El término “izquierda caviar” se usa para señalar aquellos que defienden discursos anticapitalistas, igualitarios o revolucionarios mientras viven con altos niveles de consumo, estatus y lujo. Desde las universidades parisinas de los años sesenta y setenta, hasta ciertos círculos intelectuales latinoamericanos principalmente en las universidades élite, buena parte de la izquierda urbana acomodada y rica convirtió la indignación social en un símbolo de sofisticación moral. Por supuesto que no existe el menor problema en que esta “izquierda caviar” (que hoy con bastante fatuidad se autodenominan progre) use Rolex o calcen Ferragamos, ni que disfruten de las comodidades del capitalismo viviendo en urbanizaciones y barrios costosos y elegantes en las capitales o sus alrededores: prácticamente todo el mundo, si pudiera, lo haría. El capitalismo no exige austeridad franciscana para criticarlo.

Pero, ¿por qué la “izquierda caviar” y los progres provocan una irritación particular? Porque construyen toda su identidad alrededor de una presunta ‘superioridad ética’. Pocas cosas les causan más placer a estos zurdos que sermonear a la humanidad desde su ‘pedestal moral’. Como lo observaba un agudo analista, resulta curioso observar cómo muchos de estos progres y miembros de la “izquierda caviar” jamás renuncian realmente a nada: no abandonan sus barrios exclusivos; no redistribuyen voluntariamente su patrimonio; no rechazan herencias familiares; no sueltan sus iPhones de última generación. Simultáneamente, y sin abandonar su zona de confort personal, buscan ser vistos no como simples ricos, sino como ricos ilustrados, ricos éticos, ricos espiritualmente superiores. La “izquierda caviar” y los progres encontraron una fórmula extraordinariamente rentable: disfrutar todos los beneficios del capitalismo mientras conservan el prestigio simbólico de oponerse a él. Para estos progres, ‘el dinero de papi’ da comodidad, pero la sensación de superioridad ética da algo mucho más poderoso y con enorme prestigio: “Identidad, estatus y poder social”. La “izquierda caviar” y los progres afirman que “es hora de que las élites se pongan del lado de la ‘justicia social’ en lugar de anteponer la maximización de su privilegio”. ¿Y qué entienden estos pedantes progres por “justicia social”? La expresión suele funcionar como una ánfora ambigua, una especie de anaquel o ‘colcha de retazos’ colocado en el costado izquierdo de la biblioteca, donde cabe todo: subsidios, redistribución, identidad, indigenismo, racismo estructural, migración, burocracia venteada, regulación, activismo simbólico y sobre todo, ‘estatismo venteado”. Como lo señalaba un analista: “A veces significa igualdad ante la ley; otras veces, igualdad de resultados. Y en muchos casos termina reducida a una transferencia perpetua de recursos administrada por una nueva aristocracia política y académica que vive precisamente de gestionar “la lucha”. El cómo se van a financiar dichos recursos, no preocupa a la izquierda caviar”, ni a los progres.

Cuentan los historiadores que Sócrates le dijo a un discípulo suyo, Aristipo de Cirene, sujeto que, si bien no ocultaba su gusto por el lujo y la vida refinada, intentaba aparentar austeridad y desapego material vistiendo ropas pobres o desgastadas para proyectar imagen de filósofo ascético: “Aristipo, se ve tu vanidad a través de los agujeros de tu túnica”. Los progres –indistintamente sean intelectuales, universitarios, periodistas o políticos burgueses– construyen toda su identidad alrededor de su apoyo a la izquierda y una presunta ‘superioridad ética’, se asemejan al griego Aristipo, en la que se les puede ver su hipocresía moral cuando se despojan de sus chaquetas “Barbour”.

*****

Apostilla: El arquetipo y paradigma de la “izquierda caviar” y del progre (y muy especialmente los latinoamericanos) es el expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero. Este hipócrita, que amasó una millonada en comisiones y ‘coimas’, hace no mucho afirmaba: “Ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho”.