales del próximo año y, por consiguiente, su influencia en las presidenciales de 2030 será decisiva para que estos progres implanten un comunismo rampante. Colombia decide.