Desde mi óptica, la campaña presidencial no permitió confrontar ideas ni observar la novedad y la profundidad de la propuesta del nuevo mandatario Abelardo De La Espriella. Más allá de la victoria de un candidato de derecha —que desde la extrema izquierda se percibe como si fuera ultra—, la victoria de Abelardo es novedosa porque es el primer presidente que llega al poder sin pertenecer a la clase política.
A estas alturas, el partido por medio del cual llegó al poder Abelardo, Salvación Nacional, solo obtuvo cuatro senadores y un representante a la Cámara. A pesar de las negociaciones que intentaron hacer con él exponentes del centro como Claudia López —mis disculpas, Claudia López— y el exalcalde Sergio Fajardo, De La Espriella no cedió ante los barones electorales ni comprometió su independencia con el fin de conseguir votos.
En otras palabras, aunque el nuevo presidente electo necesitará entablar un diálogo político con los demás partidos, en especial para impulsar sus proyectos en el Legislativo, no arranca con una coalición amorfa como lo hizo, por ejemplo, Gustavo Petro al necesitar de las toldas santistas para llegar al poder en 2022. El reto acá es no perder gobernabilidad en la calle, como le ocurrió a Iván Duque, quien, fiel a sus principios, se negó a enmermelar con fondos públicos la cofradía política.
El segundo punto para resaltar es aún más importante: De La Espriella es el primer presidente dispuesto a aplicar cabalmente y sin tapujos la economía de mercado. Nuestros presidentes, desde César Gaviria —que, sin embargo, provenía de la clase política— no resistieron intervenir decisivamente en los mercados con el poder del Estado. Todos, sin excepción, y sobre todo desde la Constitución de 1991, aumentaron significativamente el gasto del Estado como porcentaje del PIB, que pasó de alrededor del 15 % a más del 33 %. Una verdadera muestra de ineficiencia, si se tiene en cuenta que los logros en los ámbitos económico y social están en entredicho como consecuencia de la emergencia del progresismo bajo Petro.
Colombia merece darse la oportunidad de intentar lo único que, según Milton Friedman, ha funcionado en el mundo para salir del subdesarrollo: la potencia del mercado. Hoy, el mercado ha logrado que, por ejemplo, aplicado a cabalidad en los 50 estados de los Estados Unidos, logre un mejor nivel que en el Reino Unido. El mercado aplicado a la Meloni en Italia ha conseguido lo que muchos creían imposible, que el PIB per cápita de los transalpinos sea superior al de los franceses.
Bajo las leyes del mercado se incentiva que las personas, para ser recompensadas, busquen atender de la mejor manera las necesidades de sus compatriotas. En el mercado no prima el amiguismo; nadie se enriquece por el favor de los políticos gobernantes, como ocurrió en presidencias anteriores; se necesita crear valor para el prójimo.
La propuesta de “Salvación Nacional” no es principalmente la de la paz ni la de los subsidios al pueblo. Es completamente opuesta a la del estatismo: la hegemonía del Estado. En la cabeza de Iván estaban la planificación centralizada que llevó a la URSS a la desintegración, la macrocefalia gubernamental que aplicó Petro y la limitación de las libertades individuales en nombre del bien común como los grandes riesgos. Me atrevo a decir que esto es hasta más peligroso que la cercanía con la criminalidad organizada del país, que resulta más indignante, pero causa, tal vez, menos daño que cercenar las fuerzas del mercado.
El presidente, para implementar su modelo, enfrenta enormes obstáculos. Primero, la burocracia entronizada en ministerios, empresas y agencias controladas por el gobierno, que agrega poco valor. Segundo, una mentalidad de los colombianos forjada por años de Fecode, donde “el vivo” vive del “bobo” y el individuo reclama derechos más que obligaciones. Por último, y quizá más peligroso en el corto plazo, la reacción de una clase política que por primera vez en décadas se aleja de la teta del Estado.